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Viaje al infierno del secuestro; nicas «muertos de hambre»

Saltillo, Coahuila. redvoltaire.org. | 31 agosto de 2009

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El hondureño Léster Flores lleva el terror pintado en el rostro y en una mejilla que se libró de ser herrada con la grafía de Los Zetas. El treintañero se escarba la nariz tratado de eliminar el olor a piña madura incesante que se le cuela por las fosas nasales y le provoca una profunda náusea. Escarceo fallido porque el hedor dulzón sólo está en su mente para machacarle ocho días de secuestro, la segunda vez en la vida que le rozó la muerte. En 2005 salió por primera vez de Tegucigalpa empujado por el hambre, como antes salieran todos sus hermanos. Familiarizado con las maras -MS13 y MS18-, que desde las cárceles de Tegus y San Pedro Sula controlan los barrios, se topó con ellas en el ferrocarril de carga Chiapas-Mayab, que cubre la ruta Tapachula-Coatzacoalcos. En el asalto, el marero lo arrojó a las vías y Lester quedó mutilado. Regresó a casa con una pierna de plástico, pero una vez que aprendió a andar, salió de nuevo. En febrero pasado llegó a Ixtepec, Oaxaca. Al ocaso del día 14, escuchó la temida advertencia que ha precedido a la muerte de tantos paisanos sepultados en terruño mexicano: “¡Somos Los Zetas y éste es un secuestro!”. Todos armados, en cinco minutos el escuadrón controlaba el vagón y a los 23 indocumentados. Los comandaban el Negro y el Borrego, supuestos Zetas a quien numerosos migrantes identifican como cabezas del grupo que ejecutan los secuestros en el tramo de Tabasco a Veracruz. Entre las siete y las 10 de la noche secuestraron a otros 27 migrantes. Subieron a 50 en un camión de redilas y se los llevaron rumbo a Coatzacoalcos. A medida que el carguero trastabillaba entre la terracería y el pavimento, por las rendijas Léster alcanzaba a ver los extensos piñales; comprendió el penetrante olor a fruta fermentada y la melaza en las paredes del camión. Entre el suave sonido de los insectos nocturnos, perplejos de espanto, los migrantes escuchaban a sus captores recibir y dar instrucciones por radio y celular. A mitad del camino los paró la migra. Tres agentes del Instituto Nacional de Migración (INM) con sus uniformes azul marino levantaron el toldo. -¿Cuántos van? -Cincuenta, respondió el Negro. El oficial garabateó en una libreta, asintió y bajó la cubierta. El camión reanudó la marcha. Los llevaron a una casa donde había otros 20 indocumentados. Los secuestradores esculcaban la ropa, exigían nombre y teléfono de quien pagaría el rescate, confirmaban ladas a Estados Unidos, de los celulares llamaban a Centroamérica. -No tengo quién responda por mí, dijo Léster con la voz quebrada mientras rememoraba que sus cuatro hermanos, albañiles en Nueva Orleans, hace tiempo están desempleados. En realidad los secuestradores tenían otros planes para él: lo usarían como distribuidor de droga. “Con la pata tunca ni quién sospeche de éste”, decían. Fue testigo del desgarrador suplicio de las mujeres violadas tumultuariamente, de la ejecución a machetazos de quienes se negaron a recordar el teléfono de los familiares o de quien no pagó el rescate. Como la mayoría, enfermó por las condiciones insalubres y la rala ingesta de agua y tortillas, condimentada con drogas. Un día, mientras Los Zetas participaban en un enfrentamiento, los salvadoreños rompieron puertas y ventanas y emprendieron la fuga. Al paso, Léster escapó con ellos. Una patrulla de la policía estatal los levantó a las afueras de la colonia. “Les pedimos que nos llevaran a la casa del migrante, pero se fueron siguiendo una hilera de lujosas camionetas. ¡Eran también de Los Zetas! Oímos que el copiloto hablaba con ellos por celular, les decía que éramos 12, que le dieran 100 dólares por