Silvio es también responsable (anotaciones al comentario de Luis Enrique Mejía Godoy)

15 Abril 2008
Me han surgido varias preguntas a la luz de la carta que nuestro querido Luis Enrique ha hecho circular entre nosotros sobre el concierto de Silvio Rodríguez el 2 de Marzo en Managua. Voy a plantear algunas reflexiones con todo el respeto debido. ¿Es que acaso los productores locales de los conciertos de artistas internacionales son una especie de célula independiente que organiza, de forma absolutamente autónoma, los eventos para un personaje que sube y baja de aviones rogando por que quienquiera que sea que haya producido el evento, lo hiciera de la mejor manera? No. Ningún artista se mueve en giras de este nivel llevado nada más por la fe de encontrar en cada país productores amables y serios que le hayan preparado bien el terreno para la actuación. Me niego a pensar que Silvio no tuviera la más mínima noción de donde iba a presentarse y bajo qué condiciones. Y si así fue, pues tendría que expresar una inmensa desilusión por haber supuesto actitudes más profesionales de parte de Silvio y de su equipo de colaboradores. Lo cierto es que si Silvio pudo intervenir ante los productores para pedir la participación del Dúo Guardabarranco, tenía entonces canal directo con la producción acá y contaba con las facilidades para hacerse informar de los avances en la organización del concierto. Todos los que entramos al lote de parqueo del Casino Pharaos aquella noche (con excepción de quienes, aprovechando el tumulto y la entrada por la fuerza, lograron colarse sin boleto) lo hicimos pagando un precio por entrada exageradamente alto en relación con la calidad del evento que ahí se ofreció. Sin embargo, habíamos llegado ese domingo al local sin tener la sensación de haber "comprado" el derecho a disfrutar de un espectáculo (no era un circo lo que ahí se había montado; no éramos simples clientes de un servicio de entretenimiento); estábamos más bien dispuestos a hacer lo que fuera (incluso a pagar lo que se pagó) por reencontrarnos con la figura de Silvio, con sus canciones, y, SOBRE TODO, con una descarga de espíritu, con una especie de bálsamo para los ánimos tan maltrechos hoy por hoy. Queríamos (no sé si todos/as, pero muchos/as sí) anonadarnos una vez más con el amor, el ácido, la esperanza, la pasión, la rebelión, la verdad, el inconformismo, la ilusión que Silvio deposita en sus canciones. Si eso costaba cien dólares, o más, o menos, se trataba de un detalle nimio para los que tuvimos la posibilidad de pagar. Era una oportunidad única. Para nuestra sorpresa, para nuestro agravio, ese domingo no nos encontramos con nada (o con casi nada) de aquello que buscábamos. El primer signo de maltrato hacia el público nos lo ofrecieron apenas acercándonos a la entrada: el caos era total en los portones de acceso, y tuvimos que forzar la entrada, un grupo grande de gente, porque se nos hizo obvio que, faltando alrededor de 500 metros de fila con personas esperando a entrar, y con Guardabarranco ya despidiéndose, no íbamos a lograr ver a Silvio desde el inicio. La espera había sido larguísima para muchos, y otros habíamos esperado menos. De cualquier manera nos pareció que la organización del evento no reparó en dar luz verde al recital con la mitad o más de la gente aún fuera del local. Forzamos el portón a manera de protesta por ese agrio maltrato. Adentro también nos esperaba el caos. La perversa división del público por categorías (una práctica casi oficial en los conciertos ahora) no se hizo del todo efectiva. Al final terminamos todos amontonados en un mismo espacio, y quienes habían tenido la ilusión de haber pagado para poder disfrutar del concierto desde una mejor localidad, se frustraron. Ni esto ni la entrada forzosa nos parecieron hechos graves. Ya estábamos dentro y queríamos disfrutar a Silvio. La tristeza nos llegó cuando se asomó en el escenario un Silvio que yo definiría como frío, cansado, aburrido. Saludó muy magramente, y empezó su concierto. Desde las primeras notas pudimos escuchar el desastre del sonido de sala. Una pésima mezcla para un conjunto de instrumentos que