Germán escribe a Mejía Godoy y el hijo de Carlos responde a Germán

24 Junio 2008
Señor Carlos Mejía Godoy Le escuche decir que la prohibición de usar su música es para las tarimas enfloradas, como si esas tarimas representasen a dos personas, no los representan, ni a nosotros ese 38% que dicen somos una manada de borregos, iletrados, de cerebros lavados, incapaces de dar un paso sin autorización. Sus canciones eran -porque usted ha querido que así ya no sea- la música con la cual recordábamos a mi madre, a mis tíos; Carlos, Dionisio y Ronald, muertos antes de sus 24 años por la libertad de ésta nuestra patria, era nuestra manera de rezarles, porque la iglesia les negó unas palabras por guerrilleros y comunistas. Usted declara que las canciones sobre las gestas heroicas son suyas, por tanto cualquier acto de heroicidad le pertenece. Me deja con el saco y la porción de tierra en donde los enterramos, les borra así de la memoria colectiva. Ya no son mis muertos, son sus muertos porque están en su música. Ya no es mi Julia la traicionada por su mejor amigo, entregada a la guardia y al fusilamiento. Ya no es mi Carlos amarrado con alambre de púas y arrastrado por el pueblo con los perros siguiendo el jeep para atrapar en el aire los pedazos de carne. Ya no es mi Dionisio llamando a mi abuela "ay mamá... ay mamá". Es usted quien levanta a Ronald y lo limpia con sus lágrimas para ver con sus ojos de padre el rostro de su niño muerto. Mis muertos Carlos Mejía, por un asuntos de derechos de autor, le pertenecen. Nosotros cargamos esa ausencia, en mitad de la noche esperamos sus recuerdos agigantados. Usted cobrará por nuestro dolor. Nosotros hemos de sentirnos; desdichados. Germán Pomares Herrera (**) El autor es hijo del Héroe Sandinista, Comandante Germán Pomares Ordoñez, caído en combate en Jinotega, el 24 de mayo de 1979, y de Julia Herrera, asesinada por la guardia somocista en El Sauce, el 2 de agosto de 1975. Carta a Germán Pomares Herrera Estimado Germán, Soy Augusto Mejía, amigo tuyo desde niño. Jugué fútbol con vos, muchísimo antes de entender por qué había muerto tanta gente en eso que llamaban "la guerra", por qué tantos jóvenes entregaron su vida sin dudarlo, luchando por quitarle de encima a Nicaragua el pesado yugo de una familia: la familia Somoza. Vos y yo corríamos en los parques, mucho antes de poder preguntarnos qué era "eso" que hacia del Frente Sandinista de Liberación Nacional una fuerza insobornable, antes de tener suficientes golpes en el alma para lograr entender de qué nos habían liberado aquellos majes armados, barbudos y valientes, y aquellas muchachas arrechas y gritonas que salían en las fotos con sus rifles humeantes. Luego crecimos. Y como ramas de un mismo árbol, que se estiran y se separan en busca de las alturas, la vida nos alejó físicamente. Pasaron muchos años antes de volverte a encontrar, y descubrir que seguías siendo el mismo chavalo, inteligente, letrado, y ágil de palabra, un individuo capaz de absorber libros, ideas, y conceptos, con una ferocidad escalofriante. Hoy, te tengo enfrente, y te veo a los ojos con una mirada que dista mucho de ser aquella de ojos chispeantes. Ya mis grandes enigmas no son más ¿Cómo golearte? ¿Cómo retar tu suspicacia con alguna adivinanza difícil de resolver? ¿Cuál es el mejor escondite en el patio de tu casa? El huracán del tiempo y el revoltijo de la vida nos sientan hoy de frente, vos en tu silla y yo en la mía. Sobre tu hombro reposa la mano de tu padre: el insigne comandante sandinista Tomás Borges. Y sobre mi hombro podés claramente ver la mano de mi padre: el humilde cantautor Carlos Mejía Godoy. A mi mano llegó tu carta, donde claramente mostrás sentirte desdichado, una carta donde asumís con dolor, como quien elige cargar sobre su espalda una cruz invisible, la ausencia de todos Tus Muertos, que según tus palabras, mi padre quiere llevarse consigo, de la mano de su música. Según tu lectura de la clara solicitud de mi progenitor, él pretende quitarte esas canciones y esos muertos, a vos, y al resto de los que creen que quien escribe canciones inspirado en la lucha justa de un pueblo, debe sin lugar a dudas desprenderse de todo derecho a elegir qué camino pueden o no tomar sus canciones. Y pues, tu carta despertó inmediatamente en mí la necesidad de querer escribirte. Y de tener que explicarte, ya que noto tu enorme desconocimiento al respecto, por qué mi padre ha concluido que no quiere que sus canciones sean más usadas por la cúpula que rodea al presidente Daniel Ortega Saavedra. Pues te lo voy a contar. Mi padre parió todas esas canciones, porque él soñaba con un país donde no fuese una familia quien decidiera quién tiene derecho a vivir, y quién no. Mi padre alumbró tan vasta obra, porque él repudiaba con todo su ser ver que en este potrero llamado Nicaragua, quien mandaba era quien tenía el machete más grande, y no quien era capaz de mostrar mayor amor a la libertad y a la justicia. Mi padre engendró todo ese canto, porque él creía que no era correcto que se tildara de criminales a aquellos que pensaran diferente. Todo