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Cuba, ¿qué más te podemos pedir?

Por Edwin Sánchez, editor de El Nuevo Diario | 25 de Abril de 2007 a las 00:00
Es un dogma casi medieval, odiar a Cuba y su forma local de gobierno. Uno creció oyendo ese viejo rezo que los últimos tres gobernantes de Nicaragua mantuvieron vigente, al punto de importar del Norte una hostilidad gratuita contra una nación y sistema que ha apoyado a los nicaragüenses sin alcurnia en su lucha personal de prepararse y defenderse con dignidad en este mundo.

Por Edwin Sánchez, editor de El Nuevo Diario

Cuba es un país que no representa un peligro para nadie. Para nosotros, lo que ha representado desde 1959 es: tierra de refugio para los perseguidos; luz en las sombras más tenebrosas del régimen de los Somoza; universidad para una multitud de pobres que hoy pueden contar con un doctor en la familia. Todavía bajo los gobiernos que se enemistaron por puro gusto con Cuba, la Revolución dirigida por el comandante Fidel Castro no dejó de meterle el hombro a la gente arrinconada en el Mapa de la Pobreza. ¿Cuál era el interés de la dirigencia cubana? ¿Acaso conseguir un favor a cambio? Ahora es posible que algunos piensen de esa manera, cuando escuchan que vendrán 40 médicos caribeños, hospitales y clínicas. Pero si los antillanos no dejaron que fluyera la asistencia bajo regímenes neoliberales, cuando les era imposible conseguir un simple saludo de cortesía en los foros internacionales de parte de doña Violeta Barrios, Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños, ¿por qué ahora debemos pensar que "Fidel busca algo"? Ni siquiera Hugo Chávez había subido al poder, al final de la década del siglo pasado, cuando Cuba contra viento y marea no les cerró las aulas de la facultad de medicina de Villa Clara o Pinar del Rio a los muchachos y muchachas de tierra adentro, de modo que tampoco me pueden venir ahora con el cuento de que la ayuda forma parte de un "plan tenebroso del dictador de Venezuela". En los 16 años pasados, las relaciones con La Habana estuvieron más frías que una morgue. Pero la Perla de las Antillas respondió con calidez y calidad de enseñanza a tantos jóvenes. Si la Revolución Cubana nos apoyó en todo momento, sin que eso hubiese significado darle algo a cambio en todos estos últimos 16 años, ¿por qué nosotros debimos habernos comportado de una manera tan ingrata al punto de cederle espacio en la Delegación de Nicaragua ante la Comisión de Derechos Humanos de la ONU a un representante de la minoría radical cubana de Miami para que lanzara las diatribas de siempre? Ahora, la asistencia cubana de nuevo parece duplicarse. 40 médicos cubanos vendrán, se anuncian dos hospitales de campaña donados, uno para Waspam y posiblemente el otro en Karawala. El maestro Orlando Pineda me decía el año pasado, cuando faltaban varios meses para las elecciones de noviembre 2006, que Cuba estaba apoyando la alfabetización con la presencia de la creadora del formidable método, Leonela Inés Relys Díaz. Además, el gobierno envió desde entonces televisores y VHS. Ese río de solidaridad hoy continúa con dos centros oftalmológicos, uno en Bilwi y el otro en Bluefields, ambos donados por el pueblo y gobierno de Cuba, de acuerdo a la información del Presidente Daniel Ortega. Lo mínimo que puede hacer nuestro país ahora es apoyar el derecho de los cubanos a estar plenamente integrados en el concierto de las naciones americanas, sin que nadie les esté dictando cómo deben actuar dentro de su propia tierra. ¡Oigan! Si ya es muy grotesco ir donde el vecino de al lado a decirle cómo debe dirigir su casa o cómo arreglarla, peor se ve en las relaciones entre los Estados. Si no me creen, ahí está don Benito Juárez: "Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz". Es un abuso mayúsculo contra el sentido común forzar a un pueblo a sentirse parte de un relato que no es el suyo. Incluso, no favorece en nada a la democracia ponerle hasta un nombre al capítulo de ficción adelantado que se nos ha querido vender como "realidad", titulándole "Transición", como si la historia de una república todavía se escribiera desde la Metrópolis. Estados Unidos debe reconocer a la isla y a sus autoridades. Los mismos revolucionarios que empujaron la libertad de las colonias en 1776 no debieron solicitar permiso a ninguna potencia para existir, ni mucho menos consultar el tipo de gobierno para vivir. Los sistemas de gobiernos locales deben ser obra y gracia de los relatos de sus propios pueblos. Creer lo contrario es pensar que los latinoamericanos no cuentan con la capacidad suficiente para tomar las riendas de su destino. En todo caso, el cubano tiene la última palabra. Y Fidel también es cubano...

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