Escúchenos en línea

Las otras ciudades perdidas en Perú

Por Augusto Rojas, especial para El Espectador, Pisco (Perú) | 20 de Agosto de 2007 a las 00:00
El país inca, orgulloso de las ruinas que heredó de sus antepasados, vive y ve hoy un escenario dantesco: apacibles y pintorescos pueblos de su costa central se desmoronaron en 150 segundos. Hasta el jueves en la tarde, cualquier habitante del planeta asociaba la palabra "pisco" con un dulce y embriagador licor cuyo origen se lo disputan peruanos y chilenos. Hoy, es el referente del trago más amargo en la historia del Perú: el feroz temblor de 7,9 grados en la escala de Richter sepultó a los habitantes del poblado de Pisco, que quedó destruido en un 70%. No fue el único: el sismo sepultó otros cinco pueblos. "Lo más doloroso de este infierno es caminar entre los cadáveres, saber que ni ataúdes tenemos y que soy alcalde de un pueblo que dejó de serlo en un 80%", decía con desconcierto Juan Mendoza al caer la tarde del jueves, cuando hacía otro rutinario recorrido a su destrozado pueblo. "Es dantesco", sólo atina a decir el mandatario de Pisco, quien camina sobre los escombros de la iglesia San Clemente de su localidad, en donde se calcula murieron 25 de las más de 200 víctimas que dejó el terremoto en esta población de 130.000 habitantes y localizada a 240 kilómetros al sur de Lima. Los últimos datos no son alentadores. Dicen que el número de muertos en el país puede llegar a 1.000, los heridos a 5.000 y los damnificados a 100.000. "Sólo pude salir corriendo. Mi casa se movía como si fuera un barco sobre las olas. Todo a mi alrededor empezó a caer y de repente todo fue oscuridad", relata Mariela Saachi, una mujer de 40 años que logró escapar de la muerte con sus cuatro hijos. "Mucha gente quedó sepultada bajo las ruinas de la iglesia, todos rezaban en la misa ofrecida a los muertos", dice Mariela con su cara cubierta de tierra, mientras el personal de rescate busca entre el adobe y la paja algún asomo de vida. Ella sólo espera que su esposo aparezca. No sabe de él desde la fatídica noche. Las esperanzas, sin embargo, son pocas, pues lo único que quedó en pie de este edificio fueron dos gruesas columnas y la cúpula central. El temblor casi borra del mapa a esta población, construida en su mayoría en adobe y paja. El Espectador recorrió las calles destruidas, en donde se amontonan los cadáveres que se encuentran bajo los escombros, a la espera de que algún familiar los reconozca. Rostros desolados y cansados observan el panorama con una tranquilidad abrumadora. "Mire usted, qué más nos puede pasar. Lo perdimos todo, a nuestros padres, hijos, amigos... sólo nos queda esperar, ya ni pueblo tenemos. Esto es ahora un desierto, no hay nada", describe don Eduardo Salcedo, un hombre de 76 años. Ya nadie llora. En las noches no se escucha nada. Se ve a muchas personas deambulando por lo que antes eran las calles del pueblo. Todas se envuelven en cobijas o pedazos de ropa y se acercan a las fogatas en busca de un poco de calor, pues al amanecer la temperatura llega a los diez grados bajo cero. Y como si esto fuera poco, la carretera Panamericana Sur, camino obligado para llegar a Pisco, quedó prácticamente intransitable. El 25 de septiembre de 1975, en esta ciudad se creó la reserva marina de Paracas, única área natural protegida en Perú que comprendía territorios y ecosistemas marinos además de los terrestres. Tras el terremoto se da prácticamente por desaparecida, pues el sismo dañó seriamente las formaciones rocosas que le dieron fama mundial.

Sigue el recorrido

El violento terremoto se ensañó con Pisco, pero no perdonó a Chincha, a unos 200 kilómetros al sur de Lima. Esta pequeña ciudad también quedó reducida a escombros. Los muros de la prisión de Tambo de Mora se desplomaron y sus 603 internos la abandonaron. Según algunos reos, fue el subdirector de la cárcel quien les sugirió que salieran de la prisión, pues el sismo la dejó inhabitable. Al igual que más del 80% del pueblo, que apenas tiene algunas señas de identidad. Las casas quedaron destruidas, no hay calles, tampoco luz ni agua. Pocos edificios se mantienen en pie y el panorama de lo que fue una ciudad histórica, es hoy muerte y destrucción. Una situación similar se vive en la cercana Ica, donde hasta el viernes la cifra de víctimas mortales era de 82 y el número de heridos se elevaba al doble de velocidad que la reacción oficial para atenderlos. "Estamos a la espera de la ayuda internacional. No sé si la demora es de las instituciones peruanas pero esta emergencia ya no da más espera", advierte Mariano Nacimiento, el alcalde de la población. El panorama es tan alarmante que el propio ministro de Salud, Carlos Vallejos admitió —después de dos días de visitar varios hospitales que atendían la emergencia— que varios de ellos se quedaron sin energía, los desagües colapsaron y en muchos casos escasearon los medicamentos. Gabriela Dávalos, una maestra de escuela de Ica, tuvo que enfrentar la tristeza de llegar a su barrio llamado Camaná y no encontrar su casa. En su lugar, restos de adobe esparcidos. Debajo de éstos, la estupefacta mujer escuchó lejanos lamentos, fue el último recuerdo de su esposo y de su hijastra. Aquí también todos pasan las noches en vela. Desde que a las 18:41 del miércoles, que no fue una tarde más, tembló la tierra de Ica, una región habitada por más de 300.000 personas, nadie pegó el ojo. "Parecía un caballo loco que no paraba de saltar. La casa se estremeció. Algunas cosas volaron, los vidrios estallaron y las puertas repicaban", cuenta Emilia Verde, natural de Villa Rica, a unos 600 kilómetros de su actual domicilio, al que se mudó junto al resto de su familia hace 16 años. Tenía en brazos a su nieta Ariana de tres años, a la que cubrió con su cuerpo sobre el sofá cuando parecía que el mundo se le caía encima. Su hija Lisset sostenía a su sobrino Leonardo y cuando intentó abandonar la casa, la puerta se le cerró, "por suerte, de lo contrario habríamos muerto o sufrido heridas porque enseguida llovieron casquetes del edificio de al lado". Muchos no pueden creer que estén contando la historia. "Yo iba en un taxi de regreso de Huacachina (una hermosa laguna legendaria) cuando el conductor perdió el control del coche. Avisos luminosos de establecimientos caían del cielo, también pedazos de piedra y vidrio. Cuando me bajé, el panorama era desolador: ancianos y niños desesperados se arrodillaban a rezar y muchos no cesaban de llorar", cuenta Albert Heich, un turista alemán que aún sigue en la ciudad a la espera de poder regresar a su país, pues el puente que une a Ica con el resto del país se vino abajo y la ciudad quedó incomunicada. A la tragedia humana en Ica hay que sumarle la histórica. Esta ciudad era la cuna de importantes piezas arqueológicas y momias con más de 1.500 años de antigüedad. Alfredo González Barahona, director regional del Instituto Nacional de Cultura en la zona, relató que las paredes y las vitrinas de exhibición del museo de Ica colapsaron con el movimiento telúrico. Según cifras citadas por el funcionario, el departamento sureño de Ica albergaba 2.800 monumentos prehispánicos.

Descarga la aplicación

en google play en google play