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Los sacerdotes progresistas también eran espiados por la CÍA, revelan documentos desclasificados

Diario Página/12, de Argentina. | 2 de Julio de 2007 a las 00:00
Según un documento desclasificado esta semana, a fines de los '60 la CIA estaba obsesionada con la posibilidad de una alianza entre el comunismo y la Iglesia en la región. Para la agencia, el énfasis que ponían los curas tercermundistas en la justicia social era un peligro.

Por Por María Laura Carpineta

En los años de la Guerra Fría, cualquier cambio o posibilidad de cambio en América latina encendía alarmas en Estados Unidos. Uno de los documentos de la CIA desclasificados esta semana junto con las Joyas de la Familia demuestra que a finales de la década del sesenta, la Iglesia Católica empezaba a ser una preocupación para el Gran Hermano de la región. "La Iglesia comprometida y el cambio en América latina" detalla país por país cómo la institución católica, post Concilio II, comenzó a abogar más por la justicia social y las libertades. "Lo que durante mucho tiempo fue considerada una institución dedicada al mantenimiento del statu quo es ahora una fuerza que busca el cambio en una zona que ha demostrado poca capacidad para lidiar con la inestabilidad política y económica y con las tensiones que ya existen", concluía entonces la CIA. Y luego advertía: "Su compromiso con la justicia social es probable que impida los programas económicos actuales y, por lo tanto, que contribuya a crear una mayor inestabilidad política y económica". Para analizar la situación de la Iglesia en la región, la agencia de Inteligencia estadounidense divide primero al clero en cuatro grupos: los reaccionarios –todavía en control de las altas jerarquías–, los no comprometidos –el grueso de la institución–, los progresistas –una importante porción del obispado en pleno ascenso– y los radicales –-minoritarios, admite, aunque "peligrosos"–. Con nombre y apellido y una precisión que demuestra la presencia constante y casi omnisciente de la agencia en las naciones latinoamericanas, el informe sitúa a las principales figuras del clero de cada país en estas categorías. "La situación más seria parece ser la de Brasil", aseguraba el texto fechado en 1969. Según la CIA, el gobierno de Joao Goulart venía apoyando al ala progresista de la Iglesia, e incluso a la que Washington denominaba radical. Sin embargo, con el golpe de Estado de 1964, la alianza se quebró, aunque el informe destaca que todavía quedaban algunos denominados reaccionarios para mantener las relaciones con la dictadura, los entonces arzobispos de Río de Janeiro y de San Pablo, el cardenal Jaime de Barros y Angelo Cardinal Rossi, respectivamente. En la Argentina, por supuesto, no se vivía ese nivel de confrontación institucional. "Los elementos reaccionarios y no comprometidos de la Iglesia dieron una bienvenida muy calurosa al golpe militar de junio de 1966", aseguraba la agencia de Inteligencia y destacaba las figuras del entonces arzobispo de Buenos Aires y de Santa Fe, los cardenales Antonio Caggiano y Nicolas Fasolino. Sin embargo, la CIA advertía sobre la creciente militancia política o cercanía de algunos curas de base con los movimientos obreros y estudiantiles. El Movimiento de los Curas del Tercer Mundo, en donde confluían los ideólogos de la Teoría de la Liberación de la región, es identificado como un grupo radical, es decir, que estaba a favor del uso de violencia para alcanzar cambios sociales, económicos y políticos. La CIA, recordando el ejemplo del cura colombiano Camilo Torres, que dejó los hábitos, se sumó a la lucha armada y se terminó convirtiendo en un mártir y un símbolo para muchos religiosos y luchadores sociales, explicaba la amenaza latente. "Es lógico asumir que varios tipos de comunistas y otros izquierdistas extremos están intentando penetrar los sectores comprometidos de la Iglesia Católica en América latina", sostenía. Si se permitía que estos acercamientos prosperaran, pronosticaba la agencia, las relaciones entre la Iglesia y el Estado argentino podrían deteriorarse. Siguiendo el discurso de la Guerra Fría, toda amenaza debía estar relacionada, al menos tangencialmente, con el brazo largo del comunismo. Para justificar esta alianza –no respaldada en ningún análisis histórico serio sobre la época ni por los mismos comunistas– la agencia de Inteligencia estadounidense cita un extracto de un conferencia que dio el cura colombiano René García Lizarralde, uno de los firmantes del emblemático Mensaje a los Pueblos del Tercer Mundo (Colombia, 1967), en el que obispos y curas de todo el mundo alzaron su voz a favor de la justicia social, la libertad política y denunciaron a los gobiernos que atentaban contra estos principios. Según el informe, García Lizarralde les habría dicho a sus alumnos que era fundamental abrirse al marxismo porque esta ideología proveía la metodología necesaria para los revolucionarios cristianos. Es cierto que en su análisis, la agencia de Inteligencia estadounidense reconoce que todavía faltaba mucho para que los elementos "radicales" tomaran las riendas de la siempre conservadora Iglesia Católica. Sin embargo, el verdadero temor de la agencia y de los elementos más duros de Washington era el avance y la aceptación dentro de las estructuras eclesiásticas de las figuras progresistas que buscaban el cambio, pero sin la violencia y siempre desde dentro de la institución. Chile era el ejemplo del poder de una Iglesia reformista y moderna, que se alejó de las tradicionales clases altas –"los grandes terratenientes" que en el resto de la región promocionaban golpes o gobiernos conservadores– para apoyar un proyecto moderado como el de la Democracia Cristiana de Eduardo Frei. Pero como demostró la historia, a pesar de los cambios que introdujo Juan XXIII con el Concilio II, las cúpulas de la Iglesia Católica en América latina –y en el resto del mundo– no fueron cooptadas por los pocos obispos progresistas ni mucho menos por los supuestos curas radicales, que en cambio se sumaron a la lista de enemigos de las dictaduras de los oscuros años setenta y muchos terminaron engrosando las largas listas de asesinados y desaparecidos.

