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El terremoto agrava penurias de los pobres en Perú

LaVoz.com. Desde Lima, Perú. | 21 de Agosto de 2007 a las 00:00
La vida ya era dura para los residentes de esta región de labriegos y pescadores asolada por el sismo de la semana pasada, en la que se ganaban la existencia diaria a base de mucho sudor y sacrificios. Según las últimas cifras de la Defensa Civil, el terremoto del miércoles dejó unas 35.214 familias damnificadas, principalmente en las ciudades de Ica, Chincha y Pisco. Las fábricas dañadas por este sismo de magnitud 8 no dan trabajo _ al menos por ahora. Decenas de pescadores perdieron sus embarcaciones ante el avance de la marea y ninguno ha vuelto a faenar. Debido a la rotura de las cañerías de agua, los agricultores temen que muera su ganado y se marchiten las cosechas. Los alimentos, el agua y la ropa han comenzado a llegar finalmente a las zonas rurales más afectadas, aunque esporádicamente. Carpas y mantas, empero, siguen siendo escasas. A lo largo de la carretera, la gente empuñaba el lunes bolsas de plástico abiertas, implorando ayuda o simplemente alargaban los brazos sujetando sus gorras en un gesto universal del necesitado. En esta aldea junto a la carretera Panamericana, Victoria Mancilla permaneció en pie ante la puerta de su choza en la que logró amontonar unos cuantos colchones y donde ha vivido con sus dos hijas desde que se desplomó su vivienda. Los escombros de lo que fue su casa, a unos pocos metros, están flanqueados por otras edificaciones dañadas a las que es imposible acercarse ante la posibilidad de que se derrumben. Como tantas otras personas, han comido de una cazuela comunal de arroz con algunos frijoles, que los equipos de rescate distribuyeron la víspera. Mancilla, de 58 años, vive del pequeño comercio, la principal actividad de esta aldea. Vende ceviche en las calles. Pero la pesca no ha sido reanudada. El sismo paralizó esa actividad y los 1.500 pescadores de la región esperan a que concluyan los temblores secundarios y que las autoridades autoricen la reanudación de sus labores. "No hay pescado y además no hay luz, entonces no hay cómo mantener los productos de pescado", dijo Mancilla. El sismo mató a su nieta de 23 meses y quebró un brazo de su esposo. Todos ellos se encontraba en casa cuando fue sacudida por el terremoto. "Nosotros no tenemos un trabajo estable, ni una vida segura", afirmó. "Tenemos que trabajar todos los días para tener algo con que mantenernos", añadió. "Necesitamos reconstruir nuestras casas. Necesitamos ladrillo y cemento. ¿Quién nos va a dar eso?", se preguntó la mujer con su voz quebrada por la desesperación. "Todas somos mujeres, en esta familia no hay varones y mi esposo está enfermo". En la carretera que va de San Clemente hacia los Andes, decenas de personas se congregaron el lunes con carteles escritos a mano proclamando "necesitamos ayuda". Uno de esos carteles fue colocado por las 200 familias que residen en la aldea de Palto, mientras un helicóptero de la policía repartió sacos de arroz y azúcar _ el primero que llegó a la zona desde el sismo. "Estábamos pidiendo ayuda al lado de la carretera. Los camiones de ayuda siguen pasando pero a nosotros no nos llega porque estamos alejados" de las zonas urbanas, dijo Víctor Aníbal Menes, uno de los tres comisionados de la aldea que acudieron a la base de la fuerza aérea el Pisco la madrugada del lunes para pedir socorro. "Nos han dado ayuda antes de ayer y gracias a eso tenemos para comer hoy día pero no sé si para mañana", dijo Jaime Cervante, uno de los dirigente de Monte Sierpe. "Ahora más tarde va a llegar otra remesa pero lo que se nos está brindando realmente es muy poco", agregó. La ración que recibió Cervantes consistía en 20 kilos de arroz y una bolsa de azúcar. "Lo que necesitamos son carpas para proteger las cosas", dijo Luisa Melgar, de 42 años.

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