cabeza. Entendimos que nos estaban vendiendo y nos tiramos de la patrulla”. Cuando por fin llegaron a la casa del migrante, Léster hizo insistentes llamadas telefónicas a la Procuraduría General de la República, la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) y a la estatal de Veracruz, para denunciar el secuestro. “Quería llevarlos a la casa de seguridad para que liberaran a los demás y detuvieran a los secuestradores. Me mandaban de una extensión a otra y al final nadie quiso tomarme la denuncia. Si ahorita regresara a Coatzacoalcos, podría decirle dónde está la casa, tengo buena memoria y ese olor no se me olvida”. La buena memoria es hoy su verdugo. Padece de trauma post-secuestro. Alberto Carrasco, sicólogo de Belén, Posada del Migrante -a donde Léster llegó en julio-, explica que la mayoría de las víctimas llega en shock; sin embargo, no hay tregua para aligerar el trastorno. Hacia el paso del Norte, cada paraje del camino es peor al anterior. Léster duerme poco, atormentado por dos pesadillas: el asalto de la mara y sus perpetuos días con Los Zetas. Ese terco olor a piña que le exalta los sentidos. Colusión oficial Léster es uno de los cientos de indocumentados que, según estimaciones de organizaciones no gubernamentales, a diario son secuestrados en territorio mexicano por células de Los Zetas, organización identificada por el Departamento de Justicia de Estados Unidos como la más peligrosa que opera en México, la cual, en menos de una década, logró un inestimable nivel de corrupción de servidores públicos y su internacionalización a Estados Unidos, además de Europa, en sociedad con la temida Ndrangheta o Calabresa. De su participación en el secuestro masivo de indocumentados, hasta ahora sólo se sabe por los testimonios que víctimas y testigos han proporcionado a los 35 albergues y casas para migrantes que coordina la Dimensión Pastoral de la Movilidad Humana (DPMH) de la Conferencia del Episcopado Mexicano, pues, aún cuando ha implicado levantones a sacerdotes que denuncian, tiroteos a los albergues e, incluso, su cierre definitivo, en plena “guerra contra el narcotráfico”, el gobierno de Felipe Calderón está al margen de su investigación. Axel García, de la DPMH, dice que la reticencia a investigar este tipo de secuestros deriva de la colusión de funcionarios públicos: “Evidentemente hay complicidad de las autoridades con Los Zetas en estos ilícitos, sólo así se explica que un migrante sea secuestrado en el sureste y se le retenga en una casa de seguridad en el norte, se cobren los rescates en casas de envío y nadie investigue”. Raúl Vera López, obispo de la Diócesis de Saltillo, señala que la expansión del secuestro de migrantes “es otra muestra de la ineficacia de la famosa lucha contra el narcotráfico de Felipe Calderón”. “Los Zetas están en todas partes y el secuestro de migrantes es hoy uno de sus principales negocios, y es también una de sus acciones más violentas. Va en aumento porque los funcionarios están involucrados hasta las manitas. Pasan enfrente de ellos y no los detienen, porque están en dos nóminas: la del gobierno que pagamos todos y en la del narcotráfico. La industria del secuestro es una clara evidencia del fracaso de Calderón en su guerra contra el narcotráfico y una confirmación de que el Estado mexicano es un Estado fallido”. Mojados, negocio pingüe La línea del tren carguero -trasiego de los indocumentados más desvalidos- registró en 2005 los primeros secuestros. Los denunciaron sacerdotes y activistas, pero ninguna autoridad asumió la responsabilidad en la investigación; por el contrario, cuando Alejandro Solalinde, coordinador de la Pastoral en la zona sur-pacífico y director del albergue Hermanos en el Camino, ubicado en Ixtepec, pidió que se indagara el paradero de un grupo de hondureños secuestrados, fue encarcelado en la prisión municipal. Insistente