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Gran peregrinación por las víctimas de Ayotzinapa

México D. F. Por José Cueli/La Jornada. | 5 de Diciembre de 2014 a las 09:42

El enigma de lo desconocido entre la vida y la muerte se dio cita en clamor de la marcha en solidaridad con Ayotzinapa el lunes pasado. El propósito del enigma por vivir y morir y por venir. Más exactamente por producir ese espacio invisible en que brillan los significados del destino. Juegos del poder para no gritar el dolor en el vacío. El dolor de los desaparecidos y las viudas y huérfanos unido al de los millones que "duermen" en la "pobreza extrema". Confrontar la muerte en la línea del tiempo. Un punto preciso en que puede surgir la muerte. El tiempo del dolor que ya no permite el pensar. Un hoyo del pensamiento que apareció en la marcha y se iba en un abismo de palabras vacías. Un hoyo del hambre que atraviesa la República. Hambre en que el lenguaje deja su lugar al cuerpo desnutrido para que hable por él. Trauma sicológico y dolor desorganizante de difícil rehabilitación. Lumbre de sol mañanero que apenas calienta la piel agrietada en espera de lo "inesperado".

La marcha puede ser analizada desde un pensamiento caracterizado por el cuestionamiento de todo presupuesto de privilegio al orden. Al otorgar prioridad a la constitución de la vida como huella, antes de determinar al ser humano como sujeto o conciencia. La existencia se perfila entonces como un espacio kafkiano sin fin. Una puerta conduce a otra puerta, en cada una un secreto a otro secreto, que permite buscar quiénes somos y quiénes hemos de ser. Secretos de otros, que esperan detrás de otra puerta y otra, casi siempre invisible o movediza, como paisaje visto desde un automóvil. Monstruosidad del tiempo, porque sometidos al orden de éste sufrimos una metamorfosis. Quizá podamos captar un poco de tiempo en estado puro, perdurable, más allá del presente y del pasado.

El pasado está en el presente y el presente ya estaba en el pasado. La máquina del tiempo ya estaba, es la analogía, la metáfora, la correspondencia entre dos hechos distintos, lejanos entre sí en el tiempo y en el espacio, y esencial y misteriosamente idénticos. O sea, más de lo mismo. Somos personajes en perpetua mutación, de percepciones poco confiables. Abolir el tiempo en el conflicto es encontrar el enlace entre la impresión huidiza de ahora mismo y el recuerdo de una impresión pasada. Experiencia del tiempo recobrado que cura el dolor de perder la identidad y dejar de ser uno incesantemente.

Existe la sospecha de que el lenguaje no dice exactamente lo que dice. Sentido formal que no tienen más que un sentido menor que protege, encierra, y a pesar de todo transmite otro sentido. El sentido realmente importante sería "el que está por debajo": Lenguaje además engendrador de sospecha, que en cierto sentido rebasa la forma propiamente verbal, ya que hay muchas otras cosas que hablan y no son lenguaje. Lenguajes que se articulan en forma tal que no son verbales y todos conocemos. Formas que aparecen desde los griegos y aún son contemporáneas.


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