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A 40 años del terremoto

Managua. Agencia PL. | 23 de Diciembre de 2012 a las 11:50

Ni la perspectiva de la fiesta navideña evitará que cada día como este 23 de diciembre miles de nicaragüenses revivan el dolor contenido desde que un terremoto devastara Managua, en 1972.

Esa sacudida, de apenas una treintena de segundos, cambió de modo radical la vida de muchas familias y la arquitectura de esta ciudad, considerada entonces como una de las más prósperas de Centroamérica.

Calles y avenidas trazadas al libre albedrío, sin aceras para pasear de la mano de la pareja o con un amigo, emergieron del polvo frente a los ojos críticos de quienes recuerdan con nostalgia la que fuera su capital antes del sismo ocurrido en la madrugada del 23 de diciembre de aquel año.

Los 6.,2 grados en la escala de Richter alcanzados por el movimiento telúrico casi extinguieron a Managua, que surgió a partir de un pueblo indígena asentado alrededor del lago Xolotlán y creció en forma de tablero de ajedrez bajo el influjo de los colonizadores españoles.

El terremoto de 1972 completó la obra nefasta del acaecido el 31 de marzo de 1931, cuya fuerza acabó con muchas edificaciones de adobe y piedra que rodeaban la plaza central. Casi perdida su magia colonial, Managua comenzó a llenarse desde entonces de construcciones de cemento, ladrillos cocidos y taquezal, paredes creadas a partir de jaulas de madera que eran rellenadas con piedras y enlodadas, según el historiador nicaragüense Gratus Halftermeyer.

Buena parte de las viviendas e instalaciones públicas creadas a partir de los años 40 del siglo pasado demostraron el error de quienes obviaron principios básicos a considerar en una ciudad levantada sobre 18 fallas geológicas.

El sismo de 1972 destruyó el área más poblada y urbanizada desde el volcán de Tiscapa al lago de Xolotlán y barrió con bancos, comercios y edificios capitalinos principales, cuenta en su obra sobre el tema Nicolás López.

Pero la tragedia humana fue peor: de acuerdo con cifras oficiales, el temblor causó más de 10 mil muertos y casi 20 mil heridos, aunque muchos aseguran que deben haber sido más, porque numerosos cadáveres quedaron entre los escombros y estuvieron hediendo hasta que las lluvias de mayo limpiaron con todo, relataron sobrevivientes.

Sin sobreponerse del dolor, los managuas tuvieron que ver también como el dictador Anastasio Somoza Debayle ordenó cercar el antiguo centro y autorizó a una empresa arrasar con los edificios y viviendas que quedaban en esa zona, para dejarla cual campo de pastoreo, comentó a Prensa Latina un taxista de nombre Manuel.

Para ese conductor septuagenario, la ciudad nacida de las cenizas y la sangre de sus familiares o conocidos muertos por el terremoto es sólo una telaraña de calles y avenidas, pobre de vida y atractivos.

Nunca más Noches de Gatos en Diciembre, en las que los mercados estaban abiertos hasta el amanecer, no más esa Managua Nicaragua donde yo me enamoré como dice la canción, refirió, en alusión al poema del estadounidense Albert Gamse, musicalizado por Irving Fields en 1946.


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