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Un relato desde Nicaragua

Managua. Por Martha Sánchez Martínez, PL. | 19 de Septiembre de 2011 a las 00:00
Ángela tenía el cuerpo casi cubierto de escaras hasta que las futuras doctoras Marelín Hernández y Gisela Obregón, la encontraron en un sitio próximo a la municipalidad de Waspam, en el Caribe nicaragüense. Día a día, los integrantes de la brigada médica Todos con Voz, compuesta por galenos de Cuba y Nicaragua, así como por estudiantes nativos formados en la isla caribeña, descubren casos como este en los barrios más pobres del país, donde los servicios sanitarios son prácticamente inaccesibles. En la punta de una montañita vive aquella señora, apartada del mundo, en una humilde casa de tejas, relata Marelín mientras camina junto a Gisela y Justo Pastor Roa, del Movimiento de Médicos Sandinistas, en busca de la dirección de un discapacitado para actualizar el estado del paciente. El presente estudio constituye una actualización del que hace casi dos años hizo una brigada médica cubana, pero en cada lugar muchas otras personas aprovechan la oportunidad de que los médicos también las examinen. Así, de casualidad, Marelín y Gisela, las estudiantes de último año de la carrera de Medicina, hallaron a Ángela sobre su cama, con la piel corrupta, como si el mañana de la carne hubiese tomado la delantera a la parca. Tenía una fractura de cadera, el cuerpo todo cubierto de escaras y estaba prácticamente putrefacta, describe Obregón, joven nicaragüense que estudió dos años en la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM) en Cuba, hasta que aceptó la petición de su gobierno de terminar la carrera en la Patria. Los años de estudio los rememora con una sonrisa pícara, propia de sus 25 años, sin embargo, cuando regresó a Nicaragua para cumplir con la noble demanda del ejecutivo nicaragüense, recuerda casos como el de Ángela que la impactó como profesional y ser humano. Esta señora nunca había recibido atención médica, vivía donde mismo nació, en una zona muy pobre de la Región Autónoma del Atlántico Norte, y en la casa una hija le daba de comer sobre la cama, sin los cuidados higiénicos adecuados, refirió. Aún sobrecogida, Hernández explica que las hijas intentaban darle el mejor trato a la madre, pero vivían en pobreza tan extrema que habitaban en un solo cuarto la señora mayor y tres más. Durante las prácticas en el hospital Calixto García de La Habana, jamás topó con un paciente cuya carne estuviera descomponiéndose en vida, y asumir la proposición de graduarse en su país, al igual que a su colega de estudios, le ha hecho ver el entorno patrio con otros ojos, tal vez madurez. La miseria en la que vivía Ángela la llevaron a negar la propuesta de las jóvenes residentes de ser trasladada a un hospital con urgencia, pero el fundamento de quienes podían ser sus nietas, y con seguridad, el respeto y la dulzura que ellas destinan a cada paciente, venció. Mientras exclamaba: no yo me quedo aquí, yo me muero aquí, a Marelín y a Gisela se les hacía un nudo en la garganta; mas, cuando lograron convencerla y la subieron en camilla a una ambulancia sintieron que con su oficio podían cambiar el mundo de nicaragüense de bajos ingresos. Ese es el objetivo del programa Todos con Voz, actualizar los datos de los enfermos, volver a diagnosticar los casos necesarios, entregar medicinas de manera gratuita a quienes la precisen, remitir a los puestos médicos y hospitales los casos graves, asistir gratis a cualquier ser humano. Tras visitar más de una docena casas en Villa Venezuela, en la periferia de Managua, Marelín y Gisela, continúan estudiando el registro de direcciones de los próximos pacientes que deben examinar. Al final de la jornada un reporte del hospital les suministra el impulso para continuar la faena al día siguiente: "Ángela va bien", las jóvenes se miran con entusiasmo y siguen a pie rumbo a una nueva vivienda.

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