necesitan de un trabajo fino y profesional, porque, como bien dice Luis, se trataba de un recital montado más para un teatro que para un local abierto. Toda la propuesta novedosa y delicada de Silvio y sus músicos se estrelló contra una consola de sala mal manejada y pésimamente equilibrada. La expectativa y la ilusión eran enormes al inicio. Es ridículo pensar que la multitud va a asumir toda entera una misma disposición hacia el artista. Eso no pasa y nunca ha pasado en conciertos multitudinarios. No todos llegan ahí con el mismo espíritu. Después de las primeras 5 ó 6 canciones, el desánimo empezaba a generalizarse. El pobre trabajo de audio era realmente molesto. No nos pareció que Silvio, o que nadie de su equipo se percatara de eso o hiciera algún esfuerzo por corregirlo. Había momentos en los que una flauta líder simplemente no se escuchaba; veíamos aturdidos a la flautista soplar sobre un instrumento que, suponíamos, debía emitir una melodía que nosotros teníamos que imaginar porque no se reproducía por los parlantes. Lo que más nos sorprendía era la indiferencia ante ese desastre de parte de los productores y encargados locales y cubanos. Un equipo de producción serio, atento y que sabe reaccionar rápido, atiende de inmediato un problema técnico como este, y suspende temporalmente el concierto si es necesario. Escuchamos a nuestro alrededor los rumores del descontento según avanzaba Silvio con sus canciones. Al final se bajó del escenario concluyendo su presentación y el audio se mantuvo igual hasta la última nota. Otro error gravísimo consistió en no haber anunciado la llegada junto con Silvio de Vicente Feliú. El público se desconcertó y ciertamente Vicente se portó con mucha humildad y con mucha altura. El rumor que se generó cuando Vicente se quedó solo en el escenario fue producto principalmente del desconcierto. Hasta donde llega mi memoria, no hubo una demostración de irrespeto contra Feliú, aunque hay que reconocer que la euforia estaba puesta predominantemente sobre Silvio. Una parte de los jóvenes de ahora hemos querido asumir la herencia de la Revolución y del sandinismo no como el simple traspaso de un cúmulo de nostalgia; hemos intentado incorporar ese legado y esas ideas de forma crítica, intentando encontrarles utilidad para la realidad nuestra de hoy. Hemos debatido intensamente con y entre nosotros mismos para intentar comprender cómo es que debe sobrevivir en nosotros ese legado, cómo criticarlo para deconstruirlo y volverlo a armar en función de lo que nos toca hacer hoy. En una frase: permanecemos en el esfuerzo de re-significar la Revolución (la nuestra y otras también), el sandinismo y la izquierda. Por eso coreamos Guerrero del Amor aunque no hayamos estado en los frentes de guerra durante los duros años de la década de 1980. No se puede pretender administrar entre las nuevas generaciones el derecho a portar la llama aún viva de la Revolución Sandinista, o a corear una canción que es homenaje a los mártires, a partir del criterio de si se estuvo o no en el frente de guerra. En aquél entonces, a todos/as los/as de mi edad nos hacían falta al menos unos 12 años para poder empuñar un fusil, y sin embargo, sin haber estado en el frente de combate, estuvimos en la guerra, y de alguna manera, aquella guerra aún sobrevive en nosotros. Muchas de nuestras familias están definidas por esa guerra. Otra gran parte de las familias fueron reconfiguradas por la misma guerra, con hijos o hermanos muertos, entregados a la causa. Cuando coreamos Guerrero del Amor lo hacemos queriendo mantener el recuerdo y el respeto por quienes pusieron la vida para defendernos. Y ese humilde tributo nunca va a ser lo suficientemente justo con ellos/as. Corear la canción de Katia y Salvador es manifestar en voz alta nuestra responsabilidad de mantener vivo el recuerdo de los que sí estuvieron en el frente. Aquella guerra permanece entonces en y entre nosotros (y debe permanecer en los que vienen) a través de sus muertos, a través de su impacto sobre nuestras familias y (ni falta hace decirlo) sobre nuestro país. Yo sostengo la tesis de que muchos llegamos a ese concierto buscando