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¿Qué pasa en Afganistán?

Washington. Por Tte. Cnel. Daniel L. Davies, RLP/ArmedForcesJournal.com | 8 de Febrero de 2012 a las 00:00

Pasé el último año de visita en Afganistán, hablando con la tropa y sus socios afganos. Mis deberes con la Fuerza de Equipamiento Rápido del Ejército me llevaron a todas aquellas zonas de importancia en las que nuestros soldados combatieron con el enemigo. Durante el transcurso de 12 meses cubrí más de 9 mil millas y conversé, viajé y patrullé con la tropa en Kandahar, Kunar, Ghazni, Khost, Paktika, Kunduz, Balkh, Nangarhar y otras provincias.

Lo que ví no se parecía en lo más mínimo con las declaraciones oficiales color de rosa sobre las condiciones en el terreno de parte de los jefes militares de los EE.UU.

Al comenzar esta movilización, sinceramente esperaba descubrir que lo que se proclamaba era cierto: que las condiciones en Afganistán estaban mejorando, que el gobierno y el ejército locales estaban haciendo progresos en cuanto a su autosuficiencia. No pretendía ver mejoras dramáticas para convencerme, sólo esperaba ver evidencias de tendencias positivas, ver compañías o batallones producir progresos mínimos pero sostenibles.

En lugar de ello, presencié la ausencia de éxito en prácticamente todos los niveles.

Mi llegada al país a fines de 2010 marcó el inicio de mi cuarta movilización combativa, y mi segunda en Afganistán. Como oficial regular del Ejército en la Caballería Blindada, serví en la Operación Tormenta del Desierto, en Afganistán en 2005-06 y en Irak, en 2008-09. A mitad de mi carrera, pasé 8 años en la Reserva del Ejército de los Estados Unidos y tuve una serie de trabajos civiles, entre ellos el de corresponsal legislativo para asuntos de defensa y política exterior del senador republicano de Texas, Kay Bailey Hutchison.

Como representante de la Fuerza de Equipamiento Rápido, me dispuse a hablar a nuestros soldados sobre su situación y necesidades. En el camino, conduje patrullas de combate motorizadas y a pie, pasando tiempo con soldados regulares y de las Fuerzas Especiales. Entrevisté o tuve conversaciones con más de 250 soldados en el terreno, desde soldados rasos de 19 años a comandantes de división y miembros de Estados Mayores a cada nivel. Hablé largamente con oficiales de seguridad afganos, y con civiles y algunos ancianos en las aldeas.

Vi las increíbles dificultades que cualquier fuerza militar tendría para pacificar, aunque solo fuese una sola zona o cualquiera de esas provincias. Oí muchas historias sobre cómo los insurgentes controlaban virtualmente cada palmo de terreno fuera del campo visual de las bases de los EE.UU o de la Fuerza Internacional de Asistencia en Seguridad (ISAF, por sus siglas en inglés).

Ví poca o ninguna evidencia de que los gobiernos locales fuesen capaces de garantizar las necesidades básicas de la gente. Algunos de los civiles afganos con los que hablé dijeron que la gente no quería tener nada que ver con un gobierno local predador o incapaz.

De vez en cuando, observé a las fuerzas de seguridad afganas coludirse con la insurgencia.

De malo a abismalmente malo

No puedo hablar sobre mucho de lo que vi durante mi movilización, para no mencionar lo que leí o escribí en los informes oficiales ya que la información todavía es clasificada. Pero lo que puedo decir es que esos informes - los míos y los de los otros - sirven para iluminar el abismo que existe entre las condiciones sobre el terreno y las declaraciones oficiales que hablan de progresos.

Y puedo relatar algunas experiencias representativas de lo que observé por todo el país.

En enero de 2011 hice mi primer viaje a las montañas de la provincia de Kunar, cerca de la frontera con Pakistán para visitar a las tropas del Primer Escuadrón del 32 Ejército de Caballería. En una patrulla a la posición estadounidense más al norte al este de Afganistán, llegamos a una estación de la Policía Nacional Afgana (ANP, por sus siglas en inglés) que había reportado ser atacada por los talibanes dos horas y media antes.