en denunciar el secuestro de migrantes, Solalinde es permanentemente acosado, incluso, en 2008, desde su oficina sede en Londres, Amnistía Internacional hizo un llamado al entonces secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño, para que garantizara su seguridad. Apenas en julio, Los Zetas irrumpieron en el albergue a su cargo para llevarse a los migrantes. El problema detonó en 2008. “La indiferencia de las autoridades y la cooptación de funcionarios públicos de todos niveles a las filas de Los Zetas hicieron del ilícito ocasional un agravio masivo y permanente. Esto tiene que ver con el poder de infiltración de Los Zetas, que de frontera a frontera tienen a sueldo a todo tipo de autoridades”, dice el sacerdote Pedro Pantoja Arreola, miembro del Foro Migraciones. Actualmente -estiman las ONG-, el 60 por ciento de los migrantes que cruzan el país son secuestrados. Sin duda un negocio millonario, considerando que, de acuerdo con el Banco Mundial, México es el mayor corredor migratorio del mundo. El rescate fluctúa entre los 1 mil y 5 mil dólares, que se pague no garantiza ni la vida ni la libertad de la víctima. Sin Fronteras, organización civil de defensa de migrantes, documenta que el secuestro suscita la trata de personas con fines de explotación sexual en prostíbulos y casas de masaje, en donde las mujeres son vendidas en 30 mil pesos; o laboral, en fábricas, obras de construcción y agrícolas, también controladas por la mafia. Por ello, Gabriel Pérez, de Sin Fronteras, define como “una actitud homicida” la omisión oficial. “Calderón ha sido displicente a ese negocio de Los Zetas, por su desprecio a la población centroamericana y para hacerle el juego sucio a Estados Unidos de frenar el flujo migratorio. De otra manera no se explica que en su guerra no intente frenar las ganancias que obtiene uno de los cárteles que se supone está combatiendo”, conjetura Solalinde. La Bestia, de las maras a Los Zetas La ruta del secuestro se traza con zeta. Antaño controlada por las temibles maras, la línea del ferrocarril, la Bestia, como le llaman los migrantes, es hoy territorio de “los de la letra”, azote de todo indocumentado que cruza México en pos del sueño americano. Desde que entra a Tenosique o al Suchiate, el migrante sabe que si se topa con el grupo que germinó la deserción del Ejército Mexicano, más le valdría estar muerto. Los 3 mil kilómetros de intrincados caminos sembrados de durmientes por donde la Bestia corre a 100 kilómetros por hora de la costa al desierto llevan a terruños donde, a cualquier hora día, en zonas rurales o urbanas, con o sin policía, son secuestrados hondureños, salvadoreños, guatemaltecos y nicaragüenses. “Los de ‘la letra’ están en todas partes”, susurra Wilmer Salazar, un ebanista hondureño que salió de su país el domingo del golpe de Estado, horas antes de que se cerraran las fronteras. “Se llevaron a un muchacho que en el camino me invitó café, pero yo me escondí”, le cuenta Javier Díaz a su esposa en una efímera llamada a San Salvador. “No fue suerte, fue cosa de Dios que permitió que no me vieran”, dice convencido. “En Tierra Blanca me tocó ver cómo sacaban a 23 de un vagón y se los llevaban. Era la una de la tarde y estábamos a unos metros de las patrullas de la migra”, cuenta Mauricio, un albañil de Cuxcatlán, El Salvador, mientras se ataja el sol del mediodía en una peña, entre sorbo y sorbo de su percudida garrafa. “Ver a Los Zetas es como si se te apareciera el diablo. Yo me les escapé, dice José, un campesino guatemalteco. Éramos 11 los que salimos de Chiquimula. En Tapachula agarramos el tren, paró en Tenosique; los garroteros nos bajaron y luego nos llegaron Los Zetas. Yo me rodé bajo una vereda y corrí al trecho de la selva. Alcancé a ver cómo los subían a las camionetas. ¡Sabrá Dios lo que fue de ellos! Pero todavía me