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Emiliano Zapata, el Caudillo del Sur, en el centenario de su muerte

Ciudad de México. Por Luis Manuel Arce Isaac */PL | 10 de Abril de 2019 a las 11:25

La Revolución agraria iniciada en 1910 por Emiliano Zapata, un campesino nacido en 1879 en Anenecuilco, Morelos, quien amaba la tierra y la cultivaba con sus propias manos, marca la tercera transformación social que vivió México hasta ahora, cuando comienza la cuarta.

 

Ese amor de labriego, heredado del padre, se despertó en él muy temprano, como se recoge en todos los escritos, semblanzas e investigaciones académicas sobre su vida y obra. La anécdota siguiente, no por repetida deja de impactar ni ser escuchada como si fuese la primera vez.

 

Siendo muy pequeño, con apenas nueve años de edad, Emiliano se sorprende un día al ver llorando a su padre, y le pregunta:

 

- Padre, ¿por qué llora?

 

- Porque nos quitan las tierras.

 

- ¿Quiénes?

 

- Los amos.

 

- ¿Y por qué no pelean contra ellos?

 

- Porque son poderosos.

 

- Pues cuando yo sea grande haré que las devuelvan.

 

Tal determinación marcó su vida desde ese mismo momento hasta su vil muerte ocurrida el 10 de abril de 1919 en la Hacienda Chinameca, en la emboscada tendida por el traidor Jesús M. Guajardo, donde fue acribillado a balazos por los fusiles de un millar de soldados.

 

En la génesis de esa rebeldía está, pero solamente como una simple referencia, un rufián que hizo su fortuna con el robo de tierras de los campesinos, el hacendado Manuel Mendoza Cortina, quien invadió las huertas y casas del barrio de Olaque donde estaba la finca de los Zapata.

 

La imagen de ese latifundista ladrón quedó grabada en su retina, y las tierras que usurpó tan miserablemente fueron de las primeras en ser devueltas a sus legítimos dueños en los primeros momentos del estallido de la revolución agraria.

 

Labriego por excelencia, Emiliano no era un campesino que se pudiera llamar pobre, ni él tampoco se calificaba así, aunque su capital personal nunca sobrepasó los tres mil pesos.

 

Pocos meses después de ser elegido por sus compañeros de brega en el campo para liderar grupos alzados en armas, hizo una suerte de declaración de fe al anunciar que no era jornalero ni pobre.

 

'Tengo mis tierras de labor y un establo, producto no de campañas políticas sino de largos años de honrado trabajo y que me producen lo suficiente para vivir con mi familia desahogadamente'.

 

Tampoco era rico, pues apenas logró tener 10 mulas con las que iba a los pueblos y ranchos a acarrear maíz, cal y ladrillos, y a comerciar sus productos.

 

'Uno de los días más felices de mi vida fue aquel en que la cosecha de sandía que obtuve con mi personal esfuerzo me produjo alrededor de quinientos o seiscientos pesos', contó en más de una ocasión a sus soldados y oficiales.

 

Sabía leer y escribir, y no era analfabeto como alguna literatura perversa lo dibuja de forma maliciosa para disminuir sus valores y hazañas, y desvirtuar el profundo contenido de su famoso y defendido Plan de Ayala que marcó en el plano de las ideas y los conceptos la tercera transformación de la vida social mexicana.

 

Las otras dos fueron la Reforma con la guerra de los tres años (1858-1860) y la primera de ellas la independencia de España tras el Grito de Dolores en 1810 del cura Hidalgo.

 

Fue un líder natural desde muy joven por la admiración que los rancheros sentían hacia él y en especial los campesinos más apegados a la tierra y a la ganadería lo veían como un ejemplo a imitar.

 

El físico lo ayudaba a crear empatías de manera muy espontánea por su estampa de charro, delgado, espigado y extraordinario jinete de sus caballos pura raza a los que cuidaba con devoción especial.

 

Pero lo más importante, jamás perdió su sencillez, ni dejó de hablar náhuatl a pesar de usar más el español, y fue por antonomasia el líder indiscutido del campesinado del sur, querido y respetado.

 

Fue por esas virtudes que en 1909 fue elegido presidente de la junta de defensa de las tierras de Anenecuilco, lo cual le sirvió de impulso para iniciar una agitada vida política en la que se destacó en reuniones como la de Villa de Ayala donde comentó el Plan de San Luis, y el 10 de marzo de 1911, también desde Villa de Ayala, se lanzó a la lucha revolucionaria junto con otros 72 campesinos.

 

Allí lanzó su consigna inmortal, 'tierra y libertad', considerada la más famosa de sus frases.

 

Aunque tiene otras muchas que son antológicas y que no han perdido su vigencia, como 'La tierra es de quien la trabaja', 'Quiero morir siendo esclavo de los principios, no de los hombres', 'El que quiera ser águila, que vuele, el que quiera ser gusano, que se arrastre, pero que no grite cuando lo pisen', 'Si no hay justicia para el pueblo, que no haya paz para el gobierno'. 'No queremos ni la paz de los esclavos ni la paz de la tumba'.

 

Se puede decir que en esas afirmaciones está la esencia de su pensamiento político y el contenido más revolucionario y patriótico del Plan de Ayala que sirvió de base a la Revolución Mexicana, la cual llegaba a su apogeo con la proclamación de Francisco I.

 

Madero presidente en el combate contra Porfirio Díaz. Zapata apoyó a Madero, y en 1911 sus tropas sitiaron la ciudad de Cuautla y cerraron el camino hacia la capital.

