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La legendaria comandante salvadoreña Ana María y las circunstancias de su asesinato, por Julio López

Trascripción de María Luisa Atienza Salamero. | 15 de Junio de 2007 a las 00:00
En la madrugada del 6 de Abril de 1983, ocurrió un evento trágico en Managua: asesinaron brutalmente a una de las más importantes dirigentes del movimiento revolucionario salvadoreño, la comandante Ana María, cuyo nombre real era Mélida Anaya Montes. En aquéllos años, Julio López Campos era el jefe del Departamento de Relaciones Internacionales del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y en esa calidad, mantenía estrechos vínculos con Ana María y toda la conducción los guerrilleros salvadoreños. López Campos fue testigo excepcional de los eventos que sucedieron al asesinato de Ana María. Durante estos 24 años, nunca ha querido hablar –ni en público ni en privado– de aquéllos hechos. Hasta ahora. Y lo ha hecho este viernes en «Causa y Efecto» su programa de Radio La Primerísima. Además: Sepultan a comandante Ana María en su pueblo natal Esta es la trascripción, con una mínima edición periodística: He decidido compartir con ustedes, por lo menos algunos aspectos de lo que en mi vida ha sido uno de los momentos más duros, más difíciles. Y sin duda de un impacto profundo en nuestros sentimientos y en nuestra conciencia política. Hoy voy a compartir con ustedes, y lo voy a hacer por primera vez, algunos datos, algunas informaciones sobre el asesinato de la Comandante Ana María, aquella formidable dirigente del Movimiento Revolucionario Salvadoreño. Mélida Anaya Montes, era su nombre. Y fue asesinada en Managua, en los primeros días de abril de 1983. Los restos de Ana María fueron exhumados este fin de semana, llevados discretamente a El Salvador, ahí en el pueblecito donde ella nació, en el centro de ese pequeño país. Y entonces, pensé que: "nos encontramos en el año 25 del asesinato de Ana María". Y me dije: "bueno, 25 años, quizás ya podamos comenzar a contar algunas cosas". Quiero recordar a unos y hacer saber a otros, que durante prácticamente toda la década de los 80, me correspondió la responsabilidad de Jefe del aparato internacional del Frente Sandinista. Y desde esas responsabilidades teníamos el compromiso de atender las relaciones políticas con los movimientos revolucionarios, con los dirigentes revolucionarios. Y obviamente un capítulo muy especial, muy particular de esa atención, representaba para nosotros las relaciones con los dirigentes revolucionarios de El Salvador. En aquellos momentos, se acuerdan ustedes, de un auge impresionante de la lucha del pueblo salvadoreño. Estábamos acostumbrados a vivir en contacto periódico con los dirigentes revolucionarios salvadoreños. Y sin duda alguna, una de las personalidades más atrayentes de esos dirigentes, era sin duda, la Comandante Ana María. Ella ya era una persona de una edad madura –Ana María fue asesinada a los 53 años– y tenía una historia formidable. Maestra de toda su vida, fundadora de ese Movimiento que marcó en diferentes momentos la historia política de las luchas sociales en Centroamérica, ANDES (Asociación Nacional de Educadores Salvadoreños) el movimiento de los maestros salvadoreños. Y esa condición de maestra seguramente tuvo una influencia importante en la conducta política de Ana María. Ella sabía explicar de manera pedagógica sus ideas, sus convicciones, tenía una enorme capacidad para comunicarse, un rostro sonriente, una actitud optimista, pero sobre todo, tenía una historia personal que hacía de ella, sin duda alguna, un paradigma, un referente de primera importancia, en las fuerzas revolucionarias salvadoreñas. Ana María había surgido desde maestra, hasta alcanzar las principales posiciones dirigentes de una de las más –o quizás la más– importantes de las organizaciones revolucionarias de su época. Y había pasado por todos los vaivenes y recorridos y etapas del Movimiento Revolucionario hasta formar parte junto a Marcial (Salvador Cayetano Carpio), de las más altas responsabilidades de una organización guerrillera. En el Movimiento salvadoreño había bastantes compañeras mujeres con responsabilidades; la mayoría de ellas, jóvenes. Pero sin duda nadie con el recorrido, con la estatura política, con aquellos trazos formidables de aquella maestra, convertida en uno de los dirigentes más importantes de las Fuerzas Populares de Liberación, las FPL. Y cuando teníamos la oportunidad de hablar con ella, disfrutábamos enormemente, verla, oírla, escucharla... ella producía en su interlocutor un sentimiento