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Pobre del cantor Facundo y del país del Quetzal

Ciudad Guatemala. Por Maggie Marín, Adital. | 13 de Julio de 2011 a las 00:00
La violencia sin nombre que aqueja a Guatemala tiene desde el sábado 7 de julio un apelativo, el de Facundo Cabral, el gran trovador, escritor, poeta y cantautor argentino asesinado brutalmente por sicarios de una mafia que aún se desconoce exactamente cuál es de las tantas allí existentes, y cuya desaparición física nos deja huérfanos de una de las voces más auténticas de la llamada canción protesta y testimonial, despojados de uno de los artistas latinoamericanos más comprometidos con las causas justas. Cabral era un hombre carismático, sereno, pero sobre todo un amante del amor, de la vida y de la paz. De modo que cuando fue escogido por la Unesco como su embajador de buena voluntad no se hizo más que un acto de justicia. Sin embargo a nadie importa ahora que los balazos que lo impactaron no fueran dirigidos precisamente a él sino al empresario artístico que lo contrató para actuar en el país del quetzal y en Nicaragua, y al que no pocas fuentes califican de auténtico mafioso en su especialidad. Importa, eso sí, que sus asesinos sean atrapados, y sobre todo que los verdaderos verdugos, zares del cártel que sea, sientan el peso de la justicia. Lo anterior es, sin embargo, casi una quimera en Guatemala, donde el 98 por ciento de los delitos quedan impunes. Porque Guatemala es, al decir de muchos, el ejemplo más gráfico del trágico rastro de corrupción, violencia y muerte que deja a su paso la droga proveniente de Sudamérica, y manejada con crueldad, salvajismo extremo y a su capricho por los cárteles mexicanos, en su ineluctable tránsito hacia los consumidores estadounidenses. Un reciente informe de la Procuraduría de Derechos Humanos de esa nación dio cuenta de que solo en los cinco primeros meses de este año la violencia se cobró la vida de 2 mil 495 personas. Mayo, con 547 muertos, fue el mes más trágico. Guatemala está históricamente marcada por la violencia. Recordemos su atávica injusticia y su ancestral pobreza extrema, el golpe de Estado que en 1954 terminó con el gobierno progresista de Jacobo Arbenz, la sarta de dictaduras militares que ha sufrido, la guerra de 36 años comandada por organizaciones guerrilleras en busca de hacer prevalecer la justicia económica y social, y el genocidio de que fue víctima por ello, el más sanguinario de toda Latinoamérica, que dejó 250 mil muertos y 500 mil desaparecidos. Francisco Dall'Anese, jefe de la Comisión Internacional contra el Crimen Organizado en Guatemala (CICIG), dice al respecto: "Este país tiene un altísimo riesgo de convertirse en un narcoestado. El crimen organizado ha venido ocupando los espacios que el Estado pierde. Así, los criminales brindan a la población servicios como escuelas, asistencia médica... obteniendo una especie de legitimidad en una población secularmente abandonada". Por demás, vale anotar que la pandemia es más extensa, porque junto a Guatemala, también Honduras y El Salvador figuran a la cabeza del inventario de los países más violentos del planeta. Añade al respecto Dall'Anese, un acreditado experto en el tema, que si bien la de Guatemala es sin duda la situación más grave, existen analogías con países vecinos como Honduras. "Una de las mayores debilidades –afirma-- es que los Gobiernos no disponen de recursos económicos suficientes para hacer frente a la agresión del crimen. Con la excusa de la corrupción política, el poder económico se niega a pagar más impuestos". Ello explica que con un 12 por ciento de presión fiscal, Guatemala tenga la tasa impositiva más baja de todo el continente americano, y de ahí viene precisamente la citada cifra de impunidad y el hecho cierto de que las formaciones criminales estén mejor pertrechadas que la policía o el Ejército, y que la frontera con México sea poco menos que una entelequia que solo existe en los mapas. La tasa de asesinatos es en América Central, pues, de 33 por cada 100 mil habitantes, una de las más altas del mundo. Así las cosas, datos del Banco Mundial certifican que en los países de la región se produjeron entre 2003 y 2008 casi 80 mil muertes violentas, que allí circulan unos cinco millones de armas de fuego (ilegales en su mayoría), y la lucha contra la criminalidad consume 6 mil 500 millones de dólares, el 8 por ciento del PIB regional, en una de las zonas más pobres del hemisferio. Región, por cierto, donde recala cerca del 90 por ciento de la cocaína que llega a Estados Unidos. Y eso, ya lo sabemos, tiene un altísimo costo social. Se calcula que se necesitan no menos de mil millones de dólares para echar a andar un llamado plan de saneamiento de la justicia y de renovación moral y material de las estructuras policiales, cuando ya es vox populi que los cuerpos de seguridad del Estado están infiltrados y acostumbrados al soborno, y que jueces y fiscales son también pasto de la corrupción y el cohecho. Cantante, por sobre todas las cosas, de la esperanza, el optimismo y de la vida, es claro que el Facu no se merecía morir de muerte tan artera y brutal. Menos cuando sabemos que se trataba de un hombre de 74 años, con un cáncer de páncreas y casi ciego. ¿Estaba en el momento y el lugar equivocado? Tal vez no. Quizá fue elegido por Dios o por el destino para llamar poderosamente la atención del mundo sobre una nación y una comarca que merecen un futuro diferente al que le está deparando esa violencia afincada en la desigualdad social y económica, en la pobreza, el narcotráfico, la trata de personas, el tráfago de órganos, la prostitución, y las mafias delincuenciales de todo tipo. En fin, una suerte de Siete Plagas que escogieron en esta época no a Egipto, sino en especial a la pequeña y sufrida nación centroamericana. Maggie Marín es periodista de la revista centenaria cubana Bohemia

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