 

Una semana más tarde, Porfirio Díaz huyó del país y designó a un presidente sustituto. Mientras tanto, Emiliano Zapata y un ejército de cinco mil hombres tomaron la ciudad de Cuernavaca, Morelos. Madero fue electo presidente en 1911 y se reunió de nuevo con Zapata, sin lograr este último que aplicara una reforma agraria integral y lamentablemente se produjo un desencuentro fatal.

 

Zapata preparó el Plan de Ayala, el cual declaraba a Madero incapaz de cumplir con los objetivos de la Revolución.

 

Los signatarios del plan renovaron las consignas revolucionarias y prometieron designar a un presidente provisional hasta que hubiese elecciones, además se fijaron la meta de recuperar las tierras ejidales y repartirlas entre las comunidades.

 

En el transcurso de sus campañas, Zapata distribuyó las tierras tomadas de las haciendas, y los campesinos tenían que trabajarlas con rifles en sus espaldas como se constata en fotografías de la época pues acudían a pelear desde los campos cuando eran llamados y regresaban a sus sembrados al final de la batalla.

 

Cuando Victoriano Huerta asesinó a Madero en 1913, Zapata y sus hombres arribaron a la Ciudad de México y rehusaron unirse a su gobierno, lo cual provocó que el nuevo mandatario no pudiese enviar todas sus tropas al norte a combatir a Venustiano Carranza y el Ejército Constitucionalista, por lo que un año después de haber asumido el poder Huerta, acorralado por sus oponentes, abandonó el país.

 

Al caer Huerta, Zapata invitó a los Constitucionalistas a aceptar su Plan de Ayala y les advirtió que continuaría peleando por su cuenta hasta que el plan se cumpliera.

 

Pancho Villa y Emiliano Zapata acudieron al llamado de Carranza para reunir a todos los líderes revolucionarios, con la condición que la asamblea se realizara en Aguascalientes y no en la Ciudad de México. En dicha asamblea, los villistas y zapatistas eligieron al general Eulalio Gutiérrez como presidente provisional, decisión que los carrancistas rechazaron, lo cual desató una guerra entre las dos partes.

 

Para entonces ya Zapata capitaneaba el Ejército de Liberación del Sur de 25 mil hombres que ocuparon Ciudad de México. Pancho Villa aceptó el Plan de Ayala y decidió unir fuerzas con Zapata hasta que hubiera un presidente civil en el Palacio de Gobierno.

 

Mientras la guerra continuaba, Zapata ejecutaba el Plan de Ayala e implementaba la reforma agraria. Ocupó la ciudad de Puebla y ganó varias batallas, apoyado por soldados profesionales que se habían unido a su causa. Sin embargo, en 1917 Carranza derrotó a Pancho Villa y Zapata se vio aislado.

 

Carranza convocó a una asamblea constituyente, en la cual se aprobó la nueva Carta Magna y lo designó como presidente, pero no invitó a Zapata, lo cual acrecentó las tensiones con el Caudillo del Sur. En abril de 1919 comenzó a fraguarse la traición para asesinarlo.

 

El coronel Jesús Guajardo fue enviado por el gobierno carrancista a infiltrarse en las filas de Zapata. El traidor organizó una reunión 'secreta' con éste en la Hacienda Chinameca en Morelos, haciéndole creer que quería unirse a los agraristas. La traición fue alevosa, y es recogida así por historiadores mexicanos:

 

El parte de Salvador Reyes Avilés, secretario particular mayor del Caudillo del Sur, la explica en estos términos: Se había acordado una reunión entre Zapata y el coronel Jesús M. Guajardo con el fin de pasarse éste a las filas del Ejército del Sur.

 

La guardia parecía preparada a hacerle los honores. El clarín tocó tres veces llamada de honor y al apagarse la última nota, al llegar Zapata al dintel de la puerta, montado en un caballo alazán que un día anterior le había regalado Guajardo, de la forma más alevosa y cobarde a quemarropa los soldados descargaron dos veces sus fusiles.

 

Zapata cayó para no levantarse más. Los soldados del traidor Jesús M. Guajardo, desde las alturas, cerca de mil, descargaban sus fusiles sobre Zapata y su escolta de diez hombres. Pero la felonía no terminó allí. Pedro Ángel Palou describe lo más despreciable e inhumano:

 

'Tres días con sus noches el cadáver de Emiliano Zapata descansa sin sosiego, a la intemperie. El cuerpo se descompone, abotaga, se hincha. La boca parece cubrirle toda la cara: una inmensa costra la cubre, llena de moscas, zumban, chupan sangre. Pero la sangre ya también es una masa purulenta, un negro charco agrietado como la tierra.

 

'Muy quedo primero y luego a gritos, dice refiriéndose a sus soldados, a gritos que nadie oye, aúllan feroces: ÂíZapata no ha muerto! ÂíZapata vive!'.

 

El presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador declaró 2019 como el Año del Caudillo del Sur, Emiliano Zapata, al conmemorarse el primer centenario de esa muerte alevosa del prócer de la Revolución Mexicana.

 

Pero no es una mención retórica, simulada, sólo para encabezar con ese título los papeles oficiales del Estado hasta el 31 de diciembre próximo.

 

Es un compromiso, como ha dicho López Obrador, concretar lo que entonces él no pudo: dar la tierra a quien la trabaja y ser esclavo de los principios en la construcción de una IV Transformación de México que tiene sus más firmes raíces en la III protagonizada por la Revolución mexicana encabezada por el Caudillo del Sur.

 

*Corresponsal de Prensa Latina en México.


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