Cristianos fundamentalistas

29 Agosto 2011
Por Mario Fulvio Espinosa. Cuando le preguntaron qué pensaba del pueblo católico de Matagalpa, el nuevo obispo de esa ciudad dijo que estaba feliz porque era una grey obediente, sumisa y creyente que aceptaba con fe la palabra de Dios. En verdad el pastoreo de los obispos requiere ovejas mansas, dóciles, que se dejen cuidar y guiar por aquellos que han estudiado en los seminarios para ese quehacer. Los indóciles, rebeldes y cuestionadores de la palabra y del pastoreo no son bien vistos por los pastores. En verdad, la sumisión, la obediencia y la docilidad son “valores” indispensables para ser un buen cristiano católico, apostólico y romano. Al aceptar estas condiciones los creyentes renuncian a su libre albedrío, es decir a su libertad de pensar y razonar con libertad, y no porque exista una limitante en su cerebro, sino porque voluntariamente colocan ante los demás un muro que rechaza cualquier argumento contra su propia cerrazón. Aquellas personas que se entregan ciegas a una religión se convierten en fundamentalistas, palabra que, según el Diccionario Larousse se aplica a aquellos que predican la interpretación literal de la Biblia, libro que por ser tan confuso y contradictorio, ha sido víctima de las más diversas interpretaciones, todas al antojo sectario de centenares de religiones que giran sobre ese texto y sus personajes. Hay que ver con que facilidad los cristianos católicos y protestantes aplican el termino de fundamentalistas a los pueblos islámicos que predican la estricta observancia del Corán como baluarte de su fe, cuando, en verdad, el fundamentalismo católico ha sido la plaga más nefasta y sangrienta que ha sufrido la humanidad a través de 17 siglos, desde que la iglesia se transformo en imperio al entrar en contubernio con los emperadores. El fanatismo fundamentalista obcecado requiere de ovejas subyugadas y obedientes a la manipulación religiosa. Siglos tras siglos los papas y pastores se las ingeniaron para mantener bajo el terror y la ignorancia a sus rebaños, de esa manera los transformaron en hordas fanáticas que llevaron sus cruzadas por todo el viejo mundo asesinando, achicharrando y depredando por donde iban pasando. Desde aquellos siglos papas y curas encontraron que el oscurantismo era el mejor recurso para manipular a las ovejas. Desde los albores de la Edad Media se apoderaron de libros y escritos, destruyeron los que consideraron peligrosos para sus propósitos de esclavitud física y espiritual y los demás los guardaron celosos en conventos y monasterios, a salvo de los ojos de la plebe. Así desembocaron en esa edad pétrea, la época más negra en la historia de la humanidad. Desde aquellos tiempos, matar herejes –a pesar de ser pecado mortal-, para los vasallos y siervos cristianos era una acción noble y merecedora de la gracia de Dios. Las consignas “Por Cristo y por su Iglesia” y “Para mayor gloria de Dios”, sirvieron para justificar las matanzas y las masacres, además eran la llave para que los asesinos lograran entrar sin problemas al cielo. En los cantares de gesta se divinizaban las hazañas de caballeros cristianos que despanzurraban y cercenaban cabezas de infieles a granel. Esta situación –querido Sancho-, me recuerda a los campesinos nicaragüenses “voluntarios a la fuerza”, que servían de carne de cañón en las continuas guerras partidarias entre generales de cañada, hacendados, curas y terratenientes conservadores y liberales. Recuerda amigo, que en este nuestro tiempo, son fundamentalistas cristianos los que dirigidos por Obama están exterminando al pueblo libio “en defensa de los derecho humanos”. Hoy como ayer existen muchos Pedro el ermitaño, que demandan la sumisión total de sus ovejas para lograr a través de ellas objetivos de poderío político y económico. El sumiso domesticado –querido Sancho- pierde la noción de ser un ser humano racional social, se envuelve en el capullo de su fe ciega para cumplir un único objetivo; la salvación de su alma. En esa misión se convierte en un ser crédulo, incapaz de razonar más allá