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Intenso calor obliga a uruguayos bañarse en el Plata

Montevideo. Agencia PL. | 18 de Enero de 2009 a las 00:00
Agobiados por temperaturas cercanas a los 40 grados, unos 300 mil montevideanos recalan cada fin de semana en las 21 playas que bordean la capital uruguaya para ahogar en las aguas o sepultar bajo la arena sus sofocos cotidianos, sean climáticos o personales. En Montevideo viven poco más de 1,3 millones de personas, así que se puede decir que sábados y domingo una de cada cuatro cruza la rambla que separa a la ciudad del Río de la Plata, se despoja a toda prisa de su ropa veraniega y ¡venga calor! Se dice río, pero cercano a su desembocadura, éste es más bien un mar que le entra al país por la garganta de su capital: ni desde los edificios más altos puede divisarse el lado argentino, y la única señal de vida en el horizonte son unos barcos de gran porte. Dígase río, sí, pero al paladar las aguas son tan saladas como los del océano, y las arenas, casi tan finas como las de las playas caribeñas. De color, si acaso un poco más amarillentas, como marfil molido con esmero. También con esmero los montevideanos cuidan sus playas. Siempre hay un inconsciente que deja una botella de plástico o cualquier otra cosa allí donde acampó, pero de madrugada, brigadas de la Municipalidad las dejan tan limpias como cuando la civilización aún no las había hollado. O mejor, porque también antes del amanecer pasan máquinas que rastrillan las arenas y las dejan tan bien “peinadas” que casi da lástima estropearles la obra caminando sobre ellas. Los leves y uniformes surcos, empero, duran poco: decenas de impacientes bañistas alborean sobre las dunas primero que el sol y cualquiera diría que vinieron a terminar el desayuno junto a las aguas, aún frías por el madrugonazo. La calidad de las aguas es también permanente objeto de atención. A lo largo del año el Laboratorio de Calidad Ambiental de la Intendencia Municipal les hace estudios microbiológicos, un cuidado que se extrema en cuanto despunta el verano. En tiempos de canícula los tecnicismos sofocan, pero vale decir que tal gestión le ganó a muchas de estas playas la Certificación ISO 14001, algo así como plantarles un cartel con la inscripción “Báñese en ellas sin preocupaciones, que cumplen todos los estándares internacionales”. La capital cubre unos 530 kilómetros cuadrados, pero por estos días se convierte en una cinta de 70 kilómetros lineales marcados por sus costas. Porque por esta época quien no se sumerge en el Río de la Plata, se cocina a fuego lento en la orilla, hace castillos o esculturas de arena, practica un deporte -casi siempre fútbol, claro- o charla con los amigos mientras se ejercita en el otro pasatiempo nacional, cebar y tomar mate. La relación de “ocupaciones costeras” no termina ahí: otros pescan o lo intentan, bucean, hacen yoga, aerobios o tai chi, sacan al perrito a humedecer la rambla, critican las adiposidades de los de su mismo sexo y admiran las líneas del opuesto... En fin, que aquí hay de todo y todos caben: las 21 playas de Montevideo tienen 13 kilómetros de largo y una duna tan ancha como democrática. El río más ancho del mundo -222 kilómetros entre los cabos Santa María, en Uruguay, y San Antonio, en Argentina- es una “muesca” triangular en la costa atlántica de América del Sur. Dicen que los españoles lo llamaron así porque a través de él sacaban hacia Europa la plata de los bolivianos yacimientos del Potosí, pero la mayoría de los montevideanos sostiene que debe su nombre a los reflejos argentados que le imprime la luna cuando se derrama sobre sus aguas. Y sí, ¿quien quita que allá por 1516, cuando Juan de Solís lo descubrió, el Río de la Plata se daba un baño de luna?.

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