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Oscar Arias, Presidente de Costa Rica: la paz no fue producto de presiones extranjeras

| 21 de Agosto de 2007 a las 00:00
Vuelvo a Nicaragua, siguiendo la senda que a lo largo de toda mi vida tantas veces he recorrido, como quien vuelve a pisar el camino que lo lleva a la casa de una amiga de infancia. Vuelvo a Nicaragua, la hermosa, la revolucionaria, la que en la cintura de América lanza siempre un canto de esperanza. Vuelvo a Nicaragua, la libre, la democrática, la que abrazó la vida y cultivó la frágil semilla de la tolerancia. Vuelvo a encontrar a esta amiga, y con ilusión paso revista de sus rasgos y sus facciones, buscando algún indicio que me relate los dolores y alegrías vividos desde la última vez que nos vimos. Tengo que admitir que la encuentro hoy más bella que hace veinte años, y que me asombra cuánto han cicatrizado las heridas que durante tanto tiempo recorrieron su rostro. Para confirmar ese milagro, vuelvo hoy a mi amiga Nicaragua. Quiero agradecer profundamente al Presidente Daniel Ortega por recibirme en su país, y al Cardenal Miguel Obando y Bravo por invitarme a este Foro, "A XX Años de Esquipulas II, la historia narrada por sus artífices". Considero, sin embargo, que narrar Esquipulas II desde sus artífices, es comenzar el cuento por su final. Para narrar la historia de Esquipulas II, hay que empezar por contar la historia de sus víctimas, la historia de sus precursores, la historia de sus aliados y detractores. Porque los cinco Presidentes que firmamos los acuerdos de paz en aquellos días de 1987, no fuimos sino los últimos relevos de una carrera por la supervivencia de Centroamérica. Nos fue entregado un relevo de sangre, de muerte y de dolor; un relevo de odio, de intolerancia y desesperación. Es cierto que fuimos los artífices de la paz en el istmo, pero también es cierto que sin la guerra, sin el caos, sin la macabra aniquilación, nuestro protagonismo nunca hubiera sido necesario. Porque, como bien afirmara Bertold Brecht, no es desdichado el pueblo que carece de héroes, sino el que los necesita. ¿Quiénes fueron las víctimas de la guerra centroamericana? Un militar les diría que los muertos o heridos que dejó el bando contrario; un estadístico les diría que los muertos o heridos civiles de ambos bandos; un ciudadano común les diría que los muertos, heridos y desplazados de ambos bandos, así como también sus familias; pero un pacifista les diría que fueron víctimas todas las personas involucradas en la guerra. Desde el más inocente niño que murió alcanzado por una bala, hasta el más cruel soldado. Fueron víctimas los jóvenes reclutados en ejércitos o guerrillas, cuyos lemas apenas comprendían. Fueron víctimas los comandantes y generales que les aleccionaron en el odio y la intolerancia. Fueron víctimas los hombres y mujeres que abandonaron sus hogares, y quienes tuvieron que darles asilo. Fueron víctimas los que enterraron a sus familiares, así como también quienes fueron enterrados. Fueron víctimas los líderes políticos, religiosos, académicos y culturales, que vieron fracasar un intento tras otro de alcanzar el diálogo. Todos fuimos víctimas, aunque unos en mayor escala que otros. Costa Rica, ciertamente, fue una víctima menor de los conflictos armados centroamericanos, pero conoció de sobra los horrores que padecieron sus vecinos. Aprender sobre la guerra a partir de un libro de historia es un verdadero privilegio. Un privilegio del que gozan ustedes, los estudiantes que hoy nos acompañan, tal vez incluso sin percatarse de ello. No es lo mismo leer que más de 200.000 personas murieron en las guerras civiles centroamericanas, que observar las filas de muertos alineados en el suelo, descomponiéndose al aire libre, mientras viudas o huérfanos revisan cada cuerpo, buscando el rostro de su ser querido. No es lo mismo leer que las potencias extranjeras enviaban a la región cientos de millones de dólares en armamento militar, que respirar el aire cargado de polvo y pólvora, sentir la tierra temblar por el paso de un tanque, o escuchar la balacera sin pausa, como lluvia que anuncia una muerte inminente. No es lo mismo leer que más de tres millones de personas se vieron obligadas a abandonar sus hogares, y emigrar a otros países o ciudades, que recorrer los pueblos fantasma en donde nadie habitaba las casas teñidas de sangre, o ver las olas de refugiados que el tormentoso mar de la guerra dejaba