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4 de mayo: Día de la Dignidad Nacional

Tomado de "El Muchacho de Niquinohomo", de Sergio Ramírez Mercado. | 4 de Mayo de 2007 a las 00:00
En aquellas guerras civiles los ejércitos eran formados con peones de las haciendas, y los hacendados, actuaban como generales; el gobierno reclutaba forzosamente a los campesinos para enviarlos al frente de batalla, sin ninguna preparación militar previa y armados de viejos rifles Krag que se habían utilizado en la guerra entre Estados Unidos y España a finales del siglo anterior, con lo que las mortandades eran terribles, pues además se peleaba con tácticas cerriles, avances descubiertos de infantería, encuentros cuerpo a cuerpo, sitio de poblaciones, mientras los generales permanecían a la retaguardia, siempre convenientemente lejana. Guerra civil significaba hambre y viudez, los miembros y las familias quedaban abandonadas y los caminos se llenaban de niños pordioseros huérfanos. Además del rifle antiguo, a los soldados se les proveía de un par de caites de cuero, especie de sandalias descubiertas, de un salbeque con diez tiros y de un sombrero de palma con una divisa que sería o roja o verde, según fuera el partido que los reclutara, Liberal o Conservador. Este servicio militar forzoso era parte del tributo que junto con su trabajo semigratuito, el campesino nicaragüense debía pagar al dueño de la tierra, dentro del sistema servil agrícola. Metido en una guerra civil tradicional, Sandino aparecía como un General del pueblo que lejos de rehuir la lucha, participaba en ella brazo a brazo con los soldados de su columna, que multitudinaria pero disciplinadamente andaban tras él y tras la bandera enarbolada desde entonces en sus filas de colores rojo y negro, con la inscripción LIBERTAD O MUERTE. Iracundo por los éxitos militares de aquella columna de campesinos desarrapados, una columna popular del General abajo, que batía ferozmente al ejército conservador y salvaba del fracaso a última hora a los improvisados generales liberales, el jefe del ejército insurgente. Moncada, interrogó acremente un día de tantos a Sandino, en reclamo: –¿Y a usted, quién lo hizo General? –Mis hombres, señor –respondería él, humilde pero firmemente. Después de haber batido a las fuerzas del gobierno en San Juan de Segovia y Yucapuca tras una batalla de 12 horas, la columna segoviana de Sandino toma en marzo de 1927 la ciudad de Jinotega, marchando en el flanco derecho de Moncada, y el 2 de mayo, cuando Moncada se prepara a la rendición frente a Mr. Stimson, ocupa Sandino el Cerro del Común, frente a la ciudad de Boaco, que constituye ya una posición de avance hacia la capital. Hasta allí enviaría a buscarlo Moncada, para anunciarle las condiciones del armisticio, pero cuando Sandino llega al cuartel general ya el desarme está aceptado en consejo de generales. Regresa al Cerro del Común y se aparta de sus hombres para que no lo vean llorar, mientras cavila amargamente sobre el eterno destino de la nación: la venta, la entrega. Igual que Moncada frente a la demanda de Mr. Stimson, Sandino examina esa larga noche de meditaciones en el Cerro del Común, dos alternativas: entregar las armas, licenciar a sus hombres; o resistir hasta la muerte frente al poderoso ejército de los Estados unidos, que tiene barcos de guerra, aviones, cañones, infinitos recursos. Los intereses que tradicionalmente se ponían en juego en las guerras civiles, indicaban que era una locura resistir; a Sandino se le estaban ofreciendo mulas, caballos, dinero, un puesto público como Jefe Político del departamento de Jinotega, prebendas y granjerías. Y la vergüenza. Pero esa noche recuerda aquella voz burlona del amigo trabajador en Tampico, que lo llamaba vendepatria. Recuerda que no había venido de tan lejos para pelear por un partido, sino por un país; que lo que importaba era no quién sería el candidato a la Presidencia en unas próximas elecciones que los marines realizarían a su antojo, sino que los Estados Unidos no tenían derecho a invadir un pequeño país, imponerle la humillación. Sandino decidió aquella noche resistir, más con ánimo de sacrificarse como un ejemplo futuro, que con pretensiones de una victoria militar. Aquella decisión transformaría una guerra civil de facciones oligárquicas, en una larga guerra de liberación nacional; transformaría una guerra de soldados reclutados a la fuerza y de generales oportunistas, en una guerra en que generales y soldados serían todos pobres e hijos del pueblo, que andarían en harapos, que se llamarían unos a otros hermanos y cuya consigna escrita al pie de todos sus documentos oficiales, junto a un sello que representaba a un campesino decapitando con un machete a un soldado yanqui, sería la de Patria y Libertad; y aquella guerra convencional de montoneras, se transformaría en la primera guerra de guerrillas librada en el continente americano. –¿Cómo se le ocurre morir por el pueblo –le diría en su última entrevista Moncada a Sandino–. El pueblo no agradece, lo importante es vivir bien. Y dejándolo con una sonriente promesa de ser Presidente de un país ocupado y humillado, que ya tenía en el bolsillo. Sandino se retiró el 12 de mayo con su ejército a la ciudad de Jinotega, donde por medio de una circular telegráfica anunció a todas las autoridades de los departamentos del país, su decisión de no aceptar la capitulación, y resistir hasta las últimas consecuencias. Allí licenció a todos los que fueran casados, o tuvieran deberes de familia, para que volvieran a sus hogares. Treinta hombres permanecieron con él y con ellos se internó en aquellas ya conocidas soledades de las frías alturas de Yucapuca, tres días después de haberse casado con Blanca Aráuz, la muchacha telegrafista de San Rafael del Norte, la que había transmitido durante la recién concluida campaña, todos sus mensajes en la pequeña oficina de comunicaciones de la población. La boda se celebró la madrugada del 18 de mayo; recordaría, después que al entrar a aquella iglesia humilde que era como la de su pueblo, el olor de los cirios y de las flores silvestres, le traerían a la memoria su infancia. El día primero de junio, dio a conocer su primer manifiesto: "El hombre que de su patria no exige más que un palmo de tierra para su sepultura, merece ser oído, y no sólo ser oído sino también creído".

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