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Empresarios mediáticos y periodistas ¿en el mismo tren?, por Mario Fulvio Espinosa

El Nuevo Diario. | 16 de Julio de 2007 a las 00:00
La lucha por la libertad de expresión aparentemente coloca a los periodistas en el mismo tren donde viajan los empresarios y dueños de medios de comunicación social. Sin embargo, al analizar cuidadosamente los objetivos que persiguen empresarios y periodistas alrededor de esa libertad, se encuentran fisuras, sobre todo en lo que se refiere a los valores éticos que deben ser inherentes a la libertad de expresión. De un modo fundamental, los periodistas disentimos de la utilización de la libertad de expresión para fines comerciales o para conseguir prebendas, rechazamos que los valores en que cimentamos nuestra profesión, que nos fueron inculcados en la Escuela de Periodismo, sean dirigidos, de un modo primordial, a lograr la mayor ganancia posible para tener una gran cuenta bancaria en detrimento de la búsqueda del mayor bien común. Si se argumenta que una hermosa cuenta bancaria es garantía para responder a cualquier demanda judicial que se enderece contra el medio, eso involucra el despropósito de dejar sin oportunidad de defensa a los pobres y cercenar la libertad de expresión de las víctimas del amarillismo, la injuria, calumnias, mentiras y libelos de parte del sector mediático. Igual los periodistas rechazamos que la noticia, materia prima de nuestra profesión, sea vista como una mercancía para lograr el clientelismo de políticos, religiosos, empresarios y otros sectores poderosos. Eso nos conduce a condenar la politiquería, oculta o manifiesta, que da vida a ciertos medios y que, de una u otra manera, busca para ese despropósito la complicidad incondicional del periodista, violando así sus libertades de conciencia y expresión. Ser fiel al medio donde se trabaja no implica cambiar la moral ni la ética del periodista profesional. Hay que hacer notar que en la vorágine de sucesos positivos y negativos que a diario ocurren en el país, el tema de la libertad de expresión ha sido enarbolado casi en exclusiva por los dueños de medios, poca intervención hemos tenido los periodistas al respecto, y esa indiferencia es peligrosa pues conduce a admitir que no tenemos vela en ese entierro, cuando en realidad los asesinados, los enterrados, los corridos, los censurados, los inhibidos de expresarse siempre los pone nuestro gremio. Importante y necesario es decir que otro sector que resulta un "quidam" en esta discusión es la colectividad que está condicionada a aceptar de un modo mecánico, pasivo, lo que les ofrecen los dueños de medios de comunicación, sobre lo que hay mucho que decir, especialmente en materia educativa, ética, moral y cultural. Cabe añadir que ese pueblo se limita a recibir el "beneficio" de los mensajes de una comunicación que ha sido diseñada y planeada para él desde las "democráticas" directrices verticales de los medios. Se podría aducir que existe para la gente el chance de exponer sus opiniones en secciones especiales de diarios y emisoras, sin embargo, la voz del pueblo es inmensa y rebasa todos los límites y espacios, aunque a menudo es manipulada en encuestas que pasan a ser noticia con el propósito que pasen por "opinión nacional". Para concluir, cómo podríamos los periodistas viajar en el mismo tren de los empresarios si para empezar: Los empresarios y dueños de medios de comunicación han marcado su muy particular o privado campo de acción. En primer lugar son afiliados a la Sociedad Interamericana de Prensa SIP (*), organismo internacional que agrupa a los dueños de periódicos, revistas y otros medios de comunicación de los Estados Unidos y América Latina. Si los gremios periodísticos respetan el derecho que tienen los dueños de medios de organizarse como les venga en gana, no es esa la forma de pensar de los empresarios que se les eriza el pelo cuando alguien en sus instituciones menciona la palabra sindicato, colegio o cualquier otra forma de organización propia de los trabajadores y los periodistas. En estas empresas la palabra "sindicato" está prohibida y con ello vulneran la propia libertad de expresión, ya que el ser humano debe expresarse libremente no sólo con palabras o letras sino a través de otras muchas formas de organización, como constituir sindicatos, colegios, asociaciones y manifestarse de hecho como lo tengan a bien para defender sus derechos dentro de la sociedad. Si revisamos detenidamente los códigos de ética que para sus medios manejan estos empresarios, notaremos en ellos que de manera unilateral establecen normas y obligaciones que van de las empresas a los periodistas, pero en ninguna parte aparecen las normas y obligaciones que tienen los empresarios para con los periodistas. Esta presión es tanto más atentatoria a los derechos humanos y a las libertades públicas cuando se aprovecha la situación caótica que en materia laboral sufren los nicaragüenses, y que la patronal resume en la frase: "Si no te gusta nuestra política empresarial ahí está la calle, cien están esperando el empleo que estás ocupando". De sobra sabemos los periodistas que en el campo mediático quienes tienen la sartén por el mango son los dueños de medios, ellos dictan la política de sus medios sin preguntar si con ello lesionan la libertad de pensamiento, conciencia y expresión de los periodistas. Esta actitud totalmente antidemocrática contrasta con el reclamo de "justicia y democracia" que hacen a los cuatro vientos sin ningún pudor. Con esta visión nuestro periodismo está cayendo por un despeñadero donde los valores del viejo periodismo, verdad, cultura, honor, objetividad, decencia, seriedad y justicia van desgranándose de la moral ética que debe ser norte natural de la comunicación colectiva. Poco a poco esos valores apenas sí constituyen reminiscencias de un ayer más decente que se pretende enterrar. Recordemos colegas que obedeciendo a ciegas estas directrices nos convertimos en fichas de ese tipo de comunicación firmemente dirigida a la mentira, la descalificación, la anticultura, el libelo fácil, el amarillismo, la exaltación publicitaria de los vicios, la caricatura de letrina de increíbles niveles escatológicos, la sangre, la violencia y la hipocresía. Por supuesto, esa no es la libertad de expresión que debemos desear ni defender los miembros del Colegio de Periodistas. Por eso es que no viajamos en el mismo tren de los empresarios, aunque no descartamos que un día, cuando la justicia y la libertad sean valores legítimos y no subterfugios, cuando la ética, la moral y la verdad sean las bases nobles de la libre expresión, podremos los periodistas caminar de manera fraterna a lado de ellos. (*) Entre las hazañas de la SIP figura la campaña mediática feroz que encabezó en 1973 para lograr el golpe de Estado y el asesinato del presidente socialista -democráticamente electo- Salvador Allende.

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