una oportunidad para infundir de nuevos significados los símbolos que han marcado nuestras vidas. Y por eso no me parece ningún agravio que se hayan levantado banderas rojinegras, fotos del Ché o banderas de Cuba. La intención no era hacer proselitismo. El propósito era alzar unos íconos para rescatarlos de la traición y del olvido, exponerlos durante un evento que considerábamos parte del relato verdadero del espíritu revolucionario. No defiendo la postura por la cual se presume que a un concierto de Silvio se debe asistir constriñéndose uno sus afectos por una o varias revoluciones, por unos personajes que se consideren admirables o por otras causas justas. Ni siquiera Silvio comparte esa postura: con mucho entusiasmo y con mucha razón hizo una obligatoria mención a Los Cinco. Él sabe y siente que debe hacerlo y nosotros lo aplaudimos. Dudo que se haya ofendido al ver banderas sandinistas o cubanas alzadas entre el público. En cambio resultó importantísimo no permitir el financiamiento político (viniera de donde viniera) del evento: la podredumbre de la clase y del mundillo político nicaragüense de hoy hubiera degradado al máximo la imagen de Silvio y del evento si se aceptaban recursos de los partidos, aunque fuera para masificar la asistencia de la población al recital. Yo quería escuchar Canción Urgente para Nicaragua no porque estuviera embriagado de una nostalgia ingenua (que no me corresponde padecer) hacia la Revolución Sandinista, sino porque confío en la vigencia renovada (¡HOY MÁS QUE NUNCA!) de lo que está contenido en su letra. Y, de cualquier forma, entendimos y respetamos (y en el fondo hasta celebramos, a pesar de la desilusión) el gesto de Silvio. Pensamos que, en última instancia, podía servir como mensaje político para nuestras conciencias y para la pareja que gobierna nuestro país. Pero este era un rédito escaso. Varios pensamos que ese gesto crítico hubiera tenido mucha más fuerza si Silvio nos hubiera convidado a cantarla con él para re-significarla, para hacer valer su sentido crítico hoy; para celebrar junto con los que aún tenemos amor por una revolución traicionada (no por lo que fue, sino por lo que puede volver a ser), con los que queríamos recordar ahí la verdadera Revolución, aquella que es un espíritu y que se resiste a contenerse en la etiqueta del tiempo que le otorga la Historia; para combatir un tanto el monopolio del sandinismo que Daniel y la Rosario se han auto concedido. ¡Para eso servía cantar esa canción ahí! Pero Silvio no tenía ninguna obligación (¡hasta ahí podíamos llegar!) de prestarse a esa tarea. Y por eso lo respetamos. Alzando banderas, gritando consignas y pidiendo aquella canción, queríamos volver a llenar de sentido (uno distinto, más actual) esos símbolos. Es lo mismo que hacemos Luis Enrique, su hermano Carlos y muchísimos más cuando coreamos la Nicaragua, Nicaragüita: la volvemos a llenar de significados, y así la convertimos en un símbolo de libertad permanente, la extendemos, la despojamos de sus límites temporales para convertirla en signo, en bandera; traemos hasta el hoy una canción nacida al calor de una realidad completamente diferente a la actual. No dejamos de cantarla por el hecho de haberse suspendido la Revolución hace ya casi 18 años, ni porque su relato, es decir, lo que en ella se dice, haya dejado de reflejar la realidad. ¡AL CONTRARIO! Si ya no podemos decir con certeza que Nicaragua es libre, la Nicaragua, Nicaragüita permanece como uno de los faros que nos recuerda la urgencia de que vuelva a serlo. Y nos negamos a dejar de cantar Canción Urgente para Nicaragua a pesar de que hoy "vuelva a estar afilada la espuela". Canción Urgente para Nicaragua puede ser hoy el llamado, el faro que nos confirme la urgencia de que al "águila le vuelva a doler el amor". Tengo que insistir en que, finalmente, cada cantautor tiene el legítimo derecho de seleccionar, incluyendo y excluyendo, aquello que quiere cantar en un concierto dado. Nadie puede condicionar eso. Pero me sorprende a veces la obsesión de algunos artistas por acortar la vigencia de algunas de sus propias letras con la excusa de que no son más el