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Un año después de Katrina, Nueva Orleáns se está muriendo

LaVoz.com. | 27 de Agosto de 2007 a las 00:00
Nueva Orleans es mi ciudad natal. Y se está muriendo. Pese a miles de millones de dólares de ayuda, Nueva Orleans no se está reponiendo de los devastadores efectos del huracán Katrina.

Por Brian Schwaner, desde New Orleans

Más allá de la algarabía del Barrio Francés, vecindarios enteros están en ruinas y el distrito comercial se resiente por la economía fragmentada. Miles de desamparados se han alojado en propiedades vacantes o dañadas por la tormenta, a unas pocas cuadras de la alcaldía. Más de 160.000 residentes nunca regresaron. Para quienes se atrevieron a regresar, pocas cosas les ofrecen una sensación de normalidad. Y para quienes pueden salvarla, Nueva Orleans es un lugar olvidado. Es una desgracia nacional. La gente debería prestarle atención. Le puede suceder a otra ciudad. Katrina se desencadenó el 29 de agosto del 2005 cuando inundó el 80% de Nueva Orleans y devastó las costas del Misisipí. La tormenta confirmó los peores pronósticos. Los funcionarios locales, estatales y federales para situaciones de emergencia fallaron desde el principio, pero en el peor momento de la ciudad, una promesa presidencial ofreció un rayo de esperanza. Apenas dos semanas después de Katrina, el presidente George W. Bush, en la desierta Plaza Jackson frente a la majestuosa catedral de San Luis, prometió un esfuerzo masivo de reconstrucción. "Cuando las comunidades sean reconstruidas deberán ser mejores y más fuertes que antes de la tormenta", dijo Bush. Poco antes, el presidente había dicho a los voluntarios que el gobierno sería la solución y no el problema. "La burocracia no se interpondrá", aseguró. Pero casi dos años después, Nueva Orleans no es mejor ni más fuerte, y la burocracia impide su recuperación. Desde una ventana esmerilada de un piso 25 en el distrito comercial, puedo ver la ciudad carcomida en sus entrañas. Del otro lado de la calle, la Torre Dominion, que solía estar llena de oficinistas y comerciantes de categoría, está abandonada. El adyacente Hotel Hyatt, donde se alojaban quienes asistían a acontecimientos deportivos como el Super Tazón, el Sugar Bowl o las finales del básquetbol universitario, también está vacío. Hileras de vehículos blindados aguardan en una playa de estacionamiento cercano las escuadras de policías militares que patrullan los barrios violentos. Lo que no se ve desde aquí son los baldíos donde muchos viven en remolques atestados o donde tratan de reconstruir sus viviendas como pueden. La única atención que recibe la ciudad en estos días es como trasfondo para la campaña proselitista de algunos de los aspirantes a la presidencia. Entre los ciudadanos arrecia la indignación. Y con razón. Para quienes ven a Nueva Orleans como una agonía ajena, debería recordárseles que esta indiferencia gubernamental y política podría afectar sus propias ciudades alguna vez. El programa principal para ayudar a los propietarios de viviendas a reconstruirlas _un fondo de 8.000 millones de dólares con financiación federal, administrado por el estado_ está quebrado y podría tener un déficit de hasta 4.000 millones de dólares. Hay escuelas públicas, estaciones de bomberos y de policía y rutas de tránsito cerradas. Los hospitales no han vuelto a su capacidad normal, y los que están abiertos dicen que pierden millones de dólares atendiendo a los pobres. Existe poca voluntad política para construir un sistema de diques para impedir las inundaciones que causó Katrina. Las autoridades federales, estatales y municipales ni siquiera se ponen de acuerdo en las prioridades ni en la asignación de fondos a donde más se necesitan. El alcalde Ray Nagin, la gobernadora Kathleen Blanco y el director de recuperación en la Casa Blanca, Don Powell, se culpan mutuamente por las frustraciones. Incluso circulan algunos rumores entre los líderes del esfuerzo de rescate que los problemas de la ciudad han sido exagerados. Y eso no es así de ningún modo. Si Katrina fue la tormenta perfecta, Nueva Orleans fue la víctima perfecta. La corrupción política e incompetencia en el gobierno de la