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San Romero de América, 27 años de su martirologio: «Santo de los católicos y de los evangélicos y hasta de los ateos»

Por Cecilia Alfaro, Agencia ACI. Desde San Salvador. | 23 de Marzo de 2007 a las 00:00
Ponencia realizada en la Universidad Nacional de El Salvador, el jueves 22 de marzo, en el Departamento y Ciudad de San Vicente, zona paracentral del país. Unos 1,000 estudiantes, acudieron al evento. Junto con otros tres expositores Representantes de 2 iglesias evangélicas y uno de la Iglesia Católica en Representación de comunidades de Base, La Iglesia Luterana designó a la reverenda Cecilia Alfaro, cuya ponencia compartimos. Queridos jóvenes vicentinos: Espero ser el puente para su encuentro con el Salvadoreño más conocido en el Mundo entero, que ha trascendido tiempo, espacio, ideologías y cualquier espiritualidad: San Romero de América, el profeta, el Maestro, el apóstol, el Arzobispo, el pastor, nuestro hermano y compañero: MONSEÑOR OSCAR ARNULFO ROMERO, quién vive en la espiritualidad y aspiraciones del pueblo pobre y marginado en El Salvador, en estos pobres que luchan por mejorar sus condiciones de vida y sueñan por conquistar una convivencia pacifica con equidad económica y sustentable, basada en el desarrollo pleno de las potencialidades humanas con responsabilidad en la mayordomía ambiental, donde la niñez y la juventud, sean estratégicos en la construcción de un futuro digno, de todo humano y humana hechos a la imagen de Dios. El compromiso y práctica cristiana, desde la visión Romerista, es concretar, es bajar a nuestra realidad el reino de Dios, tal y como pedimos todos los días en la oración del Padre Nuestro y disfrutar con alegría y en convivencia plena ese Reinado del Dios vivo. Por eso podemos asegurar que ese Dios vivo esta con nosotros y en nuestras luchas, aspiraciones y sueños, porque el Reino de Dios es JUSTICIA, es vida plena, con dignidad, sin discriminaciones, con abundancia para todos, se base y se valora con y por el amor incondicional y fidelidad al prójimo. Donde la alegría de Dios es el jubileo, la concreción plena de su justicia y su amor. Por eso afirmamos que Jesús ha sido predicado fielmente y que se encarnó en el Mártir San Romero de América Latina y en la teología de la Liberación al igual que en la Teología de la vida, como nos predica también el Obispo Luterano y Salvadoreño, Medardo Ernesto Gómez, donde en ambas teologías, la reflexión de la realidad nacional y coyuntural es un basamento importante para contextualizar la palabra de Dios, como nos enseñó Monseñor Romero, con la conciencia plena que la fuerza de su palabra y testimonio vivo, lo llevaría hasta el martirio, y como el mismo dijo: que la muerte no le preocupaba ya que resucitaría en su pueblo. Yo espero que este día también Monseñor Romero resucite en cada uno y una de Ustedes. Con su vida, su obra, su martirio y su resurrección Monseñor Romero, hizo del pulpito una escuela en la reflexión de la Realidad y coyunturas nacionales con ética y mística donde el compromiso cristiano producto de la conversión y opción por los pobres, no solo es un sentimiento profundo como producto de la gracia de Dios, por la fé sola, como nos dijo el Doctor Martín Lucero, hace más de 500 años, con su doctrina de la Justificación por la fe; sino que, el concepto de compromiso cristiano, Monseñor Romero elevo a una categoría indispensable e inseparable de la construcción de la ciudadanía y en para la liberación total y trascendente de la vida eterna y para la vida plena en la tierra. Es además La Diaconia con dimensión y consecuencia política. Con su lenguaje reposado y claro, Monseñor Romero hizo de las Homilías un mensaje pastoral y una vía en el anuncio y denuncia profética que nos mostró y nos muestra la cruda realidad de los sectores pobres y excluidos del pueblo pobre Salvadoreño, a la luz de la palabra de Dios, con orientación pastoral hacia la solución de conflictos, siendo pacificadores no pasivos, en oración permanente para una acción constante. El mensaje contextualizado de Monseñor Romero desde la reflexión bíblico teología en la vía de la liberación, es para el mundo entero una fuente no solo de inspiración, sino un instrumento de lectura de las profundas crisis de las sociedades pobres, de los procesos de luchas de los marginados junto al compromiso y práctica cristiana por y en la liberación de los pueblos. Lectura que nos ayuda a reconocer un nefasto y satánico proyecto de muerte, que