falta camino, a ver si no me agarran porque la mera verdad no tengo quién responda. Quiera Dios que llegue a Nuevayor”. “Yo no me salvé. Los dos primeros días me tablearon y me aguanté, pero al tercero querían marcarme la cara con un fierro, como marcamos las bestias allá en el pueblo (Verapaz, Guatemala) y ai’ sí me doblé. Me lo acercaban a la cara: era una zeta humeante. Ya cuando sentí lo caliente casi quemándome el cuero de la cara di el teléfono de mi tía. La familia pidió prestados los 2 mil dólares y pagó el rescate. A los tres días cumplieron, me dejaron libre. Ahora tengo que seguir, para pagar lo que se debe”, cuenta Marcos Miranda, soldador. Si hay un punto del país para palpar el secuestro de migrantes es Saltillo, aquí converge la mayoría de las víctimas, ya sea porque los liberaron en Reynosa o Matamoros, o porque tras el cautiverio continúan escalando la frontera o porque en esta ciudad, sin un peso ni esperaza o aliento, se entregan a la migra para su repatriación. Los testimonios recogidos por Contralínea entre migrantes secuestrados dan cuenta de la estrategia del control a punta de terror que Los Zetas ejercen durante el cautiverio: tortura, violencia física, sexual y sobre todo sicológica, en un ambiente delirante. Indistintamente, todas las mujeres son violadas. Si es bonita, correrá peor suerte, como Elizabeth, una hondureña violada una vez al día por cada uno de sus 14 captores durante 15 días en una casa de seguridad en Reynosa. Así narra su cautiverio Marcos López, salvadoreño secuestrado el pasado 24 de diciembre en Coatzacoalcos: “Todos los días nos amenazaban, nos decían que nos iban a quemar o a cortar un brazo; afilaban un hacha delante de nosotros y nos la pasaban cerca de un brazo o de la pierna. También nos ponían pistolas. A todos nos daba mucho miedo, pero a pesar de eso, yo creí que no se atreverían a matarnos, hasta que un día pararon de su lugar a un muchacho y le dijeron que ya tenía más de dos meses ahí, que ni el gobierno mantenía a los pendejos como él y que si no pagaba no saldría vivo. “Luego uno de lo secuestradores se puso una bata para cocinar, afiló el cuchillo y les dijo a los otros que se lo detuvieran. Lo agarraron de los brazos y las piernas y le dio un machetazo en el brazo; lo corto de uno solo. Luego le cortó una pierna. El muchacho gritaba y lloraba mucho, igual que nosotros que vimos como lo hacían pedazos. Luego le cortó el otro brazo y la otra pierna, pero ya para entonces el muchacho se había muerto de dolor. Entonces fue cuando dio la orden de que trajeran una bolsa de basura y ahí echó los brazos y las piernas del muchacho. “El carnicero se paró y nos dijo que quién seguía, que eso le pasaba a quien no daba los teléfonos y que nos pasaría lo mismo a nosotros. Luego le cortó la cabeza. Vimos que pusieron el cuerpo en una bolsa de basura que echaron a un bote y le prendieron fuego. Ahí supe que eran de sangre fría y que harían lo que sea para que les diéramos los teléfonos. Después de que vimos eso, muchos migrantes dieron los teléfonos”. El modus operandi es igual al que empleaban las maras que hasta 2005 controlaron la ruta del ferrocarril, documentado por el Centro de Investigación y Análisis Criminológico de la Procuraduría General de Justicia (PGJ) de Chiapas, en los operativos ejecutados durante la administración de Pablo Salazar Mendiguchía. Se infiltran entre los migrantes como si fuesen también indocumentados. Vía celular, Nextel o radio, informan cuántos migrantes hay en cada vagón y en las vías. En el viaje identifican a quienes llevan dinero o tienen familiares en Estados Unidos, así evitan secuestrar balines. Llegada la hora, los infiltrados se suman al asalto. Aunque las maras no ejecutaban secuestros, un diagnóstico criminológico de la PGJ de Chiapas de 2004 advertía que en el mediano plazo los mareros serían