ciudad y una economía anémica tornaron la ciudad tan vulnerable al caos como los diques que cedieron. Lamentablemente la situación ha empeorado, y muchos de los líderes con que Nueva Orleans debería contar se están alejando o se han visto envueltos en escándalos. Están, por ejemplo, los representantes más allegados a las fuentes de poder. El representante nacional demócrata William Jefferson ha sido acusado en un caso internacional de supuestos sobornos. El ha negado toda impropiedad. El senador nacional republicano David Vitter se ha visto involucrado en un escándalo sexual en Washington. Los dos representan a Luisiana. Aun el liderazgo emergente de la ciudad sufrió una conmoción cuando el concejal Oliver Thomas, a quien se consideraba uno de los elementos positivos en el esfuerzo de recuperación y quizás futuro alcalde, se declaró culpable este mes de cargos federales por soborno. Por otra parte, el jefe de policía y el procurador general discuten mientras la ciudad padece una tasa de asesinatos que es la peor per cápita de la nación. Incluso hasta el alcalde podría estar por irse. Nagin está recaudando fondos para hacer campaña para otro cargo político, quizás gobernador o legislador. Pero con tres años todavía por delante como alcalde, la ciudad necesita su atención indivisa. El presidente Bush, autodeclarado salvador de la ciudad, ha estado aquí diez veces desde Katrina, la mitad de las visitas en las seis primeras semanas después de la tormenta. El último año, mientras se hacía patente el fracaso de la recuperación, Bush sólo vino dos veces. La ciudad ni siquiera obtuvo una mención en su mensaje anual a la nación en enero. Muchas de las 270.000 personas que viven ahora en Nueva Orleans se preguntan cómo la nación puede gastar fortunas en Irak mientras su ciudad sigue devastada. "No puedo creer que esto sea Estados Unidos y que después de tanto tiempo quede tanto por arreglar", se lamentó Melanie Ehrlich, investigadora de la Universidad Tulane. "Es escandaloso, imperdonable". Es todavía peor. No lejos de la casa de Ehrlich, la cuadra de la Avenida Paris a la altura del 6000 está desierta. La maleza semioculta las cadas averiadas. Símbolos grotescos pintados en las puertas enumeran lo que los socorristas hallaron cuando se retiraron las aguas. El reverendo Jeremy Evans, de la Iglesia Bautista de Edgewater, lo comparó a presenciar el momento de vértigo y arrobamiento en que los fieles serán ascendidos a los cielos. Al igual que ese momento crucial, la gente aquí parece haber desaparecido. La avenida Paris no es la excepción. Los vecindarios arrasados podrían pudrirse durante años a merced de burócratas aferrados a su burocracia. Ilene Powell lo ha sentido en carne propia. Su casa en Lakeview se vio muy afectada por las inundaciones de Katrina. Se inscribió en el programa de ayuda para solicitar un préstamo de reconstrucción, y después pasó 16 meses en un proceso engorroso de documentos, entrevistas y llamados telefónicos. Al igual que miles de personas se vio conmovida por la experiencia. "¿Quiénes son los genios que manejan este caos?", se quejó. Por cierto, hay algunos que podrían merecer la calificación de genios _científicos espaciales_ que trabajan en la planta de Lockheed-Martin para el programa del trasbordador espacial. Pero el resto de la economía es endeble. Quizás por la escasez de liderazgo en el esfuerzo de recuperación, una crisis de confianza ha afectado el mundo empresarial. Las compañías han aportado contribuciones a la municipalidad, pero algunas están retirando empleos. Circulan versiones de que otras seguirán su ejemplo. Las empresas tienen dificultades para conseguir que los ejecutivos sean transferidos aquí. Mientras tanto, una encuesta de la Universidad de Nueva Orleans reveló que el sentir público es tan negativo que el 29% de los residentes actuales podrían irse. La nación no debería dejar que Nueva Orleans agonice. "Nadie en el gobierno tiene un sentido genuino de lo que ocurre aquí", observó Powell. Una gran ciudad estadounidense se está deteriorando. La gente que tiene poder debería atenderla. Y todos deberían hacerlo, ya que la ciudad de cada uno podría ser la víctima de la próxima crisis.

