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Cólera, inseguridad, pillajes y desesperación tras el mortal terremoto en Perú

Varias agencias. Desde Pisco, Perú. | 18 de Agosto de 2007 a las 00:00
La cólera imperaba el sábado entre decenas de miles de damnificados, que tres días después del sismo en Perú que dejó 500 muertos duermen en las calles a la espera de una ayuda humanitaria que llega con cuentagotas, mientras se multiplican los pillajes, la inseguridad y el descontento popular. Desesperación e impotencia son los sentimientos dominantes entre los miles de desamparados que deambulan por las calles de Pisco, ciudad a 240 km al sur de Lima y sobre el océano Pacífico, la más afectada por el violento terremoto que azotó a todo el Perú el miércoles en la noche. Aunque los organismos de socorro y el gobierno han tenido una presencia masiva –el presidente peruano Alan García se halla en esta ciudad desde el jueves–, la canalización de la ayuda ha sido un verdadero cuello de botella, y esta situación ha generado una difícil situación de orden público. Desde el viernes los saqueos y los robos se han multiplicado, lo que obligó al envío de 600 militares más, tanto a Pisco como a Chincha e Ica, las otras dos ciudades más destruidas, donde ya operabam otros 400 oficiales. "Todos están a la intemperie, piensen en las criaturas (niños)", dice Antonio, un hombre de unos 30 años. "Tenemos muchas necesidades y la ayuda no llega", se queja. El sábado varios pobladores intentaron saquear una tienda y los dueños dispararon al aire para dispersarlos, comprobó la AFP. Esta situación está lejos de ser excepcional y, por el contrario, con el paso de las horas se está generalizando. Decenas de personas se reunieron el viernes por la noche en carreteras de la zona para pedir ayuda a los automóviles que pasaban, después de que centenares de sobrevivientes del terremoto del miércoles arrinconaron a policías para arrebatarles agua y alimentos. "Necesitamos tu ayuda", o "Apóyanos" eran algunos de los escritos que aparecían en rótulos hechos con cartón y pintados con lápiz, sostenidos por niños y sus padres en la carretera que conecta a esta ciudad con Ica, como constató la AP. En la vía, totalmente dañada y a oscuras desde el día del terremoto de ocho grados que destruyó el sureste del Perú, la policía trataba de impedir que los habitantes de la zona se acercaran a los vehículos, con el fin de evitar posibles robos. Centenares de personas se mantenían durmiendo en la intemperie, retando al frío, mientras aún esperaban la ayuda que no llegaba a todos. El viernes varios pobladores ya saquearon un camión y se vio a hombres que sacaban de allí pescado congelado. Centenares de desesperados sobrevivientes arrinconaron a policías de esta ciudad para arrebatarles botellas con agua y alimentos, mientras otros derribaron la entrada a un supermercado para saquearlo, según mostraron imágenes de la televisión peruana. La policía disparó al aire para evitar el ataque, y no se reportaron heridos. El presidente Alan García dijo que 200 infantes de marina "impondrán el respeto" en ésta y en otras zonas en las que los policías tuvieron que disparar al aire para evitar que los saqueos se propagaran. "No quiero tomar medidas extremas, ni declarar el toque de queda", dijo García en un recorrido por esta ciudad. "¡Queremos agua, queremos comida, no tenemos nada!", gritó una furibunda mujer que, pese a los golpes que le propinó la policía, trataba de alcanzar una caja de alimentos, según las imágenes de la televisión. "Nadie morirá de sed, ni morirá de hambre. Eso lo puedo garantizar", expresó temprano García, y luego dijo que conversó a lo largo del viernes con los presidentes de Chile, Michelle Bachelet; de Venezuela, Hugo Chávez; y con el ecuatoriano Rafael Correa. Todos le expresaron su solidaridad y envío de ayuda. García llamó a la población a no caer en la desesperación, y dijo que el Estado está realizando intensos esfuerzos por entregar la ayuda humanitaria, que lucía insuficiente ante los miles de damnificados. Agregó que el gobierno se dispone a construir casas temporales hechas de metal hasta que el Estado realice programas de vivienda para la gente que quedó sin hogar. En la vecina Chincha, mujeres y hombres provistos con palos de escoba intentaron llegar hasta un depósito de provisiones y fueron repelidos por