¿Y los que aún velan a Joseph Raymond McCarthy?

11 Marzo 2013

Por Edwin Sánchez.

Joseph Raymond McCarthy falleció hace 56 años, pero desde entonces, su velorio, antiquísimo, se mantiene en capilla ardiente, y aunque sean pocos sus veladores, algunos con cirios de tinta y malquerencias alimentadas con rencores no resueltos, tratan de que el mundo les acompañe en su cortejo fúnebre de ver la vida a su manera.

Todo lo que no se ceñía a la arbitraria visión de McCarthy era "comunista" y había que castigarlo. Envolvió a los Estados Unidos en el oscurantismo y promovió lo que se llamó "cacería de brujas", la cual ni con su muerte se detuvo, más bien continúa: es el odio elevado al rango de política. Odio con el que algunos conquistaron espacios en la prensa industrial, asientos republicanos en el Congreso de los Estados Unidos, y hasta la Casa Blanca, en la persona del protector de Anastasio Somoza, Richard M. Nixon.

Con la extrema admiración que degrada en devoción, sus veladores cuentan la historia desde su sarcófago y todo lo que no sea a tono con el ideal ultraconservador del macartismo, es "dictatorial" y perseguible de oficio. Por eso, el lenguaje de Ileana Ros Lehtinen no se diferencia en nada del de Mario Vargas Llosa ni mucho menos de Carlos Alberto Montaner.

Ahora, todos enfilan sus baterías contra el candidato Nicolás Maduro y el "peligro" que representa seguir los "malos ejemplos" del fallecido Presidente Hugo Chávez: sacó a más de 2 millones del analfabetismo; abrió el Palacio de Miraflores al pueblo con sus misiones, redujo la tasa de pobreza de un 42,8% a un 26,5% y la extrema pobreza de un 16,6% en 1999 a un 7% en 2011; metió a todos los niños a las escuelas, 5 millones de ellos con alimentación gratuita. Le atacan sin piedad a él y Diosdado Cabello por la "barbaridad" de pasar de 387 ancianos con pensiones en 1999, a 2,1 millones en la actualidad. Por favor, ¡alto a esos "disparates"!

En la era del Macartismo se persiguió a los artistas, a los políticos, a los sindicalistas, a simples ciudadanos; se le violentaron los derechos a personalidades de la talla de Charles Chaplin, y de su ola de influencia post mortem no escaparon ni John Lennon. Ahora le toca el turno a los líderes de la Revolución Bolivariana.

Hoy, McCarthy es una suerte de santo patrono para los ultraconservadores. Se niegan a enterrarlo, y le siguen dando vida a través del incienso de sus escritos y diatribas, de ahí que cuando ellos hablan de "insepultos" y "absurdos", hablan por experiencia.

Sin duda, quisieran que las mayorías también participaran con ellos en este velorio, desplegando el velo de odio fanático del senador republicano sobre la verdad, por eso, toda referencia a Chávez tiene su alta carga de floreado resentimiento. La derecha totalitaria quiere espantar la verdad, sacando del féretro de McCarthy su lenguaje descompuesto.

No se sabe si Vargas Llosa está dando hacer sus artículos, ocupado en su guardia perpetua a McCarthy, porque no puede ser que la misma mano que escribió "Conversación en la Catedral", suscriba esta malísima "composición" con la cual no pasaría ni el tercer grado: el General Raúl Castro y el Comandante Daniel Ortega son "vasallos ideológicos" (¿?) del desaparecido Presidente.

"No hay que dejarse impresionar demasiado por las muchedumbres llorosas que velan los restos de Hugo Chávez; son las mismas que se estremecían de dolor y desamparo por la muerte de Perón, de Franco, de Stalin, de Trujillo, y las que mañana acompañarán al sepulcro a Fidel Castro".

¿Cómo meter en el mismo saco a déspotas como Stalin, Franco y Trujillo, junto a verdaderos líderes del pueblo? Peor, ¿cómo comparar a los descamisados de Evita y al pueblo cubano con las hordas de Franco o Trujillo?

Carlos Alberto Montaner también llama a los pueblos de la esperanza, como el de Venezuela, "clases latinoamericanas menos educadas".

En el velorio a McCarthy se corre el rumor de que por culpa de estos "maleducados" es que Venezuela queda "dividida": claro, antes solo un grupito decidía por la totalidad. Era la gran puesta en escena de una falacia llamada "Democracia": el monólogo de los privilegiados. Todo eso acabó, porque en 1998 llegaron los que no estaban invitados: el muchacho de Sabaneta abrió las puertas del nuevo siglo a los olvidados de la Tierra.

Avances de la izquierda

La realidad, fuera de la capilla del senador McCarty, es que los líderes latinoamericanos sin duda han avanzado en su perspectiva del mundo; reconocen la diversidad y realidad de cada Estado, y no imponen sus reglas a nadie, contrario a la involución que han sufrido los escritores de una derecha que todavía transpira con ardor los odios de la Guerra Fría.

Ninguno ha trazado planes macabros "para extender el marxismo" a la región y rodear a Washington, a como infaman los ultraconservadores.

Es todo lo contrario: el Presidente Daniel Ortega dijo: "La familia venezolana, la familia nicaragüense y la familia latinoamericana somos una sola familia, la familia del planeta Tierra. ... el comandante Chávez inspiró a esta familia hacia la solidaridad, hacia el amor, hacia la paz".

Con tales armas de construcción masiva de la solidaridad en manos de los demócratas de izquierda como Evo Morales o Rafael Correa, o demócratas de centro como el presidente Sebastián Piñera o Enrique Peña Nieto, nuestra época habla mejor que con el lenguaje descompuesto del insepulto McCarthy.

El embalsamamiento

El hecho de que la alta dirigencia de la Revolución Bolivariana haya decidido embalsamar el cuerpo del fallecido mandatario, es una decisión propia, que se debe respetar, aunque uno no esté de acuerdo.

Hoy, los enemigos de los pueblos "maleducados" tratan de sacarle provecho a esta particularidad de la dirigencia venezolana, para hacer infames comparaciones entre Hugo Chávez y algunos personajes que dañaron a la humanidad.

A pesar del lenguaje de la descomposición mediática, el finado Presidente se va invicto en el ejercicio del poder: sin ningún muerto por motivos políticos. La Derecha debería aprender de Chávez para no repetirlo: nunca artilló a terroristas mercenarios como Luis Posada Carriles para hacer estallar un avión en pleno vuelo, donde viajaba la selección olímpica de Cuba, ni mandó colocar bombas en cuartos de hoteles para matar turistas europeos. Ni mucho menos pagó a matones para que fueran a asesinar a un arzobispo, como sí lo hizo la "derecha democrática" contra monseñor Oscar Arnulfo Romero.

Solo tres armas empuñó el Comandante Chávez en su corta existencia: la Constitución, la Espada de Bolívar y las Urnas Vivas de los millones de gentes que le renovaban su estadía en el Palacio de Miraflores, y que seguramente no necesitan de ninguna urna funeraria permanente para creer en el ideal bolivariano que el líder impulsaba.

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