de costa en costa, de ciudad en ciudad. Estas eran las anécdotas que se narraban cuando realicé mi primera campaña política, en el año 1985. Eran anécdotas que nos relataban los hermanos centroamericanos que habían venido a buscar refugio en nuestra tierra, o que diariamente veíamos en los noticieros. Durante mucho tiempo fuimos observadores pasivos de los conflictos centroamericanos, pero ya para 1985, era evidente que no podríamos permanecer así durante mucho tiempo. La noticia de que algunas partes del norte de Costa Rica estaban siendo utilizadas como frente sur de la lucha centroamericana, y que oficiales del ejército estadounidense estaban entrenando soldados de La Contra nicaragüense en nuestro suelo, nos dieron el primer campanazo de alerta sobre una realidad innegable: Costa Rica no podría permanecer durante mucho tiempo como simple espectadora de la contienda centroamericana, porque más temprano que tarde, los contendientes empezarían a luchar también en nuestro propio territorio. Frente a este panorama, a nuestro país se le presentaban dos posibilidades: o se sumaba a la guerra, escogiendo uno u otro bando; o luchaba intensamente porque toda Centroamérica alcanzara la paz. El otro candidato de la campaña política de 1985, quien luego fue Presidente de la República, Rafael Ángel Calderón Fournier, escogió la primera alternativa: pregonó en su campaña que Costa Rica debía abandonar su neutralidad. Yo, en cambio, estaba convencido de que nuestra única opción era intentar lograr un acuerdo de paz en la región, que, en ese momento, se vislumbraba como una posibilidad, gracias al apoyo de lo que se denominó Grupo de Contadora: una alianza entre México, Colombia, Panamá y Venezuela, para alcanzar la pacificación del istmo. A esta iniciativa, se sumó posteriormente lo que se llamó el Grupo de Apoyo, que incluía el respaldo de las naciones de Argentina, Brasil, Perú y Uruguay. Entre la opción militar y la opción diplomática, Costa Rica eligió mantenerse alejada de las armas. En febrero de 1986, fui electo Presidente de la República por el voto de las mujeres y los jóvenes costarricenses que temían, como yo, que nuestro país se sumara a la lista de naciones centroamericanas en donde las madres enterraban a sus hijos, y no a la inversa. En mi discurso inaugural manifesté: "cumpliremos fielmente el compromiso de defender y robustecer la paz y la neutralidad. Mantendremos a Costa Rica fuera de los conflictos bélicos centroamericanos y lucharemos, con medios diplomáticos y políticos, para que en Centroamérica no sigan matándose los hermanos". Obedeciendo a esa promesa, advertí a los miembros de la Contra que vivían en Costa Rica que, a menos que abandonara su participación en la guerra, serían expulsados de nuestro territorio. Siempre creí que la Contra no era parte de la solución, sino el problema. Esta decisión fue tomada con disgusto en Washington, y fue el inicio de un periodo de enorme tensión en las relaciones diplomáticas entre Costa Rica y los Estados Unidos. Mientras tanto, el Grupo de Contadora y el Grupo de Apoyo, que incluyo entre los precursores de Esquipulas II, topaban con fuertes objeciones y prórrogas constantes, que los llevaron a fracasar a mediados de 1986. Centroamérica quedó, entonces, de vuelta en la más devastadora orfandad, mientras que las presiones externas para que Costa Rica se sumara a la guerra, y la ayuda internacional en armamentos, dinero y entrenamiento militar para los contendientes, continuaba aumentando. No podíamos seguir esperando que las potencias extranjeras decidieran si querían que nuestros conflictos se resolvieran por la vía militar o por la diplomacia, porque los conflictos, que eran nuestros, estaban cobrando ya demasiadas vidas con balas ajenas. Por eso tomé la decisión, en enero de 1987, de redactar un Plan de Paz, una solución centroamericana para los centroamericanos. El Plan de Paz contenía 10 acciones prioritarias, una de las cuales generó muchas críticas y dudas, pues decía: "simultáneamente con el inicio del diálogo, las partes beligerantes de cada país suspenderán las acciones militares". La tendencia mundial en solución de conflictos, en ese entonces y aún ahora, indica que las negociaciones se llevan a cabo precisamente para lograr el cese al fuego. El Plan de Paz, por el contrario, proponía el cese al fuego como una de las condiciones necesarias para poder dialogar sin presiones, y en un ambiente verdaderamente