diviniza sistemas económicos voraces, que se oponen al proyecto del Reino de Dios. Lectura que nos enfrenta a una escatología vista desde los pobres, que nos brinda la firmeza en la esperanza y robustece nuestra fé en ese Dios amoroso que nos regala la gracia. En El Salvador, empleados, obreros y campesinos, maestros, y diversos sectores sociales, hombres y mujeres, iniciaron desde los años 40 procesos de luchas por sus reivindicaciones más sentidas. Suceso relevante fue la huelga de brazos caídos que derrocó al nefasto militar General Maximiliano Hernández Martines en el año 44, y el gobierno queda en manos siempre de militares, que protegen a una oligarquía cafetalera capitalista. La izquierda de ese momento no fue capaz de ir a la vanguardia y la efervescencia de la lucha popular posibilito el derrocamiento del dictador. Después esos movimientos entran en un receso, que se activa nuevamente a finales de los años 60, Se crea el Mercado Común Centroamericano, modelo económico que fracasa, pone en pugna a las oligarquías centroamericanas y especialmente a la Hondureña y Salvadoreñas, porque en El Salvador, la industria sobrepaso las fronteras y llevo una competencia desigual con el capital hondureño, hasta se dio un conflicto bélico, entre estos pueblos hermanos, en el año 69. Por otro lado también estas contradicciones y conflictos, alimentan la protesta de los diversos sectores y gremios: maestros, estudiantes, gremio del transporte, obreros y campesinos que sufren en carne propia con la explotación y marginación de ese auge económico de la oligarquía e Industria Nacional, el descontento popular y la organización es manifiesta. En el primer quinquenio de los años 70, surgen los primeros comandos urbanos de la guerrilla salvadoreña. Por el lado del Gobierno Salvadoreño personalizado en Carlos Humberto Romero, acrecienta la hostilidad y desarrolla un sistema altamente represivo, que va cerrando todos los espacios de expresión democrática con una crisis sociopolítica y económica profunda. Monseñor Romero lee en esa realidad que los movimientos sociales que se perfeccionan en la protesta pública con una gran capacidad organizativa y creativa, crecen estableciendo un tejido en todo el territorio nacional, y su llamado a resolver los conflictos mediante el dialogo es permanente. En la década de los 70 transcienden de lucha reivindicativa a una lucha política y toma el carácter de una lucha popular de masas, bien organizada. Los hechos en el año 72, toma de nuevo el poder, el partido de Conciliación Nacional (PCN), el partido oficial, queda como Presidente el Coronel Arturo Armando Molina que a través de un burdo fraude electoral arrebata la presidencia al Ingeniero Napoleón Duarte, quién llama a defender el triunfo y junto a la coalición de partidos opositores la Unión Nacional Opositora (UNO), se dan levantamientos en varios puntos de la capital. El gobierno responde con represión Duarte es encarcelado, torturado y expatriado. Reprime con armamento pesado una manifestación de estudiantes, quedando muchos muertos . Después el Gobierno interviene a la Universidad Nacional de El Salvador, capturando muchos estudiantes, maestros y sacando al exilio a muchos intelectuales y maestros del Alma Mater. Los grupos de poder económico, cafetaleros, algodoneros, cañeros, industriales y banqueros, su principal interés era garantizar su riqueza, y veían con temor no sólo las movilizaciones sociales, sino las pretensiones de reforma social abanderadas por los militares jóvenes. Al participar activamente las organizaciones campesinas, a quienes no se les permitía la sindicalización, de la protesta y acciones de masas y paralelo a este movimiento social la acción de grupos y comandos armados con exposición de bombas de propaganda, ataques a focos militares y secuestros de empresarios, las tensiones sociales y políticas se agudizaron, estableciéndose un ambiente de efervescencia social nunca antes visto en la historia de El Salvador con un movimiento de masas muy organizado, empoderado y que es ya una expresión de fuerza, real contrapuesto al convencional del ejército oficial. Los sectores más radicales de las clases medias optaron por la lucha armada revolucionaria; el sector militar endureció sus posturas y se volvió más excluyente; y los grupos de poder económico no sólo clamaron por medidas de fuerza contra quienes cuestionaban su poder y riquezas, sino que ellos mismos asumieron actitudes militantes –por ejemplo, con el Frente de Agricultores