Por medio de un intérprete, le pregunté al capitán de la policía dónde se había originado el ataque, y él señaló a la falda de una montaña cercana.

"¿Cuáles son sus procedimientos de rutina en situaciones como esa? le pregunté. "¿Forman una escuadra y la mandan a perseguirlos? ¿Mandan patrullas de hostigamiento periódicamente? ¿Qué hacen?"

Mientras el intérprete le transmitía mis preguntas, la cabeza del capitán giraba de una lado al otro, mirando primero al intérprete y luego a mí con una expresión de incredulidad. Luego se rió.

"¡No! Nosotros no vamos tras ellos", dijo. "¡Eso sería peligroso!"

Según los soldados de caballería, los policías afganos rara vez dejan la protección de los retenes. En esa parte de la provincia, los talibanes se mueven literalmente con libertad.

En junio estuve en el distrito de Zharay en la provincia de Kandahar, regresando a una base de una patrulla a pie. Se escuchaban disparos, ya que los talibanes estaban atacando un retén de los EE.UU. cerca de una milla de distancia.

Al entrar al puesto de mando de la unidad, el comandante y su equipo estaban viendo un video en vivo de la batalla. Dos vehículos de la ANP estaban bloqueando la carretera principal que llevaba al lugar del ataque. El fuego venía desde detrás de un montón de heno. Vimos cómo dos hombres afganos salieron montados en una motocicleta y comenzaron a moverse en dirección de los policías afganos que estaban en sus vehículos.

El comandante estadounidense se dio vuelta y le dijo al radio-operador afgano que se asegurase de que los policías detuviesen a los hombres. El operador gritó por radio repetidas veces, pero no tuvo respuesta.

En la pantalla, vimos cuando los dos hombres pasaban lentamente al lado de los vehículos de la ANP. Los policías no salieron a parar a los dos hombres ni contestaron el radio - hasta que la motocicleta se perdió de vista.

Sin excepción, los oficiales de los EE.UU. me dijeron que no sentían otra cosa que desprecio por las tropas afganas en su zona - y eso era antes de que ocurriese en incidente narrado anteriormente.

En agosto, salí en una patrulla a pie con tropas del distrito de Panjwai en la provincia de Kandahar. Varios soldados de la unidad recientemente habían sido muertos en combate, uno de ellos era un soldado muy popular y experimentado. Uno de los oficiales superiores me preguntó retóricamente: "¿Cómo puedo mirar a esos hombres a los ojos y pedirles que salgan para hacer esas misiones día tras día? Y lo que es aun más duro: ¿Cómo mirar a la mujer [del soldado] a los ojos cuando regrese y le diga que su marido murió por algo que tenía sentido? ¿Cómo hago yo eso?".

Uno de los oficiales superiores reclutados agregó: "Los muchachos dicen 'espero vivir para por lo menos regresar con una baja por descanso y recuperación antes que me toque mi turno', o 'espero sólo perder un pie'. No tienen mucha confianza en que los mandos dos niveles más arriba realmente entiendan lo que ellos están pasando aquí, cuál es la situación real".

El 11 de septiembre, en el décimo aniversario del infame ataque a los EE.UU. visité otra unidad en la provincia de Kunar, esta vez cerca de la ciudad de Asmar. Hablé con el oficial local que sirve como asesor cultural al comandante estadounidense. Esta fue la conversación:

Davis: "Aquí tienen muchas unidades de las Fuerzas Nacionales de Seguridad Afganas [ANSF, por sus siglas en inglés]. ¿Serán capaces de resistir a los talibanes cuando las tropas estadounidenses se vayan de esta área?"

Asesor: "No. Definitivamente que no pueden. Por toda esta región ya [muchos elementos de] las fuerzas de seguridad han hecho tratos con los talibanes. [Los de la ANSF] no le disparan a los talibanes y los talibanes no les disparan a ellos".

"Además, cuando se arresta a un miembro de los Talibán, pronto es liberado sin que se tome ninguna medida contra él. De modo que cuando los talibanes regresen [cuando los estadounidenses se marchen, después del 2014] se irán también los trabajos, especialmente para los que, como yo, hemos trabajado con la Coalición.