propicio para una paz que fuera más que un armisticio temporal. El cese al fuego se constituía, entonces, en algo así como la obertura de los acuerdos de paz. Su leit motiv, en cambio, era la democratización de la región. Todo el espíritu del Plan de Paz estaba inspirado en la convicción de que ninguna pretensión de paz tiene sustento si no va acompañada de una garantía de respeto a los derechos humanos y al Estado de Derecho; si no va acompañada de la certeza de que los ciudadanos podrán manifestar su conformidad o disconformidad con las políticas de gobierno, a través de las elecciones periódicas y pluralistas; si no va acompañada de la existencia de instituciones democráticas fuertes que garanticen la estabilidad social; si no va acompañada, en fin, de los rasgos distintivos de toda democracia. El Plan de Paz fue enviado a todos los Presidentes centroamericanos, para su estudio y análisis. Yo visité personalmente al Presidente Cerezo de Guatemala, al Presidente Duarte de El Salvador, al Presidente Azcona de Honduras y al Presidente Ortega, aquí en Managua, para discutir sobre los alcances de nuestra iniciativa de paz, y fijar una fecha para una reunión de los cinco Presidentes, que tendría lugar en la ciudad de Guatemala. Recuerdo como ahora mi reunión aquí en Managua con el Cardenal Obando y Bravo, y el apoyo incondicional que de él recibí en esa ocasión. Pero también era vital que los Presidentes que nos preparábamos para acudir a Esquipulas II, lo hiciéramos convencidos de que contábamos con el apoyo de la comunidad internacional, porque sabíamos de sobra que contábamos con la férrea oposición de los Estados Unidos, de Cuba y de la Unión Soviética, todos convencidos de que la única salida a los problemas centroamericanos, era una salida militar. En vista de las circunstancias, realicé un viaje a Europa, en mayo de 1987, promoviendo el Plan de Paz, y solicitando el apoyo internacional a nuestra iniciativa. Cuando los cinco Presidentes centroamericanos nos sentamos a negociar en ciudad de Guatemala, ya contábamos con el apoyo del Vaticano, de Inglaterra, de Alemania, de Francia, de Italia, de España, de Portugal, de Bélgica, así como con el respaldo de los países que conformaron el Grupo de Contadora y el Grupo de Apoyo. La presión de las superpotencias continuaba aumentando. Pero no estuvimos dispuestos a aceptar sus imposiciones. Después de varios cambios de fecha, Esquipulas II se llevó a cabo en agosto de 1987. Encerrados en un cuarto de hotel hasta no ponernos de acuerdo, y contra todos los pronósticos, logramos firmar la paz. Una paz que no fue producto de presiones extranjeras sino, todo lo contrario, fue un producto que obtuvimos a pesar de esas presiones. Fue el segundo grito de Independencia centroamericano, y lo dimos todos los Presidentes del istmo, hablando entre nosotros y viéndonos a los ojos. Sin embargo, la oposición de las grandes potencias internacionales continuó incluso después de que firmáramos la paz. Una partida de más de 100 millones de dólares para la Contra nicaragüense se encontraba lista para su aprobación en el Congreso de los Estados Unidos, cuando visité la capital estadounidense en septiembre de 1987, y abogué en ese Congreso, ante una sesión conjunta de congresistas y senadores, porque se le diera "una oportunidad a la paz". Dije entonces, también, frente a la Organización de Estados Americanos: "algunos dicen que la batalla por la paz en Centroamérica debe ganarse en Washington. Otros dicen que la batalla por Washington hay que ganarla en Centroamérica. Yo afirmo que la batalla por Washington hay que ganarla aquí, en Washington, con los caminos propios del pueblo norteamericano. La batalla por la paz en Centroamérica debemos ganarla allá, por los caminos propios de los centroamericanos". Fue en medio de esa intensa lucha porque se respetara internacionalmente el acuerdo que habíamos alcanzado los Presidentes centroamericanos, que se anuncia el Premio Nobel de la Paz de 1987. Un premio que representaba el apoyo de la comunidad internacional a nuestros esfuerzos de paz, y que sirvió para presionar a los Estados Unidos, a Cuba y a la Unión Soviética, para que dejaran de intervenir en nuestras políticas internas. Por eso manifesté en mi discurso de aceptación del Premio Nobel: "La paz no es un asunto de premios ni de trofeos. No es producto de una victoria o de un mandato. No tiene fronteras, no tiene plazos, no es inmutable en la