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El Padre Rutilio Grande, mártir del pueblo salvadoreño

Diario Co Latino, de El Salvador. | 13 marzo de 2007

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Se cumplieron ayer (lunes 12 de marzo) los 30 años del asesinato del Padre Rutilio Grande. Nacido en el Paisnal, era párroco de Aguilares y de su propio pueblo natal cuando fue asesinado por elementos de la Guardia Nacional. Con él fueron asesinados también un hombre de sesenta años y un niño de 12. Otros dos niños que iban también en el vehículo del Padre Tilo se salvaron, huyendo por los cañaverales. Aunque los niños reconocieron a los miembros de la Guardia como efectivos que estaban destinados al cuartelillo de Aguilares, nunca se hizo una investigación ni se abrió juicio.

Por José M. Tojeira, jesuita, rector de la Universidad Centro Americana (UCA).

El asesinato del Padre Rutilio inició la larga lista de asesinatos de sacerdotes que culminó con la muerte de Monseñor Romero y, muy posteriormente, con el asesinato de los 6 jesuitas de la UCA y sus dos trabajadoras. Después del asesinato de Monseñor Romero la misma Guardia Nacional entró en el templo de Aguilares, mató al sacristán a sangre fría y deportó a tres sacerdotes que eran parte del equipo parroquial. Profanaron la Iglesia, abrieron el sagrario, tiraron las hostias consagradas por el suelo. Buen amigo de Monseñor Romero, cuentan los testigos presenciales que cuando el arzobispo llegó a Aguilares y contempló el cuerpo sin vida del jesuita, se deshizo en llanto. No han faltado quienes atribuyen a este asesinato el cambio de Monseñor Romero, que empieza a partir de esa fecha a hacer una serie de denuncias que le fueron enfrentando cada vez más con los poderes militares, mediáticos y políticos. Leyendo la vida de Monseñor Romero estoy convencido de que no hubo lo que se dice una "conversión" ante el cadáver de Rutilio. Pero evidentemente que su muerte y la de la gente que lo acompañaba, junto con los sucesos posteriores que hemos narrado, le llevó a convencerse de que existía una verdadera persecución contra un pensamiento de Iglesia con responsabilidad evangélicamente solidaria. Amigo y conocedor de Rutilio, Monseñor Romero sabía que el Padre Tilo no era una persona dedicada a la política, sino que vivía su sacerdocio y las propias exigencias sacerdotales con honestidad. El hecho de ser testigo presencial y directo del ensañamiento que rodeó su muerte le ayudó comprender, sin duda, la unión entre las profundas raíces de injusticia de El Salvador y el tipo de represión brutal que entonces se estilaba. Hoy, 30 años después, ¿qué podemos decir de Rutilio? ¿Es su persona y su historia un simple accidente de la gran historia salvadoreña, o hay algo propio, original en su persona y su muerte? A mi juicio Rutilio tenía una profunda originalidad. Dedicado a la formación del clero secular, quiso participar de la aventura de tantos sacerdotes salvadoreños que acompañaban y formaban a nuestro pueblo, en medio de una difícil, tensa y rápida transición. Con una excelente planificación pastoral, extendió el pensamiento social de la Iglesia. Se opuso siempre a la violencia y llegó a tener enfrentamientos con quienes partiendo de la profecía social del Evangelio optaban por la violencia. Pero al mismo tiempo defendió a los pobres y a los humildes de la terrible violencia indiscriminada que los gobiernos de aquella época dirigieron contra quienes pedían un mínimo respeto a su dignidad. Profeta y pastor en el más hondo sentido cristiano, murió como los mártires de antaño mientras llevaba la comunión a un enfermo. Y murió con la valentía y el arrojo de un buen salvadoreño y un buen pastor. De hecho, el sacerdote al que le habían solicitado llevar la comunión era un jesuita panameño del equipo de Aguilares. Rutilio no lo dejó salir por el ambiente de represión existente, y decidió acudir él, párroco y servidor, optando por hacer personalmente lo que consideraba peligroso para otros. Dar la vida en servicio a los demás es siempre el mayor legado que nos hacen nuestros mártires. Rutilio nos sigue hoy, treinta años después prestando ese servicio, pero unido a toda una serie de facetas que lo convierten en una persona muy especial para nuestra historia. Una persona muy de su tiempo, conocedor a fondo de la realidad de la gente, y al mismo tiempo preocupado por todos los conocimientos que pudieran servirle para el trabajo pastoral. Pacifista en tiempo de guerra con capacidad de no abstraerse de la realidad compleja de su tiempo. Cercano, participativo, a pesar de una salud débil y una tendencia fuerte a ciclos depresivos. Su dar la vida por los demás ni le fue fácil, ni fue casualidad. Dio la vida porque tomó una opción muy radical de seguir al Señor y de ir construyendo, a partir de su debilidad, un instrumento abierto al amor de Dios, dispuesto siempre entregarse a los demás. Sigue siendo, en ese aspecto, una persona que nos reta, que nos anima y que nos impulsa al bien. Una persona que nos dice con su vida y con su muerte que si uno tiene simultáneamente amor a Dios y a los pobres puede crecer, puede multiplicarse y puede trascenderse. En este mundo donde la superficialidad impera con frecuencia, y donde la facilitonería se presenta como camino de éxito, Rutilio nos llama a tomarnos al vida en serio desde el Evangelio y a crecer en fidelidad simultánea a Dios y al prójimo. Un hombre que continúa vivo. La vida de Rutilio ha quedado plasmada en un canto. "Vamos todos al banquete, a la mesa de la creación, cada cual con su taburete, tiene un puesto y una misión". Sacada la letra de esta archiconocida canción religiosa de una homilía del Padre Tilo, nos refleja a un hombre sencillo, lleno de esperanza, con una enorme confianza en una creación que es don de Dios y por tanto buena y abierta a todos. Pero también convencido que esa creación buena se teje históricamente y nos convoca a comprometernos con la nueva creación y la nueva criatura ofrecida por el Señor. Todo un camino de responsabilidad ética y cristiana que continúa como ejemplo y como invitación para nosotros.


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