"Recientemente, recibí una llamada a mi celular de unos talibanes que habían capturado a un amigo mío. Para que yo oyera, le empezaron a pegar diciéndome que mejor dejase de trabajar con los estadounidenses. Yo podía oir a mi amigo llorar de dolor. [Los talibanes] dijeron que la próxima vez secuestrarían a mis hijos y les harían lo mismo. Por las amenazas directas he tenido que sacar a mis hijos de la escuela, sólo para mantenerlos seguros.

"Y anoche, justo en aquella montaña [señaló a una sierra a unos 700 metros de distancia desde la que se domina la base de EE.UU.], fue asesinado un miembro de la ANP. Los talibanes llegaron y lo llamaron. Lo secuestraron en frente a sus padres, se lo llevaron y lo asesinaron. Sólo tenía 27 años. La gente no está segura en ningún lado."

Ese asesinato tuvo lugar al alcance visual de la base estadounidense, un puesto nominalmente responsable de la seguridad de un área de cientos de kilómetros cuadrados. Imaginemos la inseguridad de la población más allá de ese rango visual. Y sin embargo, esa conversación fue representativa de lo que vi en muchas regiones de Afganistán.

En todos los lugares que visité, la situación táctica era de mala a abismalmente mala. Si los eventos que he descrito - y muchos, muchos otros que podría mencionar - hubiesen ocurrido durante el primer año de la guerra, o aun en el tercero o el cuarto, uno podría estar dispuesto a creer que la de Afganistán solo es una guerra dura, y que deberíamos seguirla. Sin embargo, todos esos incidentes ocurrieron durante el décimo año de la guerra.

Así como las cifras que describen las víctimas y la violencia del enemigo indican la ausencia de avances, lo mismo hacen mis observaciones sobre la situación táctica por todo Afganistán.

Brecha de credibilidad

No soy, ni mucho menos, el único que ha notado esta discrepancia entre las declaraciones oficiales y la verdad sobre el terreno.

Un informe de enero de 2011 de la Oficina de Seguridad de una ONG agana notaba que las declaraciones públicas de los jefes de los EE.UU. y la ISAF a fines de 2010 eran "diametralmente distintas de los mensajes de 'comunicación estratégica' de la IMF [ Sigla inglesa para las Fuerzas Militares Internacionales - el jargón de las ONGs para referirse a la ISAF], que sugerían que habían avances. Llamamos [al personal de las ONGs] a aceptar que, no importa cuán autoritativa la fuente de tales afirmaciones, mensajes de tal naturaleza sólo tienen como objetivo el influenciar a la opinión pública en los Estados Unidos y Europa con miras a la retirada, y no pretenden ofrecer un panorama exacto sobre la situación de aquellos que viven y trabajan aquí".


El mes siguiente, Anthony Cordesman, de parte del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, escribió que la ISAF y la dirigencia estadounidense no estaban informando con exactitud sobre la realidad de la situación en Afganistán.

"Desde junio de 2010, los informes desclasificados que los EE.UU. sí proveen ha disminuido continuamente en contenido, efectivamente creando el 'ángulo' del camino hacia la victoria al eliminar contenido que ilustra las verdaderas dimensiones de los retos que se enfrentan", escribió Cordesman. "Sin embargo, también fueron motivados por la decisión política de ignorar o minimizar los avances de los talibanes y los insurgentes del 2002 al 2009, de ignorar los problemas causados por la débil y corrupta gobernanza afgana, de minimizar los riesgos planteados por los santuarios en Afganistán, y de imponer el 'ángulo' de las victorias tácticas de la ISAF y al mismo tiempo ignorar el continuo crecimiento de la influencia y el control de los talibanes.

¿Cuántos hombres más tendrán que morir apoyando a una misión que no está teniendo éxito y con un rastro de más de siete años de declaraciones optimistas de los altos jefes militares de EE.UU. en Afganistán? Nadie espera que nuestros dirigentes siempre vayan a tener un plan exitoso. Pero sí esperamos - y los hombres que hacen su vida, pelean y mueren, lo merecen - tener unos dirigentes que nos digan la verdad sobre lo que está pasando.