efectivos militares, e incluso algunos otros pobladores intentaron saltar un muro de la base militar de Pisco, donde se canaliza toda la ayuda. En la noche, cuando el frío y el miedo aumentan, varios pobladores de Pisco se reúnen en torno a una fogata cerca de los escombros, en medio de un olor acre producido por los cuerpos en descomposición. Ya el jueves un poblador le dijo al presidente García: "nos hacen falta ataúdes", y eso se comprueba en el hospital general San Juan de Dios, donde los cuerpos yacen en bolsas negras. El panorama desolador se complica porque la tierra sigue temblando. El viernes en la noche un sismo remeció Pisco, y muchas personas con casa prefirieron dormir al aire libre. El Instituto Geofísico del Perú ha reportado más de 400 réplicas desde el terremoto del miércoles, que fue de 7,7 en la escala de Richter, y de 8 en la escala de magnitud del momento (Mw) que mide la energía generada por el sismo. Se trató del mas devastador sismo de los últimos 40 años en Perú. Mientras tanto los rescatistas siguen buscando bajo los escombros, cada vez con menos esperanza de encontrar sobrevivientes. La búsqueda principal se centra en la catedral de Pisco, que se derrumbó con unos 300 feligreses que en el momento del terremoto asistían a una misa de difuntos. Los socorristas han indicado que en ese solo lugar se han sacado unos 80 cadáveres. El sacerdote, José Torres, que también había quedado sepultado entre los escombros, se salvó tras guarecerse bajo la cúpula caída y fue rescatado con vida y en buen estado de salud en la madrugada del viernes. La ayuda, entretanto, sigue llegando: aviones de Chile, Bolivia y Colombia con suministros, rescatistas procedentes de España, mientras la Unión Europea anunció que doblaba su apoyo financiero hasta 2 millones de euros. Una campaña nacional se mantenía reuniendo ropa y dinero para los afectados, mientras que cada vez más países y organismos internacionales ofrecían su ayuda para paliar el desastre. Las cifras de la catástrofe todavía no son precisas: el presidente García habló el viernes de 497 muertos pero señaló que la cifra sin duda pasaría de los 500. Según los bomberos, la cifra de muertos supera los 500, y Defensa Civil dijo que los heridos son más de un millar. Estimó que los damnificados son entre 80.000 y 90.000, y el número de viviendas destruidas ronda los 17.000. No hay, en cambio, una cifra consolidada de desaparecidos, mientras que los heridos suman más de 1,600 y el número de damnificados es de unos 200.000, según el gobierno. El ministerio del Interior indicó que envió "un primer lote" de 215 féretros para colocar a los muertos "y evitar epidemias". En Pisco, una veintena de cadáveres ya se descomponían en la plaza donde fueron colocados por rescatistas, a la espera de familiares. En este puerto ubicado a 210 kilómetros al sur de Lima, bajo un intenso sol y en medio de llantos y gritos de dolor de familiares, al menos 35 personas que perecieron en el terremoto fueron enterradas en una ceremonia colectiva. Un barco hospital de la armada arribó a este puerto para incrementar la atención a los heridos con 20 doctores y 500.000 litros de agua. Más de 150 personas habían sido trasladadas a Lima en aviones para ser tratadas en hospitales de la capital, y se mantenía el puente aéreo para llevar alimentos y vituallas a la zona. En el cementerio, por falta de espacio en los nichos tradicionales, se improvisaron tumbas en la tierra, cavadas por los propios familiares. Olga Mamami, de 37 años, viajó desde Lima para enterrar a su cuñado y a sus sobrinos de 7 y 2 años, aplastados por una pared. En menos de 20 metros se colocaron seis féretros en los nichos, cubiertos por lápidas escritas a mano. Carol Poma esperaba que alguien le diera féretros para su madre, una hermana y dos sobrinos. Todos murieron bajo vigas de la derrumbada iglesia de San Clemente cuando asistían a una misa. El derrumbe de esa iglesia causó al menos 40 muertos, según informó el padre Anselmo, como se conoce al párroco local. El templo de adobe se derrumbó por la fuerza del sismo, pero muchos de los 200 fieles pudieron escapar, añadió. En tanto, en Ica, también dañada, un helicóptero militar con siete ocupantes cayó sobre una casa mientras llevaba un cargamento de ayuda a esa ciudad. Todos resultaron ilesos.

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