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Hassan Nasrallah, el líder de Hamas, el más respetado en Líbano. (Diario Le Monde)

None | 20 de Julio de 2006 a las 00:00
A sus 46 años, respetado por la comunidad árabe chii y también por muchos libaneses, que le reconocen haber expulsado en el pasado al ocupante israelí, el líder de Hizbolá, un fino estratega, quizás no midió que la respuesta de Israel iba a ser tan brutal Por Mouna Naïm, diario Le Monde, París, Francia. Beirut – En su última representación de lo que él considera como su "enemigo público número uno", y del cual ha dicho estar resuelto a eliminar, el ejército israelí describe al secretario general del Hizbolá, el seyyed Hassan Nasrallah, bajo la forma de una boa lista a devorar a los libaneses y al Líbano. Impreso en centenares de libelos lanzados por aviones en las localidades del sur del Líbano, el dibujo es acompañado de una leyenda en árabe que advierte contra el hombre, acusado de un doble lenguaje: "Dulce en apariencia, venenoso en realidad". Lo que hace más punzante la anécdota, es que el único dirigente árabe cuyas palabras son tomadas en serio por los dirigentes israelíes es, según su propia confesión… el mismo Hassan Nasrallah. Para sus seguidores, el secretario general del Hizbolá es el primer "enviado de Dios y sus profetas". También es muy respetado en el seno de la comunidad chii en general. Los libaneses en su conjunto lo tratan con deferencia, porque, dicen, "nunca miente, ni habla por que sí". Ellos le atribuyen –al menos una parte– a la guerrilla del Hizbolá el mérito de haber forzado al ejército israelí, en mayo de 2000, a retirarse de la zona que éste ocupaba desde hacía veintidós años en el sur de Líbano. Para ellos, Hassan Nasrallah es quien los venga de lo que consideran la "cobardía" y la "capitulación" de sus gobiernos, por lo que también lo admiran amplios sectores de la opinión pública árabe. Él encarna para ellos un condesado de los tres iconos del siglo pasado: el egipcio Gamal Abdel Nasser, Yasser Arafat y el imán iraní Jomeini. El aludido no necesariamente apreciaría la referencia a los ex presidentes egipcio y palestino. El parecido con el padre de la revolución iraní debe, en cambio, hacerle encender el corazón. El ayatolá Jomeini es, de alguna manera, su padre espiritual. Esta filiación reivindicada y el movimiento de empatía del cual goza al interior de las opiniones públicas árabes hacen de Hassan Nasrallah un agitador inquietante, más aún siendo chii, a los ojos de los gobiernos de una región con aplastante mayoría suni. Nasrallah es acusado, no solamente por Estados Unidos e Israel sino también por algunas fuerzas políticas de Líbano, de ser el hombre de Irán y de su aliado, Siria. Él se defiende vigorosamente y, honrándose de su amistad y de su alianza con los dos países, reivindica un patriotismo libanés más allá de toda sospecha. Hassan Nasrallah tiene por otro lado una aversión casi visceral por el movimiento yihadista de Al Qaeda que, en su opinión, desfigura el islam. Poco le importa que el Hizbolá sea ubicado en la lista de las organizaciones "terroristas" en algunos países occidentales: la resistencia al ocupante, subraya, es un derecho legítimo. Nasrallah está animado por una fe inquebrantable en la justifica de la causa que defiende: el rechazo de la ocupación y de todos los comportamientos que de ella se derivan. Israel, en su vocabulario, es "la Palestina ocupada", pero ha circunscrito la lucha de Hizbolá a los límites del territorio libanés, del cual se pretende el heraldo de la liberación de las partes todavía ocupadas y el defensor contra "toda veleidad futura de agresión israelí". Hace un poco más de catorce años que Nasrallah fue encumbrado al frente de Hizbolá. Él accedió a esta función después del asesinato por Israel, en febrero de 1992, de su predecesor, Abbas Moussawi. El título de "seyyed" indica que este hombre religioso, con el rostro redondo, de espesa barba negra y la mirada directa, actualmente de 46 años, pertenece a la filiación del profeta Mahoma. Hijo de una familia de condición muy modesta originaria del sur de Líbano, es padre de cuatro hijos, el mayor de los cuales, Hadi, murió como "mártir" en 1997 en Líbano. Bajo la dirección de Hassan Nasrallah, el movimiento Hizbolá por sus golpes bruscos y violentos, contribuyó de manera innegable a acelerar la decisión de Israel de retirarse de Líbano sur. Él también obtuvo, en 2004, la liberación de 30 libaneses y de 420 palestinos detenidos por Israel, y la restitución por el Estado judío de los cuerpos de 60 libaneses muertos en combate. Esto se hizo a cambio de la recuperación por parte de Israel de un coronel de la reserva capturado vivo y de los cuerpos de tres soldados muertos en 2001. Ha sido para liberar a los tres libaneses que siguen estando detenidos en Israel que el Hizbolá capturó, el 12 de julio, a dos soldados israelíes. Los tres habrían tenido que ser parte del intercambio de 2004. Pero las divergencias en el seno del gobierno israelí llevaron a que fueran excluidos del trato. Hassan Nasrallah, considerado un fino estratega, ¿habrá medido bien, esta vez, el equilibrio de las fuerzas regionales e internacionales? ¿Previó acaso que la reacción de Israel sería tan brutal? A la manera de un juego de póker, acostumbrado a los éxitos sucesivos, ¿jugó la última jugada, a riesgo de perderlo todo, incluyendo, en su caso, la vida?

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