La primera vez que me topé con equivocaciones a nivel de los altos mandos fue durante un "experimento" a nivel de división en 1997, que más que un experimento resultó ser una jugada de pizarrón. Durante la cena, en Fort Hoodm, Texas, los jefes de Comando de Entrenamiento y Doctrina me dijeron que el Experimento de Guerrero Avanzado (AWE, por sus siglas en inglés) había demostrado que una "división digital" con menos soldados y más equipamiento podía ser mucho más efectiva que las divisiones corrientes. Al día siguiente, nuestra delegación del equipo congresional observó directamente la demostración y no les tomó mucho tiempo darse cuenta de que había poca sustancia tras tales afirmaciones. En realidad, no se realizó casi ninguna experimentación. Todos los parámetros estaban cuidadosamente definidos de antemano. Todos los eventos tenían una secuencia y un resultado predeterminado. Sencillamente, el AWE era un espectáculo caro, cubierto por un leguaje de experimento científico y presentado en rutilantes notas de prensa y declaraciones públicas con el fin de persuadir al Congreso de otorgar los fondos según las preferencias del Ejército. Citando los "resultados" del AWE, los jefes del Ejército procedieron a eliminar una compañía de maniobras por cada batallón de combate. Pero la pérdida de sistemas de combate nunca trajo consigo un aumento medible en la capacidad de matar.

Una década después, en el verano de 2007, fui asignado a la organización Sistemas de Combate Futuro (FCS, por sus siglas en inglés) en Fort Bliss, Texas. No me tomó mucho tiempo descubrir que lo mismo que el Ejército había hecho con una sola división en Fort Hood en 1997 ahora estaba siendo hecho a una escala significativamente mayor con la FCS. Año tras año, los informes de la Oficina de Rendición de Cuentas (GAO, por sus siglas en inglés) mandatados por el Congreso revelaban problemas importantes y advertían que el sistema estaba en peligro de fallar. Cada año, los altos jefes del ejército le decían a los miembros del Congreso en las interpelaciones que la GAO no en realidad no entendía mucho todo el panorama, y que al contrario, el programa se cumplía a tiempo, dentro del presupuesto y se enfilaba rumbo al éxito. Al final, por supuesto, el programa fue cancelado, con poco más que resultados colaterales imprevistos que mostrar a un costo de 18 billones gastados.

Si los estadounidenses fuesen capaces de comparar las declaraciones públicas que muchos de sus líderes han hecho con la información clasificada, esta gran brecha de credibilidad sería inmediatamente observable. Pero yo estoy legalmente habilitado para compartirla con los miembros del Congreso. En consecuencia, he elaborado un reporte mucho más completo en un informe clasificado para muchos miembros del Congreso, tanto demócratas como republicanos, senadores como miembros de la Cámara Baja.

Se puede conseguir una versión no-clasificada del informe (en inglés) en www.afghanreport.com. [Nota del Editor: Al momento de publicar este artículo, las Relaciones Públicas del Ejército no habían decidido si Davis podía hacer pública esta versión más larga]

Digan la Verdad

Cuando se trata de decidir qué asuntos son los que están arrojando a la guerra a nuestra nación y qué asuntos no, nuestros altos jefes le deben a la nación y a los uniformados el ser abiertos - gráficamente, si es necesario - a la hora de decirles qué es lo que está en juego y cuán caros los potenciales éxitos pueden llegar a ser. Los ciudadanos de los Estados Unidos y sus representantes electos pueden decidir si el riesgo en sangre y tesoro vale la pena.

Asimismo, a la hora de decidir si continuar o no una guerra, alterar sus objetivos o terminar una campaña que no puede ser ganada a un precio aceptable, nuestros altos mandos tienen la obligación de decirle al Congreso y al pueblo estadounidense la verdad sin edulcorantes y dejar que el pueblo decida qué curso de acción escoger. Esa es la esencia misma del control civil sobre lo militar. El pueblo estadounidense se merece más que lo que ha recibido de sus altos dirigentes uniformados los últimos años. Decir la verdad, simplemente, sería un buen comienzo.

Traducido por Jorge Capelán para Radio La Primerísima.

 


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