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Los destinos turísticos casi desconocidos de geografía colombiana

Bogotá. Por Adalys Pilar Mireles*/PL | 6 de Junio de 2016 a las 10:57

Para mostrar destinos turísticos poco conocidos y sus potencialidades, la Ruta de la paz -concebida en forma de caravana- recorre parajes colombianos tan sorprendentes como los llanos orientales, donde compiten naturaleza y cultura.

Decidida a sortear los obstáculos de un largo itinerario por carreteras, caminos sin asfaltar y en su tramo final por el caudaloso río Meta, la comitiva llevó un mensaje esperanzador a comunidades apartadas de Casanare -uno de los departamentos de esa vasta región-, que buscan nuevos derroteros para reorientar su economía.

El primer asentamiento visitado por funcionarios y periodistas fue Tauramena, famoso por el arraigo de las tradiciones musicales y danzarias, y por el apego de su gente a las faenas ganaderas, animadas con viejos cantos de cabresteros (jinetes que guían a la manada).

Allí pequeños de cinco años de edad bailan con maestría el joropo, patrimonio de los llanos colombo-venezolanos.

Ataviados con vestidos de vivas tonalidades (ellas) y con el liquiliqui (ellos), regalan el mejor espectáculo de ese universo rural.

Gracias a la labor de los profesores de la Casa de Cultura, miles de niños de esa demarcación aprenden a tocar instrumentos como el arpa, las maracas, el bajo, la guitarra, teclados y percusión, además los aficionados al baile reciben lecciones sobre danza llanera y afrocolombiana, comentaron a Prensa Latina coordinadores de ese programa.

El puente sobre el río Cusiana, que al atardecer regala unas hermosas vistas de la zona circundante, añade atractivos a ese escenario, apenas un punto dentro de la inmensa sabana.

Justo en sus márgenes, los lugareños recuerdan todavía las arduas tareas para cruzar a salvo por ese punto millares de cabezas de ganado mayor, provenientes de los cercanos departamentos de Arauca y Meta.

En ese poblado fue descubierto el mayor pozo petrolero del país, casi agotado ya debido a su sobreexplotación

Fue un espejismo la producción de petróleo, tenemos que revitalizar sectores como la agricultura, la ganadería y ampliar el horizonte fomentando algunos hasta ahora escasamente aprovechados, entre ellos la llamada industria sin humo, manifestó el alcalde de Tauramena, Tony Ávila.

Aguazul, gran productor arrocero, resultó otro de los lugares apreciados durante el trayecto entre pastizales y sembradíos.

Desde su mirador natural, situado a más de 600 metros de altura sobre el nivel del mar, es posible admirar deslumbrantes panorámicas de la tierra casanareña.

No faltó en el recorrido Maní, bautizada como la capital de la bandola, y a donde arriban miles de melómanos cada año para presenciar el festival internacional dedicado a ese instrumento, venerado tanto en Colombia como en Venezuela.

Un peculiar monumento erigido en el centro de ese pueblo rinde homenaje a dicha práctica musical, defendida con orgullo por los jóvenes maniseños.

El amor por los envueltos, hayacas, el caldo de costilla, la carne de mamona (ternera), arepas y postres típicos como las bolitas de gofio, son asimismo rasgos distintivos de sus habitantes.

Navegar por el río Cravo Sur en tres embarcaciones hasta su encuentro con el Meta fue la aventura final del recorrido, no exenta de tropiezos, para arribar a Orocué, un pequeño caserío de labriegos y vaqueros que aspira a impulsar una ruta literaria.

Allí conservan aún recuerdos y anécdotas sobre el paso del escritor José Eustasio Rivera, autor de La Vorágine, por dicha localidad abrazada a su puerto fluvial.

Considerado un clásico de la literatura hispanoamericana, el texto describe la vida en el llano y en la selva amazónica.

Con la Ruta de la Paz queremos divulgar la riqueza de espacios casi desconocidos para desde ahora sentar las bases de su desarrollo turístico en la etapa de postconflicto, declaró la viceministra del sector, Sandra Howard.

Ese momento traerá infinitas oportunidades y nos permitirá dar a conocer al mundo de dónde venimos y lo que somos, así como las bondades de parajes a los que durante años no pudimos acceder debido al impacto de la guerra, insistió.

Mejorar la calidad de vida de los pueblerinos y atraer a viajeros colombianos y extranjeros que buscan una experiencia diferente hacia destinos no tradicionales, es la principal apuesta de esa cartera la cual emprendió una suerte de cruzada por el territorio nacional explorando opciones y perfilando la nueva estrategia.

El llanero, cuya idiosincrasia está basada en el concepto de libertad, del ya no hay límites, dice ser dueño de toda la sabana aunque no tenga un pedazo de terreno propio, mantiene su orgullo por trabajar de hato en hato, se la pasa montado en un caballo con sus aperos y costumbres, afirmó el historiador de Casanare, Héctor Plubio, en diálogo con Prensa Latina.

La soga, el cuchillo, vasijas hechas de cuernos de buey, suerte de alforjas llamadas aquí maleteros, acompañan a muchos de los residentes en esos lugares en sus travesías por llanuras inundables, en las cuales crecen en armonía venados, chigüiros, garzas blancas y escarlatas (coracoras).

En cada rincón del llano asoma el romance hombre-caballo, unidos para señorear las extensas fincas entre cánticos de ordeño y las historias sobre proezas de antaño.

*Corresponsal de Prensa Latina en Colombia


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