para la Región Oriental (FARO) o auspiciando grupos paramilitares– para enfrentar a las organizaciones campesinas, sindicales, estudiantiles y de maestros. En el 77, en elecciones fraudulentas sube coronel Carlos Humberto Romero a la presidencia. Las condiciones socioeconómicas y político militares, deterioran la imagen y la in-funcionalidad de ese gobierno, que cae por un golpe de Estado, dirigido por militares jóvenes, el 15 de octubre de 1979. Se crea una Junta Revolucionaria de Gobierno, con diversas personalidades algunos renuncian y ponen en mayor crisis la gobernabilidad. Se estructura la Reforma Agraria pero como un mecanismo contrainsurgente, con la incidencia de la Embajada Americana. Con Medellín en los 60s, Puebla y la doctrina social de la Iglesia, y los teólogos de la liberación, La Iglesia católica inicia una nueva forma de evangelización y compañamiento al pueblo pobre, la Compañía de Jesús– encaminadas a fomentar la lucha por los derechos, entre los cuales ocupaba un importante lugar el derecho a organizarse, sobre todo con los campesinos desarrollan un importante papel en la concientización del pueblo pobre y reprimido. La Federación Cristiana de Campesinos Salvadoreños (FECCAS), fundada en 1969 como una asociación de ligas campesinas, resurgió en Aguilares a mediados de los setenta como la más fuerte organización campesina, mientras que en Usulután y Chalatenango se fundó la Unión de Trabajadores del Campo (UTC) que, nacida del trabajo pastoral, pronto derivó su accionar hacia el terreno político. Ambas organizaciones entraron en contacto en 1975 y se articularon en la Federación de Trabajadores del Campo (FTC), la organización campesina más fuerte que ha conocido la historia del país. A lo largo de ese año, esta organización estableció nexos con ANDES 21 de Junio (la organización de maestros salvadoreños), las Fuerzas Universitarias Revolucionarias 30 de Julio (FUR–30), los Universitarios Revolucionarios 19 de Julio (UR–19), la Unión de Pobladores de Tugurios (UPT) y el Movimiento Estudiantil Revolucionario de Secundaria (MERS). El 5 de agosto de 1975 nació el Bloque Popular Revolucionario (BPR), como un frente popular de masas que buscaba asegurar al movimiento popular miras más amplias y un aporte teórico más sólido, pero enraizado en las masas campesinas, prestas a desfilar por las calles de San Salvador, conscientes de su fuerza y con la idea de que se podía nadar contra la corriente cuando el río era todavía pequeño, pero que nadie podía lograrlo si éste se volvía poderoso. FECCAS–UTC se perfilaron como organizaciones revolucionarias, lo cual se tradujo en una combatividad creciente que se sumó al accionar político–reivindicativo que el Bloque Popular Revolucionario (BPR) desarrollaba en diversas zonas del país, sobre todo en la capital. Entre 1975 y 1979, el movimiento popular salvadoreño cobró un nuevo impulso y nuevas perspectivas al sumarse, a las actividades del BPR, el Frente de Acción Popular Unificada (FAPU), fundado en 1974; las Ligas Populares 28 de Febrero (LP–28), fundadas en 1977; y el Movimiento de Liberación Popular (MLP), constituido en 1979. A lo largo de este período, el movimiento popular organizado se convirtió en un actor fundamental de la dinámica social y política en El Salvador. A medida que se acrecentaron las movilizaciones y acciones de hecho de las organizaciones populares –que se expresaron en movilizaciones de calle, toma de locales públicos e iglesias, así como tomas de propiedades agrícolas sindicales, no sólo multiplicaron sus acciones militares –secuestros de empresarios, hombres de negocios y diplomáticos, ataques a puestos militares, quemas de vehículos automotores–, sino que dieron inicio a un proceso de acercamiento a las organizaciones populares, de las cuales comenzaron a reclutar a nuevos cuadros guerrilleros. Paralelamente al crecimiento y la consolidación del movimiento popular, se fortaleció otro grupo de actores presentes en el quehacer sociopolítico de los años setenta: las organizaciones político–militares y paramilitares, los escuadrones de la muerte. Las acciones del ejército con bombardeos indiscriminados en las áreas rurales. Los grupos político–militares no sólo hicieron eco de las ideas de cambio social difundidas a partir de la revolución cubana de 1959 –rompiendo así con el acomodamiento sociopolítico del Partido Comunista Salvadoreño (PCS), que básicamente se había resignado a participar en el juego electoral–, sino que justificaron su irrupción apelando