del evangelio y la Biblia cuyos capítulos y versículos recita como lora. Pero hay algo más, el sujeto sometido al dogma, al hechizo y al misterio de la religión está proclive a mirar pecados por todos lados y propiciar estados de histeria colectiva como los que ocurrieron durante el periodo negro de la Santa Inquisición, cuando la delación y la calumnia eran recursos para preservar la vida. La Iglesia entonces alentaba este estado de cosas y eran culpables tanto los herejes como los que evadían denunciarlos. La sumisión enfermiza propicia estados mentales de posesión satánica, como los que describe el genial Arthur Miller en “Las Brujas de Salen”, en tal situación los fanáticos entran en estados catalépticos, actos violentos, hablan “en lenguas” y necesitan de exorcismos. Por creer que el pecado está en las circunstancias y en la influencia de todo aquello que les rodea, (mundo, demonio y carne) la oveja sumisa y enajenada piensa que el pecado le asedia por todos lados, rechaza su naturaleza social humana y vive para salvar su alma bajo la compulsión aterradora del fuego del infierno. En el menor de los casos, conozco personas que eran seres sociables, alegres, serviciales y de muchos amigos, los que después de recibir “el toque de Dios” se han vuelto sordos, mustios, mudos y aislados de todas las cosas “mundanas”. Pasan por la calle sin volver a ver ni saludar a sus viejos amigos, visten –las mujeres en algunos casos- cotones estrafalarios, y siempre cargan la Biblia que, según ellos, es la única llave de la salvación. Hay quienes dicen que nosotros los latinoamericanos, debemos dos cosas de mucho valor a la “Madre España”: uno, la lengua castellana y otro la religión católica. Para ambas tareas se hizo uso del “requerimiento” que era la amenaza de exterminio a los indígenas si no se sometían a la religión y al rey. Sin saber lo que decía el conquistador, los indígenas fueron sometidos por la espada y el terror. Predicando la magia del misterio, el horror a las llamas del purgatorio y el terror al tormento eterno del infierno los curas contribuyeron a la sumisión inerme de los pueblos indígenas. Para sumar mas credulidad pronto ocurrieron “apariciones” de vírgenes, ángeles y santos que salían a apaciguar aún más al indígena. Fue común el recurso de ocultar imágenes en diferentes lugares las que al ser descubiertas originaron devociones, sacrificios y mandas, cuando no orgías del tipo pagano. Así ocurrió la esclavitud espiritual de nuestra gente. Así sobrevino esa carga de explotación del indio por curas y conquistadores. “Bienaventurados los que sufren, bienaventurados los que lloran, bienaventurados los humildes, bienaventurados los mansos”, que así alcanzarán el reino de Dios. Y nuestra gente bajaba la cabeza y de rodillas besaba la mano del “padrecito”. Y el opio religioso mataba las conciencias y las voluntades. Resulta un contrasentido que en una época de globalización que pone a nuestra disposición infinitos recursos técnicos de información e investigación, los fundamentalistas religiosos aún proliferen por todo el mundo. Pero el hecho de ser cristianos no necesariamente nos lleva a ser fundamentalistas e iluminados, pues conozco católicos sensatos, pensantes, que viven la realidad de sus creencias para luchar por un cambio a través de la justicia, hermandad, verdad y paz en el mundo. Pero hay que entender el gozo del nuevo obispo de Matagalpa al encontrar que su grey es de ovejas dóciles, sumisas y dispuestas a obedecer sus directrices. Existen curas y obispos que se creen voceros divinos de Dios y ejecutores absolutos de su santa palabra. Metidos en política no vacilan en hacer del templo un reducto partidario donde se propone la rebelión y la violencia como recurso para satisfacer sus ambiciones políticas. Pastores que necesitan ovejas dogmaticas, timoratas, crédulas, milagreras, sometidas por la magia, el misterio, lo mítico y lo místico. Ovejas fanáticas, temerosas del infierno. Ovejas fundamentalistas sin voluntad propia ni deseos de razonar.
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