definición de sus logros. La paz es un proceso que nunca termina; es el resultado de innumerables decisiones tomadas por muchas personas en muchos países. Es una actitud, una forma de vida, una manera de solucionar problemas y de resolver conflictos. No se puede forzar en la nación más pequeña, ni puede imponerla la nación más grande". Gracias al apoyo de la comunidad internacional y a la estoica perseverancia de los Presidentes centroamericanos, las presiones extranjeras disminuyeron y la construcción cotidiana de la paz pudo empezar. Esa construcción, sin embargo, no ha concluido todavía. A pesar de que ya no se matan los jóvenes guerrilleros, sí se matan los jóvenes pandilleros; a pesar de que ya no lloran las madres porque sus hijos están en la guerra, sí lloran porque no están en el colegio; a pesar de que ya no emigran los pueblos por causa de la violencia, sí emigran por hambre y por falta de oportunidades. Seguimos construyendo la paz, queridos estudiantes, y ese es un proceso en que ustedes están llamados a participar, un proceso en que recibirán muy pronto el relevo. Recibirán un relevo de paz pero de hambre, un relevo de paz pero de inseguridad, un relevo de paz pero de injusticia, un relevo de paz pero de enfrentamiento social. Ustedes son los herederos de la paz en Centroamérica, les toca ser ahora los artífices de todo lo que resta por hacer. Nos queda todavía mucha senda por transitar, les pido que, por favor, escojan para el viaje el equipaje correcto: no lleven en sus valijas el odio ni el dogmatismo; no lleven en sus valijas la intolerancia y el enfrentamiento; no lleven en sus valijas la desesperación y el miedo; lleven en sus valijas, solamente, el espíritu de Sandino, el espíritu de la libertad, el espíritu de la incasable defensa de los propios ideales. Los costarricenses llevaremos en nuestra valija el espíritu de Figueres, el espíritu de la paz y de la democracia. Espero que juntos, nicaragüenses y costarricenses, podamos caminar lado a lado, y compartir la carga. No caeré en la trampa de quienes han querido enfrentar a nuestras dos naciones. Nos costó demasiado tiempo, sangre y dolor, alcanzar el respeto en Centroamérica, como para jugar a perderlo. Nicaragua no es sólo el país con el que compartimos nuestra frontera norte, es también el país con el que compartimos la frontera de nuestros sueños, la meta que se presenta al final de esta histórica carrera de relevos. Costa Rica quiere a Nicaragua, admira a Nicaragua y necesita a Nicaragua para alcanzar sus sueños. Cada uno de los nicaragüenses a este lado de la frontera, y cada uno de los nicaragüenses del lado de mi tierra, son nuestros compañeros de viaje en la ruta hacia un mayor desarrollo para nuestros pueblos. Esto es algo que cada vez comprenden mejor los costarricenses, y espero que ustedes sepan también comprenderlo. Amigas y amigos, queridos estudiantes: Cuando estaba pequeño, mi papá, un fiel admirador del increíble Rubén Darío, me leía sus poesías por la tarde. Sultanes, princesas y personajes mitológicos, poblaron siempre mi infancia. Cuando crecí, me di cuenta de que Darío no sólo acompañaba con fábula y fantasía mis días de niñez, sino que también llenaba de poesía mis días de lucha por la paz. Leía entonces la palabra del poeta cuando decía: "La tierra está preñada de dolor tan profundo que el soñador, imperial meditabundo, sufre con las angustias del corazón del mundo. Verdugos de ideales afligieron la tierra, en un pozo de sombras la humanidad se encierra con los rudos molosos del odio y de la guerra" Así fueron los días que vivía Centroamérica, pozos insondables donde se perdía la esperanza, abismos de dolor y de tristeza. En aquellos días no había espacio en el mundo para los soñadores. Pero Darío me enseñó que un verdadero soñador no vive en el mundo que existe, sino en el que en sus sueños inventa. Ese fue el impulso que necesitaba para redactar el Plan de Paz, y para convertirme en embajador de ese mundo que soñaba junto con millones de personas. Tanto y tan intensamente lo soñamos, que hoy el sueño es la vigilia, y la guerra ha pasado a ser nada más que nuestra más horrible pesadilla. Atrévanse ustedes, estudiantes, a soñar de la misma manera, y nuestras dificultades de ahora serán el mal sueño del que despertaremos, a la Centroamérica de la paz y la justicia. Muchas gracias. Managua, Nicaragua. 21 de agosto de 2007

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