El «avance comunista» en Latinoamérica

Más allá de las fuerzas políticas dominantes de cada país, el comunismo era la verdadera obsesión de Estados Unidos cuando el mundo estaba dividido en dos. Por eso, a pesar del poco peso que tenían en general los Partidos Comunistas (PC) en América latina, Washington dedicó sus esfuerzos y operaciones de Inteligencia a conocer sus debilidades y sus diferencias internas. Con un detalle que asombra, la CIA describió todas las tensiones internas de los PC latinoamericanos, especialmente la división entre los que apoyaban el liderazgo soviético y los que abogaban por un acercamiento a China. Pero, como demuestra un documento de la CIA desclasificado esta semana junto a las Joyas de la Familia, los agentes de inteligencia estadounidenses aprovechaban estos informes para deslizar advertencias a Washington sobre los gobiernos latinoamericanos, civiles y militares, que podían llegar a comulgar con la tan demonizada ideología. A principios de la década del sesenta China y la Unión Soviética rompieron su alianza estratégica y abrieron una discusión en todos los PC del mundo, que debían ahora asumir un bando. En América latina la elección fue clara. El alineamiento con la Unión Soviética fue casi total, excepto por algunas excepciones que la CIA se ocupó de investigar y destacar. El documento titulado "La lucha sino-soviética en el movimiento comunista en Cuba y América Latina" describe principalmente cuatro casos: Cuba, Venezuela, Ecuador y Perú. Según los agentes de Inteligencia estadounidenses, éstos fueron los países de la región en donde más se sintió la influencia china. En Venezuela, por ejemplo, la CIA sostenía que la puja entre pro-chinos y pro-soviéticos había frenado la creación de una guerrilla comunista como la cubana. Siempre según el informe, el acercamiento a Beijing de importantes dirigentes comunistas venezolanos después de la crisis de los misiles en 1962 habría provocado una tensión entre el PC venezolano y Moscú, que le habría negado armas y apoyo concreto para iniciar una guerra de guerrillas. Según las investigaciones de la CIA, ante la negativa de su mayor promotor, la cúpula del partido habría acudido a La Habana. Fidel Castro, que en aquel momento consolidaba su alianza con el régimen soviético, se habría excusado y le habría propuesto que buscara ayuda en otros países amigos como Argelia. Pero la CIA no estaba interesada sólo en cómo los comunistas se peleaban entre ellos, sino que aprovechaba estos informes para alertar a Washington sobre los gobiernos que no se pronunciaban abiertamente anticomunistas. Los agentes de Inteligencia advertían que el gobierno ecuatoriano de Carlos Julio Arosemena –el vicepresidente de José María Velasco que asumió después del golpe de 1961– "coqueteaba" con las fuerzas comunistas. Destacaban que el nuevo presidente ecuatoriano demostraba una actitud ambigua con el líder de la Revolución Cubana y les otorgaba "beneficios" a los comunistas en el país. Washington no debió preocuparse mucho por este "avance comunista" porque menos de dos años después una junta militar derrocó a Arosemena y comenzó una represión implacable contra los comunistas. Llamativamente, el otro presidente latinoamericano cuestionado por el informe de la CIA por sus supuestos vínculos con los movimientos comunistas también sufrió la misma suerte que Arosemena. João Goulart, como su par ecuatoriano, había asumido en 1961 después de que su compañero de fórmula renunciara. "El presidente Goulart es un oportunista que subió al poder con el apoyo de la izquierda", describía la CIA. Las críticas de la agencia de Inteligencia sobre la tendencia del entonces gobierno brasileño deben haber generado mucha preocupación entre los espías norteamericanos, que calificaban a Brasil como el "principal objetivo del comunismo en el hemisferio occidental". En el documento también se mencionan los nombres de diputados, gobernadores y otras figuras relevantes de la política brasileña que tendrían una cercanía ideológica con los comunistas.