de enorme respeto. Un día de tantos, en abril del 83, uno de los compañeros que trabajaban conmigo en la atención a los movimientos revolucionarios, me llama desaforado y me dice que habían matado a Ana María. No podíamos creerlo, y obviamente, inmediatamente, nos desplazamos a la casa donde ella vivía, allá en los entornos del INCAE. Y cuando llegamos allí, ya se encontraban todos los principales responsables de la Policía Sandinista, y de la Seguridad del Estado. No voy aquí en este relato, a mencionar nombres, a no ser que ya estén muertos, para no asociar a personas con quienes no hemos conversado sobre el tema. Cuando llegamos allí, el escenario era tenebroso, porque Ana María no solamente había sido asesinada, sino que había sido asesinada de manera brutal, incomprensible para nosotros en aquellos instantes. Creo, si mal no recuerdo, que dijeron que fueron más de 80, las puñaladas. Aquello era terrible. Para alguien que sabía de su importancia, y por quien los sandinistas teníamos una estima profunda, ver aquel cuadro aquella mañana, era dantesco, era cruel. Obviamente, se dieron las instrucciones a esclarecer aquel caso. Todo mundo conmovido. Recuerdo muy bien las discusiones preliminares que tuvimos con los principales responsables de la Dirección Nacional y pensamos, en aquel momento, en tres posibilidades. La primera posibilidad que vino a nuestra mente, era que eso podía ser el fruto de una operación del ejército, de los órganos de inteligencia del ejército salvadoreño o del gobierno salvadoreño. Fue la primera cosa que pensamos. Dijimos: "detectaron a Ana María y la asesinaron". La brutalidad con que fue asesinada, nos hizo pensar que era obra de los enemigos del pueblo salvadoreño La segunda posibilidad, la segunda hipótesis con que se arrancó las investigaciones, era que no se podía descartar que algún aparato especializado de la CIA pudiese haber cometido ese horrendo crimen con la finalidad de fomentar la división del movimiento revolucionario y tratar de poner en una situación política complicada al gobierno sandinista. La tercera y última hipótesis, y que se tenía que tomar en cuenta (porque los compañeros de la Policía, de la Seguridad, por su oficio, por su profesión, necesariamente la incluían), era que no podía descartarse la posibilidad de que fuera el fruto de discrepancias o disensiones, en el seno del movimiento revolucionario, o incluso en el seno mismo de la Organización de Ana María. Así, las cosas, comenzaron las investigaciones. Lo primero que hizo la Policía, fue hacer uso de los perros, y los perros siguieron una huella, y esa huella condujo hasta una casa, donde vivían varios refugiados salvadoreños y la casa correspondía a compañeros que pertenecían a las FPL, es decir, a la fuerza política a la que pertenecía la Comandante Ana María. Eso hizo pensar con mayor rapidez a los compañeros de la Policía y de la Seguridad, que había que trabajar la posibilidad de que ese horrendo crimen, fuese el resultado de discrepancias al interior de las fuerzas revolucionarias Costó aceptar esa hipótesis de trabajo, hay que decirlo, pero la mentalidad policial no descarta ninguna posibilidad. De manera que se inició un proceso de investigación, que seguía las tres posibilidades, y rápidamente las sospechas condujeron al jefe de la seguridad personal del principal dirigente de las FPL, Salvador Cayetano Carpio, el comandante Marcial. Las investigaciones indicaban que su jefe de seguridad personal, había estado directamente involucrado en el asesinato. (N. de R.: habla de Rogelio Bazzaglia, quien en ese momento tenía 29 años, cuyo seudónimo era Marcelo). Aquello parecía aún más increíble, porque resulta que Ana María había sido la compañera de Marcial, la esposa de Marcial, por muchos años. Y Ana María era además, para decirlo en términos de autoridad política, la segunda persona en importancia en las FPL, después de Salvador Cayetano Carpio. Pero la cosa era más terrible aún, la cosa se volvió más terrible, porque si el jefe de la seguridad personal de Marcial había sido –casi seguro– el asesino de Ana María, eso significaba entonces, que estaba en peligro la vida de Marcial, y de quién sabe cuántos dirigentes más. Pero antes de llegar a eso, quiero retroceder un poco. Muerta Ana María, había que informarle al comandante Marcial. Marcial se encontraba en esos días en Libia, en un evento internacional que habían organizado los libios. Y había que darle la terrible noticia del asesinato de Ana María, asesinada además, en Managua. Nos correspondió la terrible responsabilidad de tener que llamar a Marcial a