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Hace falta prudencia con los datos del Covid-19

29 Julio 2020
Hace falta prudencia con los datos del Covid-19

Por Jorge Arostegui (epidemiólogo)

Una pandemia nueva como el Covid-19 requiere cautela con la información que se transmite, principalmente cuando se trata de cifras que generan impacto emocional como las de mortalidad, y más aún cuando los parámetros para su cálculo pueden modificarse de un día para otro, como ha estado sucediendo.

Los criterios para estimar las tasas de infección y mortalidad han venido cambiando a lo largo de la pandemia, al igual que otros conocimientos como las formas de transmisión del virus, los días que una persona enferma puede transmitirlo, la respuesta inmunológica del organismo frente a la infección, la utilidad real de las pruebas diagnósticas, la complejidad de la inmunidad colectiva y ya no digamos, la diversidad de protocolos para el manejo de las personas enfermas. Y todo lo anterior es normal, tratándose de un evento sanitario de esa naturaleza, todavía en curso...

Lo que no es sano es que, al tenor de esta realidad cambiante y en medio del temor natural de la población, se dé lugar a cifras basadas en modelos sin suficiente base empírica o parámetros de cálculo poco consistentes que abonen intranquilidad nada sana para la prevención del contagio, ni para el buen pronóstico de la enfermedad en quienes la padecen, sea de parte de la autoridad sanitaria o de otros actores sociales.

Sobre el subregistro

Todos sabemos que de manera global, los datos oficiales del Covid-19 no traducen la situación real de la pandemia, ni siquiera estimaciones cercanas, pues la declaración de casos de enfermedad y muerte tiene como base su confirmación mediante pruebas diagnósticas. Los "casos" notificados no incluyen a las personas enfermas sospechosas de Covid-19 que no se realizaron la prueba (por la razón que sea), ni aquellas personas sintomáticas que se la realizaron pero resultaron negativas (también por la razón que sea), ni mucho menos a las personas infectadas que no percibían síntomas.

Como ilustración a lo anterior, a mediados de mayo, el Instituto Pasteur en Francia informó que unos 6.5 millones de franceses tenían anticuerpos contra el SARS-CoV-2, mientras que solo se habían reportado oficialmente alrededor de 140,000 casos (un 2%).

Con todas las consideraciones señaladas, cabe preguntarse si es pertinente en términos de tiempo y recursos la confirmación diagnóstica de los casos sospechosos y de las personas fallecidas en sus hogares por causas asociadas al Covid-19. Presumo que es poco factible salirle al paso al subregistro a partir de las personas infectadas, tomando en cuenta que ningún esfuerzo puede llevar a contabilizar con éxito a esas personas que quedaron fuera de las estadísticas, más cuando las pruebas serológicas detectan sólo una parte de la población que ha sido infectada por el virus (una de cada cinco), según reveló un estudio del hospital universitario de ZURICH, a mediados de junio.

¿Qué se recomienda?

Ante estos hechos, expertos en medición han sugerido recurrir al indicador de exceso de mortalidad, como medida adecuada para estimar el número de personas cuyo fallecimiento pudo atribuirse al Covid-19, y a partir de ahí calcular la tasa de mortalidad asociada a la pandemia.

En esa dirección, nuestra nota del 12 de junio señalaba que según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), y con base a los datos de nuestro Sistema Nacional de Estadísticas Vitales (SINEVI), durante los tres años anteriores a la pandemia (2019, 2018 y 2017) fueron registrados en el país un promedio anual de 23,700 personas fallecidas por todas las causas, un promedio de 1,975 mensuales y 66 diarias. La cifra de personas cuya causa de muerte pudo estar asociada al Covid-19, sería el resultado de conocer, a partir de la misma fuente de datos (OPS/SINEVI), las muertes adicionales por todas las causas durante ese mismo período. De esa manera se resolvería, con bastante certeza, el problema del subregistro de las personas fallecidas fuera del ámbito hospitalario, por causas asociadas al Covid-19, siempre y cuando las cifras sean comparables y tengan como origen la misma fuente.

Considerando que de cada 100 personas con infección confirmada por el laboratorio fallecen entre 0.4 y 0.05 menores de 50 años y 1.3 mayores de 65 años (según "la mejor estimación" de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, CDC), a partir del número de fallecidos se podría calcular la cantidad de personas infectadas que habrían desarrollado anticuerpos específicos. Estos indicadores constituyen una buena aproximación para estimar el impacto real de la pandemia en términos de personas infectadas y fallecidas, asociadas al Covid-19.

El monitoreo comunitario

Más allá de las responsabilidades institucionales y los sesgos de información comentados, el corolario de la necesidad de ser prudentes con el manejo de los datos del Covid-19, pasa por reconocer a las comunidades como el ámbito más sostenible para la vigilancia y el control sanitario, con el apoyo institucional en la sistematización de sus experiencias.

Las personas, sea de manera individual o colectiva, perciben la realidad de la pandemia en su barrio, sus tendencias y sobre todo los factores que pueden ser dañinos o beneficiosos frente al Covid-19. La gente en su barrio administra el riesgo "desde su propio barco" y desde su propia perspectiva de costo beneficio.

Es ahí en la comunidad donde conviven las personas más vulnerables y que demandan nuestro cuido y atención prioritaria. Es ahí en la comunidad y en los hogares donde se previene el contagio y se preparan las defensas de nuestro sistema inmunológico. Es ahí donde la autogestión funciona con humanismo y solidaridad. Es ahí donde se ganan las batallas más importantes frente al Covid-19.

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