El intruder

Por Santiago O’Donnell En los 15 años que lleva destapando y divulgando secretos del gobierno de los Estados Unidos, Carlos Osorio encontró muchas "perlas", como él las llama. Entre otras, los manuales que elaboró la CIA para instruir en diversas técnicas de asesinato a los militares guatemaltecos que conspiraban contra Arbenz; los organigramas completos de los aparatos de Inteligencia del Chile pinochetista y de El Salvador de D’Aubisson; el nombre del agente de Manuel Noriega que asesinó a un cura en Panamá, evidencias del autogolpe de Bordaberry en Uruguay, pistas concretas de la responsabilidad de Echeverría en la masacre de Tlatelolco y la confesión del represor argentino Guillermo Suárez Mason a un embajador norteamericano: "firmé entre 50 y 100 sentencias de muerte por día". Gran parte de esa información fue aprovechada por jueces y fiscales en distintos juicios y por comisiones de la verdad, historiadores y agrupaciones de derechos humanos locales e internacionales para reconstruir la memoria de los actos de terrorismo de Estado cometidos en la región en nombre de la lucha antisubversiva durante los últimos 40 años. Osorio trabaja para una fundación con sede en Washington llamada The National Security Archives, que se dedica a la desclasificación de documentos secretos estadounidenses. En estos días la fundación estuvo en las noticias por haber obtenido, tras 15 años de insistencia, la publicación de las llamadas "joyas de la familia" de la CIA, una serie de documentos que detallan las actividades ilegales de la agencia durante la Guerra Fría, incluyendo en intento de asesinar a Fidel Castro en 1961 con la ayuda de dos miembros de la mafia neoyorquina. La novedad encontró a Osorio en Buenos Aires, adonde vino para reunirse con el equipo de la Unidad de Apoyo a las Investigaciones sobre Terrorismo de Estado a cargo del fiscal Félix Croux, para canalizar el aporte de documentación relevante a varias causas de derechos humanos, entre ellas la del Plan Cóndor y la de las desapariciones durante la contraofensiva de Montoneros de 1979. Viene de Uruguay, donde la semana pasada entregó documentos sobre el llamado Tercer Vuelo de la Muerte, que derivó en la apertura de una investigación penal, y mañana parte a Paraguay para firmar un convenio con la Corte Suprema de ese país para crear una base de datos de violaciones a los derechos humanos. Después de tanto leer documentos que describen dictaduras y escuadrones de la muerte latinoamericanos, ahora se invirtieron los roles y son los latinoamericanos quienes hablan de las torturas y los atropellos jurídicos que promueve el gobierno norteamericano. Osorio se refiere a los manejos en las cárceles de Irak, Afganistán y Guantánamo con una mezcla de vergüenza e indignación. "Es como un déjà vu", masculla en un hotel del centro, mientras apura un café con leche. "Me acuerdo de un documento en el que el subsecretario de Estado de Reagan les explicaba a los generales de la dictadura argentina los pasos a seguir para salir de su aislamiento internacional en 1978. Primero tenían que identificar a todos los detenidos bajo su jurisdicción. Segundo tenían que comprometerse a juzgarlos de acuerdo a derecho y tratarlos dignamente. Y la lista seguía con más exigencias. Hoy en Guantánamo y en las cárceles secretas de la CIA no se sabe cuántos prisioneros hay, ni de dónde vienen, ni de qué se los acusa y el trato que reciben dista mucho de ser digno." La fundación de Osorio funciona en un edificio prestado del campus de la Universidad de George Washington en la capital norteamericana. Allí, Osorio y los otros 22 empleados de la fundación y un equipo de analistas e investigadores contratados juega a las escondidas con las agencias del gobierno norteamericano. Es un juego que se parece al que practican los chimenteros de Intrusos en el espectáculo. Pero, más que un intruso, Osorio vendría a ser un intruder, porque en vez de ocuparse de la farándula local, él se dedica a revelar los secretos y mostrar las miserias del gobierno de Estados Unidos y sus aliados ocasionales. El juego del intruder es así: primero los investigadores de la fundación se enteran de un secreto o identifican un tema en el que intuyen que el gobierno esconde secretos. Después le piden, o más bien le exigen, al gobierno