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Perdóneme, María

San José. Por Deibem Gómez (*), La Nación. | 29 de Diciembre de 2011 a las 00:00

Mamá siempre nos enseñó que la señora que le ayudaba en casa a realizar las labores domésticas tenía que ser respetada como cualquier otro miembro de la familia. No solo se le trataba bien, sino de manera educada.

Doña María Malespín se sentaba en la misma mesa y en el mismo momento en que la familia almorzaba o cenaba, mamá le servía el café al mismo tiempo que a nosotros. Si había pan, pan comía; si era repostería fina, eso comía. En las fiestas, graduaciones, cumpleaños, doña María estaba más que invitada. A veces mamá le tenía que recordar que no estaba en horario de trabajo pues ella siempre quería servir. En Navidad nunca faltó algún regalo debajo del árbol con su nombre, que debía esperar a ser abierto hasta que ella regresara de sus vacaciones de fin de año.

Burlas y chota

Sin embargo, la burla, la chota y los chistes groseros en contra de su cultura y de ella misma nunca faltaron, tanto en casa como en la pulpería, la panadería o el bus. Nunca entendía cómo esta señora insistía en volver cada vez que podía a un país tan feo y abandonado como Nicaragua, un país agobiado por la pobreza, violencia y corrupción. "Mejor no viaje este fin de año, doña María, no hay nada como San José en Navidad. Mejor gaste su aguinaldo en una playita o visitando el lago Arenal o el volcán, mire que eso no se ve en todo lado y nosotros lo tenemos aquí mismo".

Perdón, doña María; después de cuarenta años y contra todo buen pronóstico visité por primera vez su tierra. Confieso que una combinación de miedo y pesimismo eran dos de los compañeros inseparables de este viaje.

Cuando llegué a Peñas Blancas, me sorprendió que el gallinero donde se encuentran las oficinas de migración estuviera de lado tico, la incomodidad, falta de servicios sanitarios y fetidez eran de este lado; la frontera abrió tarde porque la buseta que traía a los funcionarios estaba retrasada.

Luego de una larga fila que me recordaba que aún estaba en mi país, pasé al lado nicaragüense. Sorpresa: zonas amplias, restaurantes y al menos seis tiendas de Duty Free que no le tienen que envidiar nada a las de nuestro aeropuerto del Coco. Lo mejor de todo: se puede pagar en dólares, córdobas o en colones, sin necesidad del pasaporte, con solo la cédula, y se puede comprar al entrar y al salir.

Calles y carreteras en perfecto estado, y un paisaje único con un lago natural hermoso vigilado por un volcán en forma de cono perfecto te dicen "bienvenido a Nicaragua". Ciudades cuya riqueza cultural te hacen abrir la boca durante todo el recorrido; una Granada de calles empedradas y casitas de cueto que te endulza y te enamora; una Managua tan moderna como San José pero sin huecos; playas que te quitan el aliento; un León que te transporta a la época colonial con casonas de adobe con techos altos y patios internos perfectamente conservadas, con 16 iglesias todas al alcance de la vista desde el tejado de la catedral más grande de Centroamérica, donde se encuentra enterrado Rubén Darío.

La comida, exquisita; era como si en cada restaurante que visitaba doña María fuese la cocinera; lo mejor de todo es que el plato principal más caro en uno de los mejores restaurante de León, llamado Cactus, no pasó de los 150 córdobas, es decir menos de ¢3.000. La cerveza servida en un bar o restaurante ronda los 23 córdobas, ¢500, la música en vivo no se cobra, va incluida con el buen servicio e inmejorable atención.

La gente no sabe de Calero ni les importa, viven el día a día, esperando que mañana sea igual o mejor que hoy. El buen trato incluso de los taxistas fue la tónica durante el viaje; extrañamente les encantan los ticos y no dejan de alabar a nuestro país.

Riqueza natural

Definitivamente, Nicaragua no es Costa Rica. Nosotros tenemos el volcán Poás, ellos tienen 25, entre ellos el Momotombo que sale con frecuencia en los versos de Rubén Darío. Nosotros tenemos el lago Arenal, ellos, el lago Cocibolca con una extensión de 8.624 km² y que se compone de más de 400 isletas, tres islas y dos volcanes.

Pero eso sí, nosotros tenemos récords mundiales en cantidad y tamaño de huecos; ellos no. Somos líderes en tramitología, corrupción y huelgas; vemos a los nicaragüenses como los invasores de nuestro país y los culpables de todos nuestros males, hasta de la quiebra de la Caja, y ellos no nos ven así. Nosotros pagamos por una cenita familiar en un restaurante normal cincuenta mil colones, ellos no. Claro que tenemos cosas muy buenas, el problema es cómo mantenerlas y cómo mejorar las que no lo son; "si la patria es pequeña, uno grande la sueña" decía Darío. Definitivamente, Nicaragua no se parece en nada a lo que nos han descrito desde niños; el potencial que tiene ese país, a pesar de su historia a veces muy ingrata con un pueblo tan grato, es incalculable.

Ahora entiendo por qué doña María, para estas fechas, insistía en volver a su país. Ahora entiendo su mirada nostálgica y tristona; me imagino que los días se le hacían eternos esperando volver a su patria, así como yo cuento los meses para mis próximas vacaciones que serán nuevamente en Nicaragua.

Perdóneme, María, dondequiera que se encuentre.

(*) Psicólogo, Profesor del Ministerio de Educación Pública (MEP) de Costa Rica. [email protected]

 


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