El Papa que espero

04 Marzo 2013

Por Hans Kühn

No sé si muchos coincidan conmigo cuando pienso en la crisis de la Iglesia y la sede vacante del Papado.

Yo todavía creo que todos los textos de la Escritura, y en especial los del Nuevo Testamento, y sobre todo los Evangelios, son algo que Dios quiso decirnos. Por supuesto, sabemos que no fue el propio Espíritu Santo, configurado como escriba, o narrador o cronista, quien los escribió. Tampoco, necesariamente –aunque ¿quién sabe?— como palomita parlante, o invisiblemente, dictando al evangelista las palabras que debía escribir. Dios interviene en nuestro mundo, siempre ha intervenido, siempre sigue interviniendo y la mayoría de las veces sólo nos damos cuenta después que la intervención sucedió. Aquí ya choco, posiblemente, con muchos amigos míos que creen que MUY RARAMENTE Dios interviene en nuestra vida y en nuestra existencia –algunos dirán que Dios ha decidido NUNCA intervenir: no hay milagros, no hay inspiraciones, Dios nos deja existir solitos y sólo después nos va a pedir cuentas, y algunos piensan que no habrá petición de cuentas, que todos nos salvamos de pepo;  y, consiguientemente, dicen que no hubo intervención del Espíritu Santo en redactar los evangelios. Disiento, pero no me peleo con nadie por eso. Sólo creo que el Espíritu Santo SE LAS ARREGLÓ DE ALGUNA FORMA para que quienes escribieron los evangelios que después hemos llegado a admitir en la Iglesia, dijeran en esos escritos lo que Dios quería decirnos.

Por eso creo que "las puertas del Infierno no prevalecerán contra" la Iglesia de Cristo. E interpreto eso como que por el tiempo en que el mundo en que los humanos vivimos exista, existirá la Iglesia de Jesús. Y que será, a pesar de ser muchas veces tropiezo y escándalo, un medio para conectar con Cristo, con Dios, con el Espíritu ("sal de la tierra y luz del mundo").

¿Será que esa sobrevivencia de la Iglesia supone la sobrevivencia del Papado? Me inclino personalmente porque sí. No es que crea que el Estado Vaticano tenga que sobrevivir "hasta el fin de los tiempos", pero si la independencia del Papado con respecto a cualquier otro gobierno o poder político "temporal". Ni tampoco es que crea que el Papa tiene que seguir siendo el dueño de las riquezas del Vaticano ni  del Banco del Vaticano. Puede haber un Papa que viva pobremente (tal vez a la manera que vive José Mojica del Uruguay). El cómo será eso posible, no me atrevo a insinuarlo siquiera, no pretendo ser más sagaz que el Espíritu para encontrar la forma en que sus designios se cumplan.

Me pueden mucho las profecías que han sobrevivido y se han sostenido y hecho creíbles por una fuerza singular interior a ellas, tal vez porque sentimos que realmente fueron revelaciones de Dios. Las de San Malaquías, las de Nostradamus, las de Fátima, el Apocalipsis. Y según ellas, PARECE que el Papado tal cual lo hemos conocido hasta ahora, no va a permanecer.  Pero aún así, si creo y espero en que habrá siempre un Papa líder de la Iglesia, aunque sea en la forma humilde y dificultosa en que Pedro la lideró, sin apabullar a Pablo, ni a Juan, ni a Santiago, ni a Tomás ni a ninguno de los otros líderes consagrados por el mismo Jesús para su Iglesia, pero siendo visto por ellos como el primado.

Creo que coincido en gran parte con Hans Küng en el artículo que copio a continuación. El Espíritu puede encontrar la forma en que los cardenales terminen eligiendo a un papa que lidere a la Iglesia hacia su transformación, hacia su regreso al cristianismo primitivo, el que Jesús prefiere. Personalmente, tiendo a creer que, aunque no hubiera actualmente ningún cardenal elector  –y a lo mejor no lo hay— que realmente sea capaz de liderar a la Iglesia en ese camino, el elegido podría someterse y ser dominado por el espíritu DESPUÉS, noqueado hasta el suelo como lo fue Pablo, transformado como lo fueron Pedro y Tomás y todos los apóstoles negadores de Jesús ante Pilato y el Sanhedrín.  A la manera en que San Romero de América comenzó a ser el obispo que Dios quería para El Salvador sólo después de ser consagrado, y sólo después de sufrir una transformación radical, una conversión  –a raíz de la reflexión sobre el martirio de su gran amigo el padre jesuita Rutilio Grande.

Por eso, oro y ruego y me preocupo. Me importa la Iglesia, aunque aborrezca las formas jerárquicas con las que actualmente nos domina, fuera del espíritu de Jesús.

A eso es a lo que yo llamaría elección del Papa por el Espíritu Santo. Y si el Espíritu no consigue vencer el mundo que hay en los cardenales electores en esta ocasión, en marzo, Dios tiene más paciencia que nosotros y el tiempo no le arredra. Su tiempo vendrá.

(*) Alemán. Uno de los más reconocidos teólogos a nivel mundial, castigado por el Papa Juan Pablo II y por el cardenal Joseph Ratzinger, antes de ser el Papa Benedicto XVI.

Comentar     Arriba