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Tomás Borge habla de Bush, Menem y Edén Pastora, de sus hijas muertas y de su propia muerte

Por Michael A.Zárate, diario Perú 21. Desde Lima, Perú. | 20 de Mayo de 2007 a las 00:00
Además de comandante, Tomás Borge es poeta, aunque tenga una vida más bien novelesca. Como todo personaje histórico, su accionar despierta toda clase de sentimientos: ha sido odiado, amado y temido. A sus 76 años, Borge habla del Comandante Cero, de Fidel Castro, de Alan García, de Agustín Mantilla y hasta de Víctor Polay. Pero hay tres temas que le entrecortan la voz: su hijo Sebastián, la desaparición de Birmania y el suicidio de Bolivia.

Por Michael A.Zárate, diario Perú 21.

Después de todo lo que uno ha leído y oído de usted, es surrealista verlo como diplomático. ¿En qué se ha convertido, comandante? Para serte franco, jamás se me había ocurrido ser diplomático. Más aún, mi manera de ser es algo reñida con los estilos de la diplomacia porque soy muy franco. He aprendido a no mentir. De manera que todo lo que te diga hoy estará pegado a la verdad. No oculto mis inclinaciones. No oculto quiénes son mis amigos y a quiénes repudio. ¿Y a qué persona repudia? Por ejemplo, a Bush. ¿Quién no va a repudiar a alguien que hace una guerra tan injusta como la de Irak? ¿Cómo no repudiar a alguien que sostiene el insensato y cruel bloqueo económico a Cuba? No odio a Bush porque he desterrado el odio de mi corazón, pero sí lo repudio y lo desprecio. Usted ha reconocido que esta designación como embajador es una "especie de repliegue". ¿Ha llegado la hora de colgar los guantes en la política? Recuerdo que expresé la palabra "repliegue", pero algunos piensan que estoy aquí porque me he retirado o porque me han sacado del juego. Yo solicité ser embajador. Tengo aquí a mi esposa peruana (Marcela Pérez) y a tres hijos peruanos. Uno de ellos es autista, Sebastián (9 años). Él tiene un apego tan grande conmigo que me remuerde la conciencia no estar a su lado. Me siento mal sabiendo que me necesita. Y yo lo necesito a él. Su esposa regresó al Perú hace dos años, pero aquella vez usted prefirió no acompañarla. ¿Cómo pudo mantener la relación con ella? Es que si ella hubiera tenido alguna otra relación, me lo habría dicho. El no mentir lo aprendí de ella. Le he dado el derecho de hacer de su vida lo que quiera, pero ha decidido quedarse conmigo. Y no me explico eso. Cómo es posible que siendo tan joven, tan hermosa y tan talentosa esté enamorada de mí. Yo le digo en broma: "Debe ser que te gustan los museos", porque lo primero que pregunta al llegar a una ciudad es dónde están los museos. Usted debería hablar con Menem. (Risas) Ahhh, no. Ese es un matrimonio de otra naturaleza. No se parece al mío. Marcela no es una reina de belleza ni una vedette, ni yo soy Carlos Menem. afortunadamente. ¿Por qué afortunadamente? Te voy a contar algo de Menem. Una vez pasé por Buenos Aires y él me visitó para contarme que iba a ser el candidato del Partido Justicialista. Me dijo: "Lo primero que haré como presidente es visitar Cuba y Nicaragua para mostrarle a estos yanquis hijos de puta lo que yo soy". ¡Y lo primero que hizo fue arrodillarse ante los yanquis! Un mentiroso, un demagogo, un politiquero. ¿Sabes de quién más no aprendí a mentir? De Fidel Castro. Es una opinión cuestionable. Ni el más eximio de los presidentes justifica un régimen de casi cincuenta años. Yo le pregunté a Fidel Castro eso. Le dije que cuando un hombre llega a cierta edad debería apartarse y él me dio la razón, pero me dijo que él era prisionero de una circunstancia política. Hay que tener en cuenta las condiciones particulares de la Cuba revolucionaria. Cuando una persona tiene una autoridad tan grande, se vuelve imprescindible y necesaria. Fidel es un caso excepcional. ¿El gobierno de Daniel Ortega en Nicaragua no se parece hoy en cierto sentido al de Alan García? ¿Ambos no desean reinventar su historia? Bueno, los errores que cometimos no fueron los mismos que García. Afortunadamente para Nicaragua. Tal vez lo que ustedes llaman errores hayan sido virtudes de García. Alan era muy joven en aquel entonces y algunos de sus entusiasmos eran virtudes. ¿Qué entusiasmo de García le pareció una virtud? Su posición frente a la deuda externa, que tal vez no sea la misma que sostenga ahora. Para mí fue una virtud, un anhelo de Alan García producto de su idealismo en aquel momento. ¿Y cómo ve a este Alan García versión 5.0, que se reúne en Washington con Bush, a quien usted tanto repudia? Es una versión nueva y respetable. No censuro al Alan García de hoy. Reunirse con Bush no significa necesariamente identificarse a plenitud con su política. Alan puede reunirse mañana con Fidel. Es más, voy a propiciar una reunión