Chávez: regresarte de la muerte, si es preciso

12 Diciembre 2012

Por Raúl Bracho, APORREA

Aprendí a escribir leyendo, escuchando lejanas palabras que llenaron mis oídos con los susurros del tiempo, viejas historias que revivía mi imaginación. Aprendí a soñar cabalgando sobre frases, a pintar con palabras mis sueños, a dominar el alfabeto para hacerle escribir las palabras certeras del alma, del pueblo.

Hoy tu allá, en cualquier hospital de la misma Cuba que me devolvió la vida, yo aquí  en el puesto de combate que asumí al volver de la isla. ¿Qué puedo más hacer que escribir lo que siento? Mis palabras son palomas mensajeras que parten desde la ventana de mi cuarto para volar por el mundo de pantalla en pantalla, de corazón en corazón. Escribo, luego existo.

El silencio, ese espacio sin palabras que tanto tememos, es el espejo donde se reflejan los amores por la vida, el silencio tiene sus sonidos, yo solo aprendí a descifrarlos y hacerlos letras con la tinta de mi alma herida por el sueño revolucionario. Se escribe porque hay algo que decir. Y cuando se está diciendo algo las letras corren a la pluma desesperadamente para ayudarme. Las imágenes se agolpan en el puño que imprime, como Gutemberg nos enseñó, el mensaje para todas y todos.

Tinta de amor, tinta de vida, tinta con la que hoy te invoco y clamo por tu vida, tinta de pueblo, roja de la sangre de los caídos, tinta victoriosa que te escribe desde todas las manos que te ama, tinta que raya los cuadernos escribiendo la nueva historia.

¡En vez de sangre tengo tinta en estas venas! Y hasta el último día de mi vida ejerceré mi voluntad de hacer palabras los sueños de los pobres, de amar con las imágenes creadas por las letras saltarinas, la esperanza infinita de mi especie, el sueño de libertad y de revolución.

¡En vez de sangre tengo tinta para regresarte de la muerte si es preciso, para obligarte a escribir con actos la historia que aun no termina, para hacerte sentir el amor que te reclama y que te invoca al retorno, gigante hermoso, clarín eterno, comandante!

Aquí estoy y aquí  me quedo, frente al teclado lleno de alfabeto, para hacer que las palabras escriban la historia necesaria, para hacer con las palabras los actos de la vida.

Para seguirte diciendo ¡que te amo, comandante Chávez, camarada!

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