espejo de la realidad desde a cuál se las produjo. Muchas veces esta actitud pone de manifiesto el fracaso en el intento de otorgarle a una obra profundidad, "contenido de larga vida" en los términos de un artista centroamericano. No la totalidad de las canciones se prestan para esto, y las que no lo hacen suelen ser aquellas que recogen sin mayor procesamiento un pedazo casi intacto de una realidad específica (sin que esto signifique que esas obras gozan de una categoría artística inferior a ninguna otra). Pero una oda a la Revolución Sandinista, que es lo que finalmente Silvio intentó ofrecernos en aquel Abril de 1983 estrenando su canción, no puede morirse así sin más. Sería tan grave como aceptar que murió la Revolución, y si se acepta esto último sin incomodarse, se hace manifiesto que quien lo afirma no comprendió la Revolución, la Revolución sin adjetivos. Matar así una canción y a la Revolución consistiría en plegarse a una de nuestras peores costumbres políticas: el pragmatismo, esa maldita manía de cerrar los capítulos de nuestra historia pasándoles página definitivamente, desanclándonos de un pasado al que depositamos en el olvido más vergonzoso. Al final, de cualquier manera, nos retiramos descontentos aquella noche, sintiéndonos maltratados y burlados por quienes tenían la responsabilidad de ofrecer unas mínimas condiciones de organización y comodidad a la hora de disfrutar de la música de Silvio. Y de esa responsabilidad no podemos relevar al propio Silvio, o al menos a su equipo cercano de colaboradores. Ni una disculpa se ofreció por lo que ahí pasó. Ese día se jugó con el dinero de los asistentes, se manejó de la forma más ligera y llena de desprecio el esfuerzo material y espiritual que hicieron los/as que asistieron. ¡Eso es lo indignante! Lo sabemos: los productores locales son los responsables directos del desorden, el caos y el maltrato que se ofreció a los asistentes. Pero la responsabilidad indirecta la tiene quien contrató al equipo de producción. No entiendo cómo es posible que la representación de Silvio no haya intervenido desde temprano para exigir ciertas condiciones mínimas de calidad. Y que ni siquiera hayan intervenido durante el recital para rectificar, por lo menos, los problemas de audio. No entendemos que no hayan hecho público su descontento (si es que existió ese descontento) por las condiciones en las que se ofreció el espectáculo al público. Ellos también son responsables. Silvio, al igual que todos/as los/as artistas dignos, merecen una remuneración justa por su trabajo, y son dueños indiscutibles del derecho a que su obra sea respetada. Me niego a entrar en la discusión rancia y bizantina acerca de lo que debería considerarse como un monto justo, para el artista y para la audiencia, en términos del costo de un evento como el de aquél domingo. La cifra, en principio, queda al criterio del artista. Pero no puedo dejar de recordar los comentarios dolidos y desilusionados de varios/as de mis compañeros/as, bien enterados/as (como casi todos lo estábamos) de lo que había cobrado Silvio por aquello. Muchos me dijeron que habían sentido como si lo que ahí había tenido lugar esa noche fuera el producto de la pésima ejecución de un contrato de trabajo entre un equipo de producción y un artista que vende su producto en varios países. Fueron ciertamente comentarios dolorosos, pero comprendí muy bien la molestia de mis compañeros/as. Yo, desde mi humilde posición de espectador y seguidor del trabajo de Silvio, no vi por ningún lado ese espíritu profundo de entrega total del que habla Luis, no se me hizo evidente durante el espectáculo, y en quien menos percibí la entrega fue en Silvio. Seguramente el no conocerlo personalmente ni haberlo tratado nunca me imposibilita leer adecuadamente sus gestos y sus formas de reaccionar. Lo que es cierto es que el público se desplomó desde muy temprano, y no se entregó porque no le ofrecieron entregarse. Esto es parte de lo que yo vi ese día, y de lo que luego he pensando que debemos sacar como lección de aquello. San José, Costa Rica 15 de Abril de 2008
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