tanto a la pobreza crítica en que vivía la mayor parte de salvadoreños como a la exclusión política de la que hacían gala los gobiernos militares. Integrados por jóvenes, intelectuales en su mayoría, radicalizados de los sectores medios, los grupos político–militares –una vez que consideraron que las vías legales para acceder al poder estatal se habían agotado– optaron por la lucha revolucionaria como mecanismo idóneo para enfrentar a los regímenes militares. Monseñor Romero, que también denunciaba los malos pasos de los entes guerrilleros y los errores de los movimientos sociales, condeno los secuestros de uno y otro bando, pero en su análisis tuvo que reconocer que no era posible que un Estado, con medidas arbitrarias y como dueño absoluto, desangrará a un pueblo que abandera una lucha legítima en busca de mejores condiciones para su vida. Que esto era el derecho legítimo de los sectores populares y pobres, en una sociedad donde ya no existía ningún espacio democrático. Desde el altar, Monseñor Romero nos habla del derecho del pueblo a la insurrección, clama ante el ejército y pide directamente a los militares y soldados en general, que no obedezcan las órdenes de reprimir y matar a sus hermanos, porque eso lo condena la ley de Dios. Clama por la reconciliación de las fuerzas confrontadas, ante una guerra ya desatada desde enero de 1980. Monseñor se duele en el cuerpo lacerado de Cristo, en los asesinatos de: sacerdotes, obreros de la palabra, catequistas, campesinos, estudiantes, maestros. El Padre Rutilio Grande, primer mártir católico, asesinado en 1978, junto con campesinos miembros de su equipo pastoral. Es indescribible el dolor del Pastor, en cada asesinato de los Sacerdotes, obreros de la palabra y otros tantos que le precedieron en el martirio. En el entierro del Padre Ernesto Barrera Monseñor Romero nos dice: "A Neto Barrera lo flagelaron; Neto Barrera tiene un documento, extendido por un médico forense, que delata torturas espantosas. Neto Barrera debió sufrir mucho antes de entregar su espíritu al juicio del Señor."..."El Señor tenga misericordia de nosotros y de las victimas del dolor, de la muerte violenta... Señor ya basta de violencias, es la suplica que junto a Neto, te elevamos en esta tarde..., dales señor, el descanso eterno y brille para ellos la luz perpetua". Se habla mucho de la conversión de Monseñor Romero, porque se le consideraba un hombre de derecha, y fue toda una sorpresa para sectores progresistas católicos y evangélicos que no fuera electo para Arzobispo el Obispo Rivera y Damas sino Monseñor Oscar Arnulfo Romero, lo que yo percibí siempre en él, que en su vida lo que más lo distinguió no fue su condición de Obispo, de Monseñor, sino su condición de Pastor. Él se identificaba así y pregonaba que quería ser un buen Pastor y nos dice: "soy simplemente pastor, el hermano, el amigo de este pueblo. Si denuncio y condeno la injusticia, es porque es mi obligación como pastor de un pueblo oprimido y humillado; el evangelio me impone hacerlo y en su nombre estoy dispuesto a ir a los tribunales, a la cárcel y hasta la muerte". Y TODOS CONOCEMOS QUE ASÍ SUCEDIÓ, el 24 de marzo de 1980. Aunque se sabía autoridad como Arzobispo, la ejercía para hablar con toda fuerza y firmeza en el nombre de Dios, para denunciar el pecado estructural y demandar por el cambio que ha de resurgir desde el seno de nuestra sociedad la plenitud del Reino de Dios, como nos lo describe el profeta Isaías. Monseñor Romero, el profeta, lo conocemos hoy. Fue un sacerdote muy instruido, pero no destacó por ser un gran teórico o academicista, sino por el legado que nos heredó, UNA PASTORAL INNOVADORA, en la que pone en práctica el método de Jesús Esto significa que supo acompañar a su pueblo y supo entenderlo en el sufrimiento y desamparo, ejerció con firmeza su pastorado en aquel determinado momento histórico y concreto, apegado al evangelio que le exigía tomar una opción preferencial por los pobres. Las condiciones dramáticas del pueblo Salvadoreño, cuestionaban lo más intimo de su ser y de su espiritualidad como Religioso. Por eso se apegaba e inspiraba en el Concilio de Medellín y Puebla, y su obra concreta –de total consistencia con la doctrina social de la Iglesia Católica–, es el hecho de abrir el espacio para el movimiento amplio de las comunidades cristianas y eclesiales de Base, en una sociedad convulsionada, abierta una guerra civil. En su gran preocupación, el Pastor nos dice el 6 de agosto de 1978: "Los conflictos violentos