con Daniel (Ortega). ¿Cuál fue el mayor error del régimen sandinista de los ochenta? El número de virtudes de la revolución sandinista es muy superior al de sus errores. Pero no se puede hablar de un solo error. Nosotros caímos en la arrogancia del poder. Al margen de nuestra voluntad, hubo objetivamente algunos casos de violación de los derechos humanos en zonas de guerra. El gobierno sandinista cometió violaciones de los derechos humanos. Sí, al margen de la voluntad de los gobernantes. En una guerra cruel como esa se originan hechos que uno no puede controlar y que quizá sean insoslayables, pero que objetivamente son violaciones de los derechos humanos. ¿Tiene usted la conciencia tranquila? Totalmente. No solo en eso, sino en todo. Te lo aseguro. Cuando era ministro del Interior tenía mucho poder. Visitaba las cárceles y no era censurado porque maltratara a los prisioneros, sino porque los ponía libres. Encontraba a uno enfermo y lo mandaba a su casa, abusando incluso del poder, pero en bien de los prisioneros. Usted fundó el Frente Sandinista en 1961 y años después cayó preso por sus acciones guerrilleras. Sí. Caí preso en un enfrentamiento con la Guardia (del régimen somocista). Permanecí encapuchado y esposado durante nueve meses. Un día llegó el jefe de los oficiales a interrogarme, pero yo no decía una palabra. Y le dije al oficial: "Cuando triunfe la revolución me voy a vengar de ti". El oficial soltó una carcajada. Cuando venció la revolución, capturaron a este oficial y me lo llevaron. Yo le mencioné: "¿Te acuerdas lo que te dije? ¿Te acuerdas que me iba a vengar de ti?". ¿Y cómo se vengó de él? Mi venganza –le dije– es perdonarte. Y lo puse libre. Esto dio origen a una bellísima canción de Luis Enrique Mejía, Mi venganza personal. ¿Qué libertad halla uno en la cárcel? Ahhh. no tienes idea de lo que es tener una convicción profunda y ser leal a ella. Es una satisfacción que no la tiene nadie, solo el que ha pasado por esa prueba. Para mí la cárcel fue satisfacción más que tortura. ¿Cómo torturaban los somocistas? Golpeando. No empleaban las refinadas torturas de los uruguayos o los argentinos, pero tenían una tortura muy cruel. Me tuvieron meses en un cuarto completamente desnudo con un aire acondicionado intenso. Le llamaban "el cuarto helado". Todo el día la pasabas temblando, pero curiosamente no me dio pulmonía. No sé por qué. Su liberación se logró a raíz de la toma del Congreso en 1978, a cargo del Comandante Cero, quien luego se enfrentó al sandinismo. ¿Quién es para usted Edén Pastora? Edén Pastora es un hombre con virtudes. No ambiciona poder ni dinero, sino el reconocimiento de sus hazañas. Es lo único que le interesa. He llegado a apreciarlo a pesar de que estuvimos en campos enemigos. Puedo decir, incluso, que soy amigo de Edén Pastora. Vaya. ¿Cuándo fue la última vez que conversó con el Comandante Cero? Hace algunos meses. Edén es un hombre de una conversación muy amena. Siempre estamos dándonos bromas y hablando con alegría. Es un buen muchacho. ¿Por qué puso a sus hijas los nombres de Birmania y de Bolivia? Tenía una admiración muy grande por Bolívar. Si hubiera tenido un hijo le habría puesto Bolívar, pero como no lo tuve aquella vez le puse a mi hija Bolivia. Y lo de Birmania no me acuerdo. ¡Fíjate que sí me acuerdo! Yo le iba a poner Britania, pero a la hora de inscribirla se equivocaron y le pusieron Birmania (risas). Así se quedó. Birmania ya murió de cáncer. ¿Y Bolivia? Bolivia se suicidó cuando yo estaba en la cárcel. ¿Por qué se suicidó Bolivia? Ella ya había caído. espérate. te voy a mostrar el trozo que escribí en mi libro La paciente impaciencia. No te vayas sin leerlo, muchacho. (Transcurren varios minutos) ¿Puedo leer el fragmento? Claro. "Mi hija, que era la fotografía ambulante de mis gestos primarios y a quien amaba como a un pajarito herido, tomó una dosis excesiva de tranquilizantes. Aquel corazón, que aceleraba los afluentes de mi ternura, se paralizó". Así fue como sucedió. Fíjate que yo aún no puedo leer ese fragmento. ¿Uno puede llegar a superar la muerte de un hijo? No se puede. Yo he perdido dos hijas. ¿Tienes hijos ya, muchacho? No, comandante. Ahí vas a ver qué terrible es preocuparse por los hijos. En medio del amor está la angustia de que les pase algo. Vivo siempre angustiado cuando estoy lejos de mis hijos. ¿Fue usted amigo de Víctor Polay? No fui amigo, pero lo conocí. Llegó a Nicaragua y me acuerdo de que le aconsejé: "No pongas bombas, no hagas actos de terrorismo". Él me respondió que, en todo caso, pondrían bombas, pero siempre avisarían para que la gente se fuera del lugar. "Es preferible no ponerlas", le dije. Ahora lo he vuelto a ver. ¿Ha estado en la Base Naval?

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