que haga público el material secreto que tiene referido a ese tema, ya sea informes de Inteligencia, cables diplomáticos, directivas secretas o lo que fuera. El gobierno puede invocar ciertas excepciones que le permite la ley para esconder algunas cosas, pero otras las tiene que mostrar porque un juez eventualmente puede condenar al funcionario que esconde información sin razones válidas. El juego también se parece a la batalla naval, porque la fundación apunta los cañones y dispara 200, 300, hasta mil pedidos de información sobre un mismo tema a distintas agencias con la esperanza de hacer blanco en algún documento revelador. El juego no sale gratis. La fundación tiene un presupuesto de más de un millón de dólares por año. El 15% se cubre a través de la publicación de colecciones de documentos como "las joyas de la familia", y por eso es importante obtener material de alto impacto mediático. Pero la mayoría del financiamiento proviene de cuatro grandes fundaciones estadounidenses: la Ford, la Carnegie, la Rockefeller y la McArthur, apellidos que no se asocian fácilmente con la defensa de los derechos humanos. También hay aportes para investigaciones específicas. Algunas se ocupan del presente, como la referida, la militarización del espacio, y otras del pasado, que sirve para entender el presente, como la de la guerra de Vietnam, o la del apoyo a Bin Laden en los ’80 para combatir a los soviéticos en Afganistán. Aunque los trámites para obtener material secreto, incluyendo los distintos niveles de apelaciones, pueden durar años y hasta décadas, no existen plazos para desclasificar documentos, dice Osorio. La divulgación o no se decide en base a las órdenes ejecutivas que emiten los presidentes. "Reagan había decidido que todos los documentos son secretos hasta que se demuestre lo contrario, pero Clinton dispuso lo opuesto, o sea que las agencias debían acreditar las razones de seguridad nacional para retener un documento. Además decretó que todos los documentos deben hacerse públicos después de 25 años, a menos que haya razones poderosas para que sigan siendo secretos. Bush hijo respetó el criterio impuesto por Clinton, pero no le dio el mismo aliento. Ahora todo es más difícil", explica el especialista. Por eso puede resultar llamativo que se dé a conocer justo ahora la serie de "las joyas de la familia", pero Osorio no se muestra sorprendido. "Es una colección que se venía trabajando desde hace mucho tiempo y que estaba lista. La mayoría de la información ya había salido publicada en los diarios. La CIA debió pensar que su publicación servirá para limpiar la imagen de la agencia con un acto de supuesta transferencia en un momento en que se encuentra muy cuestionada." Osorio, de 50 años, es hijo de la globalización. Nacido y criado en El Salvador, estudió ingeniería la Universidad de Chile y volvió a su país para partir al exilio durante la guerra civil. Antes de recalar en Washington fue vocero de la guerrilla salvadoreña del FMLN en Ottawa, Canadá. En estos días enfrenta lo que él llama "un dilema ético". Por un lado le gustaría estar más involucrado en el incipiente movimiento de derechos civiles surgido a partir del 9-11 y la pérdida de libertades individuales en aras de la guerra contra el terrorismo. Pero por otro lado reconoce la enorme importancia de su trabajo en Latinoamérica y no quiere dejarlo de lado. "Siempre hay algo para hacer. Ahora me interesa mucho la situación en Venezuela. Estamos haciendo varios pedidos de desclasificación vinculados al apoyo que se le dio al golpe fallido contra (el gobierno de Hugo) Chávez. Hasta ahora no se ha vinculado la política exterior autónoma e independiente de Chávez con la guerra al terrorismo, pero hay que estar muy atentos, porque alguien puede intentarlo. También estamos procurando documentos sobre el ejército colombiano, su relación con los paramilitares y el conocimiento que existía de las masacres y desapariciones que ocurrieron en ese país." Cuando se le pregunta por las "perlas" que guarda en sus alforjas, el intruder contesta que tiene algunas que todavía no puede divulgar, referidas a la Argentina. Da algunas pistas pero no suelta prenda y remata con una sonrisa pícara: "Preparate porque ya te vas a enterar".

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