no desaparecerán hasta que no desaparezcan sus últimas raíces. Por lo tanto, mientras se mantengan las causas de la miseria actual y se mantengan la intransigencia de las minorías más poderosas que no quieren tolerar mínimos cambios, se recrudecerá más la explosiva situación. Por lo tanto la construcción de la justicia social es la tarea más urgente". La expresión más dramática que muestra el amor incondicional de Monseñor Romero a Dios y a su pueblo es cuando en una de sus últimas homilías nos dijo: en el Nombre de Dios y de este pueblo sufrido les pido, les ruego, les ordeno en nombre de Dios CESE LA REPRESIÓN, lo que provocó la reacción de las fuerzas represivas personalizadas en el Mayor Roberto D'Abuisson, que días previos al asesinato de Monseñor Romero, le retó y amenazó públicamente por la radio y televisión. Sin duda, el golpe de más resonancia pública y de más impacto en la conciencia colectiva lo constituyó el asesinato del Arzobispo de San Salvador, Monseñor Oscar Arnulfo Romero, el 24 de marzo de 1980, mientras oficiaba una misma en la capilla del Hospital "La Divina Providencia". Jóvenes: de nuevo fijemos nuestra mirada en ese movimiento social y de masas muy bien organizado, donde militaban muchísimos jóvenes, hombres y mujeres comprometidos con la causa legítima de este bendito pueblo de Dios, en enero del 80, se realizó la mayor movilización que ustedes puedan imaginar, solo igualada el día del entierro de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, donde también las fuerzas represivas no soportaban el triunfo del Resucitado, su pueblo se desbordo y quiso manifestarse ante el sepulcro. Hubieron muchos muertos de aquel pueblo pobre y fiel al Pastor, así muchos emprendieron con el ese viaje y al encuentro con Jesús. Catedral y todo el centro capitalino es testigo mudo, de aquellos sucesos. Juventud Universitaria, conciencia de nuestro pueblo, hacedores de nuestro presente y protagonistas de nuestro futuro: les llamo a que reflexionen y tomen nuestros testimonios y la misión de compromiso con nuestro pueblo, en nuestra Patria, donde ha corrido tanta sangre. Tenemos una deuda con todos aquellos que se nos adelantaron; necesitamos la solidaridad, la organización, aprender y enseñar, acuerparnos y desarrollar la terca esperanza de que una nueva Sociedad es posible. En el continente Americano, desde el sur soplan vientos de liberación; en Centro América, Nicaragua nos precede. El Salvador también puede cambiar las estructuras de este sistema neoliberal demoníaco, denunciado por las Iglesias en todo el mundo, que en la pobreza material siembra la muerte a nuestros pueblos. Hagamos de nuestra Patria, un lugar de convivencia fraternal, heredemos a nuestras generaciones futuras, una vida plena donde el reinado de Dios sea posible. Si ustedes caminan el sendero ya indicado por nuestro Pastor Monseñor Romero, ya podemos celebrar como dice el Poeta Monseñor Pedro Casaldáliga, otro apóstol de la teología de la Liberación, al recordar a Monseñor Romero: "estamos aquí, de muchos modos, celebrando el jubileo de tu testimonio definitivo, aquella homilía de sangre que nadie hará callar". Tú tienes el poder de convocación, un poder macro ecuménico de santo de los católicos y de los evangélicos, y hasta de los ateos. Casaldáliga continúa diciéndole: "siempre admiro en ti, la capacidad de establecer la alianza de la disciplina con la libertad, de la piedad tradicional con la teología de la liberación, de la profecía más arrojada con el perdón más generoso". Monseñor: ¡Cómo nos iluminas cuando nos llevas a comprender la palabra de Dios, desde tu pueblo creyente y practicante! Yo le digo hoy a Monseñor Romero: tú eres muy comprometedor, como lo es Jesús de Nazaret, haz Señor y Señora Nuestra, que estos jóvenes, hombres y mujeres, se comprometan hoy, para poder también pregonar con júbilo pascual que sigues resucitando en tu pueblo. Que somos muchos soñadores y que esta Juventud también se une y retoma y revitaliza esos sueños, para fundirnos en un solo abrazo como un solo pueblo de Dios. Por eso les pido que repintan conmigo: con el Evangelio y por el Reino de Dios, estamos en pie de lucha, como un solo pueblo, como una sola iglesia, como un solo cuerpo y Cristo es la Cabeza, por eso con renovada esperanza te decimos Monseñor Romero, por ti y en tu memoria nos comprometemos a construir un nuevo El Salvador, como un cielo y una tierra nueva, porque otro mundo es posible. AMÉN.

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