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Libaneses gritan su cólera contra Israel

None | 19 de Julio de 2006 a las 00:00
Por Cécile Hennion Damasco (Siria), Baalbeck (Líbano). Diario Le Monde, París "Una noche terrible de bombardeos", es el viejo recuerdo de Marta. Ella tenía 3 años, en 1983, cuando los aviones israelíes bombardearon su poblado, en el sir del Líbano. Ella se acuerda de los zumbidos del cielo, del estrépito de las bombas, de su padre. Él la jaló hasta el baño, antes de recubrirla con su cuerpo. Marta recuerda que, cuando su padre se levantó, el techo del baño estaba cubierto de estrellas. Pero sus recuerdos se han transformado en pesadillas muy reales. Hoy, con 26 años, huye de su país para olvidar. Nadie quiere revivir eso. Como ella, son miles los que están huyendo del Líbano hacia Siria, la última salida después del cierre del aeropuerto y el boqueo marítimo impuesto por Israel. El puesto fronterizo es un verdadero cafarnaun, con esa marea de gente donde los Mercedes rutilantes, con matrícula de Arabia Saudí o de Kuweit, se codean con los Peugeot hundidos bajo el peso de las maletas, los autobuses atestados y los convoyes de la Cruz Roja proveniente del Sur. "Buscamos poner a los hijos a resguardo", suspira el padre de familia. "Estamos esperando en la frontera desde las 5 de la mañana". Son las 14:00, bajo un sol de plomo. Los más pobres se amontonan en los camiones agrícolas, en equilibrio encima del equipaje, de los sacos de ropa y de alimentos, dirigiéndose hacia el campo sirio. Los más ricos enfilan hacia los hoteles de Damasco. Los establecimientos de la capital siria se ven completos. Alrededor del aeropuerto, los embotellamientos son monstruosos. En el Líbano, los bombardeos incesantes golpean en cualquier parte, bloqueando los caminos, transformando el país en un laberinto mortal. Incluso los más pequeños poblados son golpeados. En el valle de Bekaa, una bomba fue lanzada, el lunes 17, sobre el caserío de Taraya. El cráter engulló a tres residencias, en las cuales vivían un cartero, un profesor, un chofer de taxi y sus familias. Por un milagro, ahí no hubo muertos. Solo el viejo Ali Hamzé, 73 años y padre del cartero fue herido en la espalda y cerca del mentón con las esquirlas. Bajo las montañas de ruinas, los vecinos los rodean en señal de solidaridad, vigilando el cielo. Un chiquillo aparece con un viejo fusil francés en la mano. Ali Hamzé fulmina: "¿Qué les hemos hecho, mi casa y yo? ¿En qué somos nosotros un objetivo militar? Aquí no hay más que pobres casuchas habitadas por gente normal, que desean una vida normal". "Los responsables –responde Anuar, el chofer–, es Israel y todos los que lo apoyan: Estados Unidos, Francia, Alemania e Italia, con su famosa ‘civilización’". París, Berlín y Roma no figuraban en la lista negra de los habitantes de Taraya. Pero desde la resolución 1559 de septiembre de 2004 –piensan los aldeanos–, todos se han metido demasiado en los asuntos libaneses sin reflexionar en las consecuencias. "Ahora, esto es un desastre. Que se vayan al diablo con su civilización!" En la asamblea espontánea, un militar toma la palabra: "¿Qué esperan ellos del ejército libanés? ¿Acaso posee aviones, posee armas? ¿Es que puede actuar? ¡No! ¡No tiene nada! Mírenme –se ríe–, no siquiera tengo un arma yo!" Taraya, a 30 kilómetros de Baalbeck, es mayoritariamente chii, como el resto de la región. Los retratos de los ayatolas iraníes Jomenei y Ali Jamenei son también numerosos como las banderas de Amal y del Hizbolá, los dos principales partidos chiíes. "Yo nunca he apoyado a Hizbolá –se defiende Ali Hamzé–, pero hoy estoy con ellos y lo seguiré estando, incluso si todos nosotros debemos morir!" Los vecinos aprueban, sordos a la idea de que la milicia chii haya podido estar en el origen de su desgracia capturando a dos soldados israelíes. "Sólo el Hizbolá podrá defendernos", afirma orgulloso un campesino. La cólera fue atizada por los bombardeos de los últimos tres días. Sobre la carretera de Baalbeck, la lechería Liban Lait fue bombardeada en la noche del sábado al domingo. La fábrica sigue ardiendo entre las llamas, desprendiendo un atroz olor a plástico quemado. "Es claro –analiza Chadi Qarsifi, que sobrevivió al incendio–: los israelíes destruyen todo aquello que nos hacen vivir: los puentes, las reservas de agua, las centrales eléctricas e incluso la lechería!" El cuartel militar aledaño a la lechería podría hacer pensar que hubo un error de tiro. Pero esto podría ser sin contar la precisión quirúrgica con la cual siete estaciones de gasolina fueron reducidas a cenizas a lo largo de la ruta. Baalbeck, feudo del Hizbolá en el valle de Bekaa pero también un importante lugar turístico repleto de actividades comerciales, cerró todas sus tiendas. El lunes 17, nueve raids aéreos mataron a tres civiles e hirieron a una decena más. El miércoles las calles estaban desiertas. Solamente el viejo Alí, al abrigo de su carreta, vende té y café a invisibles clientes. Con cinta adhesiva y un poco de suerte ha atado un grueso cable eléctrico a su radio, que trae las nuevas del "frente": "La resistencia islámica lleva a acabo grandes combates contra el ejército de ocupación en la frontera libano-palestino!" Ali sube el tono: "No abandonaremos nuestra tierra, ¡la resistencia vencerá!", clama junto con el radio, del cual surge un aire grave y marcial, rompiendo el silencio de Baalbeck. (c) Le Monde

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