reclutados por narcotraficantes como pasaderos o sicarios, equiparando al caso colombiano, donde el narcotraficante Pablo Escobar reclutaba a los jóvenes, con perfil similar a los integrantes de las maras, como mensajeros y asesinos. Ello ocurrió un año después, cuando en los operativos, la mayoría de los líderes fueron muertos o encarcelados. En la ruta de la Bestia, las maras hoy trabajan para Los Zetas, al igual que los maquinistas, garroteros, guardias y agentes migratorios. INM, complicidad Con base en los casos reportados por los albergues a la Red del Registro Nacional de Agresiones a Migrantes, en junio la CNDH emitió el Informe especial sobre los casos de secuestro en contra de migrantes. Consigna que en seis meses -entre septiembre de 2008 y febrero de 2009- se registraron 9 mil 758 secuestros, es decir, más de 1 mil 600 por mes. Aclara que “el secuestro de migrantes es una práctica de mayores dimensiones”. Los casos consignados, explica, es “una cifra mínima”, pues “existe una cifra negra superior”. En respuesta, la comisionada del INM, Cecilia Romero Castillo, oficializó que los migrantes tenían garantías para denunciar el secuestro. Pero hay dos factores que los inhiben: su situación migratoria y, principalmente, que en su cautiverio identificaron la participación de agentes migratorios. Alejandro Solalinde enfatiza: “Es una mentira que (el Instituto Nacional de) Migración garantice la integridad de los indocumentados que denuncien su secuestro. Ni siquiera ha hecho algo para prevenirlo, sólo los repatrían. Cada día recibimos reportes de más secuestrados y en todo este tiempo no conozco un solo caso que se haya investigado, ni una denuncia que haya prosperado, así que es falso que los migrantes tengan alguna garantía”. Fray Raúl Vera revela que “en Reynosa dos centroamericanas acudieron a Migración a denunciar que las tenían secuestradas en una casa de seguridad con otras 300 personas. Los agentes de Migración llamaron a los de la casa, y los mismos que las tenían secuestradas llegaron por ellas, les pagaron a los agentes para llevárselas y las asesinaron. ¡A ese grado han llegado esos policías!” Por cada uno de los poros, el indocumentado transpira miedo. Ni en los albergues se siente seguro. Éstos están infiltrados por la maña, que en el momento menos esperado los toma por asalto. Ya levantaron al padre Prisciliano Peraza, quien en Altar, Sonora, en su centro comunitario, da el último abrigo a los migrantes (mexicanos y centroamericanos) antes de que penetren a El Sásabe, el polvoriento infierno tapiado de cruces y umbral del desierto de Arizona. Ahora el migrante habla y se anda con recelo. Se pregunta si su camarada que le comparte el pan o aquel que le convida un trago de agua, o el otro que le recomienda al pollero trabaja para “la letra”. A medida que penetra la mafia crece su desamparo. En junio el obispo Felipe Arizmendi Esquivel cerró el albergue de Palenque, por los embates de “una red ligada al narcotráfico, en una posible coalición con Los Zetas”. “Estamos ante la muestra más clara del poder de Los Zetas, que se exhibe como la mafia más organizada y peligrosa, pero sobre todo vil, porque centra sus ganancias a costa de la gente que vive en la miseria. Agravia al eslabón más vulnerable de la población que son los migrantes”, dice Pantoja, un cura bragado a quien en abril se le reconoció su labor a favor de los migrantes con la medalla de derechos humanos Sergio Méndez Arceo. A las 10 de la noche, de todas las noches, en el albergue de Belén y en todos los albergues, los peregrinos del tren susurran oraciones encomendándose a todos los santos para que los vuelva invisibles a los ojos de los secuestradores. Nadie como el migrante sobrevive con el resuello de la muerte al oído. Amanece y duerme pensando en la última letra del abecedario, símbolo de la organización