Testimonio de un torturado por la guardia española

29 Septiembre 2010
La Corte Europea de Derechos Humanos (CEDH) condenó este martes a España por no haber llevado a cabo una investigación exhaustiva tras las acusaciones de malos tratos contra un presunto miembro de ETA durante su detención. Mikel San Argimiro Isasa, nacido en 1962, fue detenido en Madrid en mayo de 2002, como sospechoso de pertenecer a un comando de ETA y de tentativa de asesinato. San Argimiro recurrió a la CEDH, alegando malos tratos durante su detención, así como una ausencia de investigación tras sus quejas ante la justicia española. Afirmó haber sido víctima de "cabezazos", de "sesiones de asfixia con una bolsa de plástico en la cabeza", de "humillaciones sexuales" y de "amenazas de muerte y violación". En su sentencia, la Corte, que tiene su sede en Estrasburgo, afirmó que "las investigaciones llevadas a cabo no fueron lo suficientemente exhaustivas y efectivas" para confirmar o desmentir las alegaciones del demandante. La Corte estimó que no tenía elementos suficientes para establecer si el detenido fue efectivamente torturado. El Gobierno español negó cualquier maltrato durante la detención y aseguró que las fuerzas del orden "utilizaron los medios necesarios" durante el arresto. Los jueces europeos acordaron 20.000 euros al demandante por concepto de daño moral. A continuación se recogen extractos del relato de los cinco días de incomunicación que realizó Mikel San Argimiro, publicadas en el diario Gara, de Euska Herria.

«Interrogatorios, golpes con periódicos enrollados, en los testículos, la bolsa...»

Abrimos las puertas del coche y nada más meternos en él, nos encañonaron mientras oíamos gritos de «Guardia Civil». Vi algunas pistolas en el lado de Imanol, y otra por el cristal trasero que estaba roto. Sentí un golpe en la cabeza, y al mirar, vi que era otra pistola. Me agarraron entre dos guardias civiles, uno de la americana y el otro de la corbata, y me echaron al suelo. Mientras estaba en el suelo llegaron los primeros golpes en la cara y en las costillas. Más tarde, me vaciaron los bolsillos y me esposaron. Permanecí en el suelo unos diez o quince minutos, entre numerosos golpes y amenazas. Nos preguntaban quiénes éramos y cuántos, y ante nuestro silencio, más golpes y más amenazas. En una ocasión me pisaron la cabeza y en otra el cuello. Después, me metieron en un coche y nos pusimos en marcha. Al de un par de calles, se les estropeó el coche y pidieron otro coche por un móvil, pero como tardaba en llegar, pararon una furgoneta de reparto y le dijeron al conductor que nos llevase a su sede en la calle «Guzmán el Bueno». Me introdujeron en el coche y bajaron los golpes. Iba con dos guardias civiles, uno amenazándome durante todo el trayecto, el otro tranquilizándole: «Te voy a hacer la bolsa aquí mismo», y el otro decía «No, no, espera a llegar». «Te voy a matar», y el otro «Tranquilo, tranquilo». Para cuando llegamos al cuartel, serían las 13.15 ó 13.30 horas, y sentía las manos hinchadas. Sabía que me habían colocado las esposas muy prietas, pero para cuando llegamos tenía las manos como dormidas y la movilidad reducida. Al llegar al cuartel había 10 ó 15 guardias civiles esperándome. Deprisa y corriendo me llevaron a una sala de interrogatorios, me colocaron una capucha, y empezaron a golpearme en la cabeza. Menuda sensación. No se puede decir que las porras hechas de periódicos enrollados produzcan dolor, pero al cabo del tiempo se siente pesadez. Esto alternado con la práctica de la bolsa. Tu cabeza te dice que no eres nadie en sus manos... La práctica de la bolsa me resulta difícil de describir. Cuando te la ponen queda algo de aire y puedes respirar. En la segunda o tercera respiración el aire se calienta y de allí en adelante sientes que te ahogas. Rompes la bolsa con los dientes y te ponen otra por encima. Algunas veces te ponen dos bolsas a la vez... No sé cuantas veces se puede coger aire, pero llega un momento, cuando no hay aire, cuando la bolsa se te pega a la cara a causa del sudor, que la sueltan y vuelves a la vida. También me pusieron una pistola en la cabeza cuando permanecía contra la pared (...) Después de aquella sesión me llevaron a un calabozo sucio y amarillento. Me obligaron a estar de pie durante dos horas mirando a la pared. Más tarde, oí los pasos de los guardias civiles y me llevaron a interrogarme otra vez. En esta sesión aparecieron nuevos detalles. Me hicieron desnudar y quedarme en calzoncillos, y al hacerme la bolsa, lo hacían estando atado a una silla o con una manta alrededor del cuerpo, del cuello a los tobillos. Así aumenta la sensación de ahogo, y el cuerpo comienza a debilitarse. Golpes, amenazas, la bolsa y psicológicamente los primeros ataques.(...) De allí, otra vez al calabazo, pero en esta ocasión me dijeron que fuera a orinar y me lavara la cara. Luego, en el calabozo, me dijeron que me tumbara, pero no me dejaban dormir, porque estaban continuamente sacando ruido abriendo y cerrando la ventana del calabozo. Para decirlo de alguna manera, se viven momentos de tranquilidad en el calabozo, pero enseguida la cabeza empieza a dar vueltas, pensando cuándo vendrán a por mí. En una de estas que vienen, es imposible medir el tiempo, y te llevan a la sala del interrogatorio. De nuevo esa sensación indescriptible. Otra vez en sus manos. Impotencia, miedo, dolor, debilidad, sed... te das cuenta de que la persona no es nada. Golpes, amenazas con la bolsa, humillaciones... Van pasando las horas y la situación no cambia. El Guardia Civil «bueno» entre tanto malo empieza a decirte «Cuéntame esto y eso, que ya no puedo controlar a mis compañeros y te quieren matar como a Iantzi, ¿te acuerdas de ella? Se les fue la mano». Entre tanto surrealismo, llega una orden y otra vez me llevan al calabozo (...) Para entonces tenía dificultades para andar y caminaba despacio. En el calabozo me tuvieron de pie mirando a la pared, y después de unos diez minutos, otra vez a la sala del interrogatorio, golpes con periódicos enrollados, flexiones, golpes en los testículos, la bolsa y amenazas con ella, todo entre continuas amenazas. (...)Me despertaron repentinamente y me preguntaron si quería comer y beber, y al decirles que no me llevaron otra vez a la sala de interrogatorio. Las preguntas eran iguales, distintas, fáciles, complicadas, y golpes, la bolsa, esta vez atado a una silla (...) Han torturado a tantos y tantas vascos y vascas que conocen de antemano las reacciones que tiene el cuerpo de una persona torturada (...)
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