Libia, y tener que informarle. Ya no recuerdo qué expresiones usamos para decirle que... la noticia de que quien había sido su esposa por muchos años, una de las principales dirigentes de su organización política, había sido asesinada. Queríamos saber también qué hacer, cómo proceder en esas circunstancias. Marcial dijo que se vendría inmediatamente de Libia, que enterráramos a Ana María aquí, y que él vendría a las exequias de Ana María. Recuerdo que fuimos a esperar a Marcial al aeropuerto, para traerlo directamente al acto que se realizó en la placita aquélla de la Comandante Ana María (en el mercado Roberto Huembes, de Managua). Para que no hubiesen problemas, fui a buscar al jefe de la seguridad personal de Marcial, es decir, a Marcelo, es decir, al que asesinó a Ana María, para que fuésemos juntos a traer a Marcial. Y entonces, me fui con Marcelo, que no sabíamos en ese momento que había sido el asesino de Ana María. Fuimos a traer a Marcial al aeropuerto. Recuerdo que del aeropuerto pasamos directamente a la oficina de Daniel Ortega (en ese momento, coordinadora de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional), porque obviamente había que hablar con Marcial de esas terribles circunstancias. Recuerdo incluso que Marcelo entró también y estuvo un momento en esas oficinas, en esas conversaciones. Terminaron las pláticas con el presidente Ortega y nos fuimos entonces, al acto político en homenaje a Ana María. Me fui con Marcial y con Marcelo. Nunca había pasado por nuestras cabezas, en esas circunstancias y en esos momentos, la idea de lo que sabríamos después: que Marcelo había sido el asesino de Ana María. Días mas tarde, las investigaciones policiales establecieron las responsabilidades. No había dudas, Rogelio Bazzaglia, más conocido como Marcelo, jefe de la seguridad personal de Marcial, había sido, junto con otros compañeros, los responsables directos del asesinato. (Los otros fueron: Julio Armando Sosa Orellana, cuyo seudónimo era Efrén; Santos Andrés Vásquez Molina, seudónimo Jacinto y Walter Ernesto Elías, conocido como Francisco). Entonces, vino el drama. Si el jefe de la seguridad, había sido el asesino, este hombre, ¿en nombre de quién cometió ese crimen? ¿era un agente del enemigo? ¿era un agente del gobierno salvadoreño? Si ese era el caso, la situación era terriblemente peligrosa para los dirigentes revolucionarios. La verdad de las cosas –y no tenemos mucho tiempo– es que Marcelo, no fue el instrumento de ningún organismo exterior enemigo. Realmente había actuado por instrucciones de Marcial. Nosotros sabíamos de las diferencias entre Ana María y Marcial. Ana María no compartía con Marcial, el exceso de concentración de poder en Marcial. Ana María quería una mayor participación de las diferentes instancias de conducción de las FPL. Ana María tenía una visión crítica de la estrategia de lucha de las FPL, y pensaba que había que darle una mayor relevancia a todas las expresiones del trabajo político. Y quizás por su condición de maestra, es decir, esa capacidad de vincularse con gente de diferentes ideas, orígenes, tenía ella una visión de mayor apertura y estaba decidida a llevar ese debate y esa discusión a las más altas instancias de las FPL. En aquellos momentos, Marcial era sin duda el más importante dirigente revolucionario de El Salvador, después de Farabundo Martí, escúchese bien, después de Farabundo Martí. En la historia revolucionaria salvadoreña, seguramente nadie había alcanzado un nivel de fuerza política, de representatividad, de trayectoria, de respeto, por aquel viejo dirigente, con una historia sin duda, formidable. Marcial, el más importante de los dirigentes revolucionarios de El Salvador. De una historia de compromisos y de luchas, que era la admiración de todos aquellos que le conocieron o que supieron de su vida... Fruto de aquellas cosas terribles que solo puede producir el ser humano; fruto del dogmatismo, del sectarismo, de atribuirse para él la propiedad sobre las certezas y las verdades de las luchas revolucionarias, cometió un delito imperdonable. A través de su jefe de su seguridad, un hombre de su absoluta confianza, asesinar a quien sin dudas, será, seguramente, en toda la historia del movimiento revolucionario salvadoreño, una de las más grandes dirigentes, y sin duda, un paradigma de las mujeres de ese pueblo. Queremos entonces, ahora que exhumaron su cuerpo, recordar a Ana María. No tengo la menor duda que el FMLN, allá en El Salvador, sabrá hacer lo suyo para rendir homenaje a esta mujer extraordinaria.

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