criminal que le hará pagar por el derecho de piso. ¡Malditos!, impreca el padre Pedro cada vez que escucha el relato de un nuevo migrante secuestrado. En el trance intenta darle ánimo: “Es más fuerte el hambre que el miedo”, reza la última recomendación que el caminante lee en el umbral de la puerta antes de salir de Belén y retomar la ruta de Los Zetas. Belén, el último refugio Saltillo, Coahuila. A 48 grados bajo el sol Yesenia exhibe un gélido semblante. Postrada en la silla de vinilo entrecruza los dedos de las manos sobre el vientre que cobija a la segunda hija que alumbrará en dos meses. Su mirada se extravía en el techo del salón mientras los oídos sordos se niegan a atender las recomendaciones que da Paola, trabajadora social de Belén, Posada del Migrante, a los indocumentados centroamericanos para que sepan defenderse de las violaciones a sus derechos humanos y, particularmente, qué hacer en una situación de secuestro. A la joven nicaragüense las advertencias le son indiferentes. La razón es lógica: en el último mes fue robada, defraudada, secuestrada y torturada por policías municipales y estatales, el pollero y Los Zetas, que del Suchiate al Río Bravo operan como una misma organización. Tantas vejaciones al hilo frustraron su peregrinar hacia Estados Unidos, y eso que estuvo cerca: llegó hasta Reynosa. Hoy sólo piensa en regresar a Managua y abrazar a su hija Jesica, el único anhelo desde el día en que la liberaron sus secuestradores, cuando sintió que le volvió la vida. Yesenia Solís y su esposo Luis García salieron de Managua un día de junio. Entraron a México vía Arriaga y allí mismo subieron al carguero de la empresa Chiapas-Mayab. Junto a ellos viajaba una mujer que se decía hondureña, les preguntó si alguien los esperaba en Estados Unidos, Luis denegó. Diecisiete horas después el ferrocarril arribó a la vieja estación de Medias Aguas, en el municipio de Sayula, Veracruz. En tanto abordaban al tren de Ferrosur, para avanzar hasta Coatzacoalcos, los 40 indocumentados permanecían junto a las vías, alertas a la eventual requisa de la custodia o las redadas de Migración. Aparecieron intempestivamente. Los 15 hombres traían cuernos de chivo. ¡Somos Los Zetas y esto es un secuestro! Luis escuchó que cortaban cartucho y se le ahogó el grito. Repasó mentalmente: en Managua se lo habían advertido, que se cuidara de Los Zetas, ‘que son los amos de México’. -¡Boca abajo todos y de aquí nadie se mueve! -¿Quiénes son polleros? –de los 40, ocho levantaron la mano. -¡Pues ahora trabajan para nosotros! A medida que los subían a las lujosas camionetas, los obligaban a desnudarse. Los llevaron a una bodega en Tenosique donde había una enorme planta de luz. Los separaron por nacionalidad. A Yesenia la metieron a un cuarto junto a otras 12 mujeres. Aquel, asegura Luis, era el mismísimo infierno: lamentos día y noche mezclados con lágrimas, sudor y vómito, a una temperatura de 42 grados centígrados. -¡Hoy te toca tu llamada!, cuando escuchaba estas palabras, el migrante sabía lo que sucedería. El Zeta lo colgaba de los pies para que otro le estrellara en los glúteos, piernas y espalda la tabla perforada con la inscripción de la organización. A la tableada le seguían golpes con tubos en todo el cuerpo, en la cabeza con la cacha de la pistola, la penetración anal con cepillo de dientes, la asfixia con una bolsa de plástico en la cabeza, las quemaduras de cigarro, cortaduras con navaja. Para las mujeres, la violación tumultuaria. En sus cinco días de secuestro, Luis y Yesenia vieron morir a más de uno. Los cuerpos destazados y quemados en tambos de lámina. Los mantenían en ropa interior alimentándolos con dos rebanadas de pan y un vaso de agua. Para defecar, los sacaban con la cabeza agachada y las manos en la nuca. A algunos los sometían drogados. Los 15 hombres operaban al mando de