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Preocupación en Uruguay por panorama de 2009

Montevideo. Agencia PL. | 4 de Enero de 2009 a las 00:00
La inminencia de las elecciones o la interrupción por tiempo indefinido del torneo élite del fútbol local no desvelan tanto a los uruguayos como los eventuales coletazos de la crisis económica y financiera global. Aunque según el gobierno y organismos internacionales la economía nacional no entrará en recesión, sino en una mesurada desaceleración, el ciudadano medio anda con una mano sobre el bolsillo y con la otra a modo de visera para escrutar el brumoso horizonte de lo inmediato. Los de fin de año fueron quizás los últimos actos dispendiosos que se permitirán los uruguayos en un buen rato, pues si bien las compras de Navidad no desmerecieron a las de otros años, muchos le pasaron a las billeteras la cremallera de la cautela. La prevención se justifica en un país cuya economía depende en gran medida de las exportaciones y del turismo. De modo especial el equipo económico del presidente Tabaré Vázquez vigila la evolución de los acontecimientos en Brasil y Argentina, sus principales emisores de turistas y compradores de bienes y servicios. No por gusto aquí se dice que apenas esos países se resfrían, Uruguay estornuda. Para peor, la crisis en lontananza coincide con una severa sequía que está matando de sed al ganado y desecando las ubres de las vacas. En la pequeña nación suramericana, carne y leche son variables de una misma fórmula hacia la bonanza o la ruina. De hecho, si en el 2008 las exportaciones crecieron 31,3 por ciento fue a cuenta de lo logrado hasta septiembre: en el último trimestre declinaron sensiblemente debido al cierre de algunos mercados, la baja de los precios internacionales y la pérdida de competitividad en destinos estratégicos. En un intento por curarse en salud, el gobierno activó el 1 de enero un paquete de medidas anticrisis entre las que se cuenta el recorte de impuestos a inversores y exportadores, así como a las industrias automotriz, electrónica y naval. También, conceder créditos blandos al sector lácteo y a las pequeñas y micro empresas. En el 2008 la economía uruguaya completó un lustro de crecimiento, y lo hizo a un ritmo que tal pareciera propio de uno de los “dragones asiáticos” (siete por ciento como promedio), pero hacia el 2009 atemperó las expectativas a un modesto 2,5 por ciento. El sector empresarial y no pocos expertos, empero, consideran esa cota demasiado alta y auguran un aumento del Producto Interno Bruto (PIB) más cercano al cero, cuando no por debajo. En respuesta a una encuestadora, más de la mitad de las empresas consultadas declaró sentirse afectada en los últimos tres meses por la crisis, bien por la cancelación o demora de pedidos, mayores costos para lograr financiamiento o por la renegociación de precios. A causa de ello, el 27 por ciento de esas entidades señaló que este año tiene previsto reducir su personal, una perspectiva preocupante para decenas de miles de personas que en cualquier momento podrían perder sus medios de subsistencia. Poco antes el gobierno había reconocido que en el 2009 será muy difícil mantener el índice de desempleo registrado en octubre del 2008, el más bajo en los últimos tres lustros (siete por ciento). Otro fantasma que planea sobre la geografía social uruguaya es la inflación, pues según expertos este año rebasará el rango del 3,7 por ciento previsto por el gobierno. Desde afuera, varias instituciones adelantaron que la economía de la nación suramericana se expandirá algo más que las de sus vecinos del hemisferio. El banco estadounidense JP Morgan le auguró al PIB uruguayo un aumento del tres por ciento, mientras el español BBVA le subió la barra al 4,8. Por su parte, la Comisión Económica para América Latina le proyectó un crecimiento del cuatro por ciento, solo por detrás de los de Panamá y Perú. Ritmos de crecimiento nada rutilantes, pero que consideradas las circunstancias, tampoco son para comerse las uñas. Por si o por no, los uruguayos siguen ahí, más atentos a la evolución de la crisis que a las elecciones o al fútbol, y con una mano sobre el bolsillo y la otra sobre las cejas.

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