eso lo llevó a componer todas esas canciones, que hoy día la dirigencia del FSLN decidió expropiarle, como si se tratara de una parcela de tierra que le pertenece "al más fuerte". Hoy Germán, como regresando a aquellos oscuros tiempos, podés oír a lo lejos los vinagrientos discursos, afilados, con el más refinado odio, por aquellos hacedores de mentiras por quienes abogás. ¿Verdad que podés escuchar el chasquido, los insultos, las ofensas, y los improperios hacia mi padre (el creador mismo de esas canciones que se han encaprichado en poseer) sólo porque éste solicita respeto a su obra? ¿Los oís pelear y aullar, jadeando como una jauría de hienas, tratando de arrancar de los huesos la carne que insisten les pertenece? Me pregunto Germán, mientras continúan los insultos a lo lejos: ¿Acaso las leyes fueron hechas, pues, para ser manipuladas según los antojos espirituales y emocionales de aquellos que las administran? ¿El derecho inalienable de un autor a decidir dónde y de qué forma desea que su obra sea o no usada, depende de las circunstancias? ¿Leyes que dependen? ¿Es necesario pues que cada artista, mientras le da vida a su obra, en el mismo instante divino en que se da el lapsus creativo, tenga que recordar que él y su creación están totalmente desprotegidos contra los manotazos y los caprichos de aquellos que ostentan el poder, allá arriba, en el trono mesiánico de una nación? Triste noticia, ¿no creés? Me pregunto, mientras leo tu carta, y observo hacia la calle: ¿A dónde puede ir a parar un país, donde las leyes con las que pretendemos dar forma a nuestra historia, son tan frágiles como tu temor injustificado, casi onírico, a perder a Tus Muertos, temor inducido por la simple posibilidad de asumir que mi padre es el único rector de su obra creativa? ¿A dónde irá a parar esta sociedad donde los derechos son tan tembeleques como esa reflexión que te llevó a concluir, quién sabe a través de qué ansiosas veredas, que si mi padre se inspiró y le cantó a la gesta heroica de tantos jóvenes caídos, y reclama como derecho suyo el uso y la disposición de sus canciones, esto significa inmediatamente que él quiere apropiarse de la lucha heroica de miles de nicaragüenses? Es confuso, Germán. Yo lo sé. Así quieren siempre tus amigos dirigentes que sea: Confuso. Oscuro. Revuelto. Vos estás triste. Pero sabé que habemos otros que estamos aún mucho más tristes. Vos sentís que Tus Muertos se te escapan de las manos. ¡Ahora imaginate! Yo mas bien veo cómo Tus Muertos vienen al borde de mi cama, todos las noches, a pedir piedad, a rogarme que rece por ellos. Vienen, se arrodillan, y me suplican que encare, sin temores y sin reparos, a la Maquinaria de Odio en que se ha convertido la alta dirigencia del FSLN. Lloran hasta el amanecer, y me piden que me esfuerce por reivindicar sus nombres olvidados, y todos los litros de sangre que dejaron regados sobre el asfalto de la Historia, y que la cúpula danielista se encarga en evaporar, en olvidar. Estimado amigo, sólo quiero recomendarte dos cosas: No pretendás acuñar a Tus Muertos, en las frías bodegas del Frente. Porque Ellos no le pertenecen a un partido. Y tampoco pretendás archivar las canciones de mi padre en las gavetas de la morgue del danielismo ultrajante, porque las canciones son de quien les da vida. Y de nadie más. ¿Acaso esos señores no tienen suficiente con sus empresas y sus capitales? ¿Acaso no tienen suficiente con sus tarimas y sus discursos de naturaleza medieval? ¿Acaso no tienen suficiente con sus gigantes y millonarios carteles que inundan el país como si Nicaragua fuese un laberinto irreal de paredes rosado-chichas? ¿Acaso no tienen suficiente con sus edecanes que, bajo sueldo, ladran a diario en los "micrófonos del pueblo", en busca de despertar odio en nuestros corazones? Germán, ellos ya tienen suficiente. Ojalá mis palabras, despierten algún gramo de conciencia en vos, compañero goleador, y talvez toquen tu corazón, invitándolo a latir al ritmo de la justicia. Y quizá, si te animás, hagás entender a esos oscuros mercaderes de mentiras, que no todo les pertenece. Que hay cosas que ni sus millones ni sus amenazas pueden comprar. EL ÚNICO DUEÑO DE LAS CANCIONES COMPUESTAS POR MI PADRE, ES ÉL MISMO: MI PADRE. ÚNICAMENTE ÉL, PUEDE DECIDIR EN QUÉ CONDICIONES DEBE O NO SER USADA SU OBRA. NADIE MÁS. Lo más sensato y responsable que la cúpula del partido FSLN (entiéndase con claridad: la cúpula, no el pueblo) puede hacer, es dejar de utilizarlas para maquillar sus marchas y sus cortejos populistas, por respeto a las leyes inalienables que protegen, a mi padre como creador, y a su obra, su único patrimonio intelectual. ESO ES LO CORRECTO. ESO ES LO LEGAL. LO SABÉS MUY BIEN. Mi padre JAMÁS hizo canciones para el festejo y el entretenimiento de sectas partidarias, ni para la danza de traficantes de populismo, ni para el contrabando de politiquería y mentiras. Y menos para pequeñas pandilla de desalmados, que como vampiros, viven PRECISAMENTE, de chuparle la sangre a Tus Muertos. Con estima. Augusto Mejía
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