uno a quien llamaban comandante. El pago de los rescates se cobra en los Western Union de Reynosa, Matamoros y Laredo, base de la organización criminal. Al segundo día a Luis le llegó la hora. -Dame tu número o se quedan tú y tu mujer. -No tengo quién responda. Somos los primeros de la familia en salir. Si quieres te limpio, lavo, lo que quieras, pero no tengo quién pague. Entre los migrantes centroamericanos hay también categorías. Los nicaragüenses son identificados como “muertos de hambre”. La misma mujer que en Arriaga les preguntó si alguien los esperaba confirmó su versión, ella era parte de los secuestrados, así que éstos no insistieron, aunque Luis y Yesenia no se libraron de que los tablearan. Al quinto día trajeron más secuestrados, y como ya no cabían, sacaron a “los balines”. -Tienen tres para correr. Vamos a empezar a disparar. Y ya saben, si dicen algo de lo que vieron aquí, se mueren. ¡Ya se dieron cuenta que en México mandamos nosotros! Apenas abrieron la puerta se atropellaban unos con otros. Luis y Yesenia corrieron hasta donde les alcanzó el aliento. “No voltees, no los veas”, le susurraba Luis. De pronto se vieron descalzos, con los pies llagados y en ropa interior. La familia les mandó dinero para el coyote que les ofreció un viaje económico. Los abandonó en Reynosa. En Nuevo Laredo se emplearon con una mujer que 15 días después amenazó mandarlos detener cuando le exigieron su pago. Como era mamá de un comandante de la policía municipal, no dudaron en huir. Llegaron a Belén, para agarrar aliento antes de regresar a Nicaragua. Derivado del trasiego de migrantes secuestrados en el Sureste y liberados en el Norte, hace unos meses que Belén -fundado en 2003 por el sacerdote Pedro Pantoja- prácticamente se convirtió en refugio para víctimas de secuestro. “De cada 10 migrantes que llegan, seis fueron secuestrados”, señala Sandra Albicker Aguilera, coordinadora del centro. “Y todos llegan tableados, algunos incluso acuchillados”, dice Mariana Enríquez Barrera, administrativa del centro, quien explica que desde principios de año el secuestro de migrantes inhibió el flujo migratorio. Geografía del secuestro Las entidades por orden de incidencia de secuestros, según la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), son Tabasco, Veracruz, Tamaulipas, Puebla, Oaxaca, Sonora, Chiapas, Coahuila, San Luis Potosí, Estado de México, Guanajuato, Nuevo León y Tlaxcala. Los migrantes secuestrados ubican las casas de seguridad en Tenosique, Medias Aguas, Coatzacoalcos y Tierra Blanca en Veracruz; Piedras Negras y Saltillo en Coahuila; y Nuevo Laredo, Reynosa y Matamoros en Tamaulipas. Desde 2005, los 73 ejidos de Tenosique, sus 15 rancherías y 11 poblados fueron identificados por los migrantes como zonas de casas de seguridad en las que vivieron su cautiverio. El trecho fronterizo, entre la Selva Lacandona y el Petén guatemalteco, es bastión de Los Zetas, prácticamente desde los orígenes de la organización. En julio de 2006 se supo que el jefe de la plaza era Mateo Díaz López, el Zeta 10 o Comandante Mateo, uno de los Gafes (Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales) fundadores de la organización. Desde entonces, la Procuraduría General de la República reconoce a Tabasco como la segunda entidad con mayor presencia de Zetas, después de Tamaulipas. Los informes de inteligencia del gobierno de Estados Unidos, que hoy sirven de base para el histórico juicio que la Corte Federal del Distrito de Columbia sigue contra 19 líderes de Los Zetas, indican que, desde su origen, la organización se involucró en el tráfico de indocumentados directa o indirectamente a través de la venta de plazas o el cobro de derecho de piso a los polleros y traficantes. Entonces, ejecutaban secuestros sólo de comerciantes y empresarios.


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