¿Reconstruir igual o con planes nuevos?

Por Michael Kunzelman, desde Pass Christian, Mississippi

El huracán Katrina borró buena parte del pasado de la Costa del Golfo del Mississippi, pero la mortífera tormenta también dejó un vasto espacio en blanco y una oportunidad histórica de reconfigurar ciudades como esta pintoresca comunidad balnearia. Dos años después que Katrina cobró más de 200 vidas en Misisipí y dejó miles de millones de dólares en daños, equipos de planificadores urbanos visionarios están trabajando en Pass Christian y otras ciudades costeras para ayudarles a trazar planes ambiciosos a fin de reconstruirlas según el "Nuevo urbanismo". Así se denomina un movimiento arquitectónico que busca transformar el trazado de una ciudad para establecer vecindarios fáciles de transitar y de características acogedoras. Y es sólo uno de los factores que podrían definir la franja costera de Mississippi. Los tradicionalistas tratan de reconstruir la costa en gran medida como era antes del huracán del 29 de agosto del 2005. Era una mezcla heterogénea de barcos-casino, comercios costaneros pintados de colores brillantes y moteles envejecientes, ocasionalmente matizados por tramos de mansiones antiguas con jardines a la sombra de robles. ¿Cuál de los dos enfoques prevalecerá en el 2015, cuando Katrina sea un doloroso recuerdo de una década atrás? Planteos como éste se ventilaron en un reciente taller de planificación en Pass Christian. Docenas de propietarios de viviendas y comercios se reunieron en una biblioteca averiada por la tormenta para escuchar al planificador municipal Jeff Bounds cómo imagina la reconstrucción del centro de la ciudad. Manzanas más pequeñas con calles peatonales más estrechas. Edificios que permitan mejores vistas del puerto. Oasis de espacios verdes. Estas son algunas de sus ideas para convertir el centro en un distrito comercial acogedor. "Puede que ustedes no coincidan con nosotros. Que nos digan 'No, no cambien eso. Déjenlo como estaba'. Y lo aceptaremos", dijo Bounds al público. "Pero básicamente estamos aquí para señalar desde la perspectiva de la planificación lo que consideramos fallas, cosas que pueden mejorarse". Bounds terminó su presentación con una advertencia: "Evidentemente, el dinero no crece en los árboles..." "¡Amén!", corroboró una voz desde el fondo del salón. Bounds hizo una pausa y luego sonrió cuando se dio cuenta de que la voz pertenecía al alcalde Leo Leo "Chipper" McDermott. Muchas ciudades a lo largo de los 113 kilómetros de costas de Mississippi enfrentan el mismo dilema que Pass Christian. Dos años después de la tormenta, las duras realidades económicas están disminuyendo el ritmo de reconstrucción. Muchos proyectos están interrumpidos por los costos crecientes de la construcción y los seguros, mientras que los fondos federales tardan en llegar a las ciudades. Algunos otros indicadores económicos están deprimidos: la población y el número de empleos en la región de la costa siguen por debajo de los niveles previos a Katrina, y una escasez de vivienda detiene la recuperación. La economía no es la única preocupación. Algunos funcionarios locales se resisten a experimentar con nuevos códigos distritales y de planificación, y eso es precisamente lo que buscan los adherentes al Nuevo Urbanismo. Andres Duany, un arquitecto de Miami y pionero de ese movimiento, convocó a una reunión de planificadores en Biloxi menos de dos meses después del huracán. Algunos de los expertos que asistieron a ese foro son ahora consultores de las ciudades costeras, a las que ayudan a trazar planes directamente influidos por el Nuevo Urbanismo y sus principios. Robert Alminana, un planificador urbano de San Francisco, ayuda a Gulfport a poner en marcha nuevos códigos distritales. Su oficina, un cuarto de motel frente a la bahía de Mississippi, desborda de planos y dibujos de cómo podría lucir la ciudad una década después de Katrina. "La opción era reconstruir tal como era antes o decir 'Seamos osados y hagámoslo mejor que antes'", comentó Alminana. Mucha gente prefiere la primera opción, admitió: "A la gente le desagradan los cambios. Prefieren aquello a lo que están acostumbrados en vez de arrojar todo por la ventana y empezar de cero". Duany, cuyo diseño para Seaside, Florida, en la década del 80 es presumiblemente el primer y más famoso ejemplo del Nuevo Urbanismo, dijo que sus colegas han contribuido a introducir reformas en comunidades que antes de Katrina casi no tenían leyes sobre trazado distrital y planificación. En Gulfort, una propuesta de construir una subdivisión de 17 lotes de cabañas está interrumpida mientras la municipalidad desarrolla sus planes. Después de Katrina, los promotores inmobiliarios modificaron el diseño reduciendo los jardines y acercando las viviendas a las calles para estimular más interacción entre los vecinos, un ideal del Nuevo Urbanismo. "La financiación está allí", dijo la agente de bienes raíces del proyecto, Melissa Warren. "Sencillamente estamos aguardando la adopción de un juego de reglas que sabemos adecuadas". Tardará años para que muchas de las nuevas ideas rindan resultados tangibles. Por ahora, los casinos iluminados profusamente en neón y una pizca de edificios de departamentos dominan el averiado paisaje costanero al cumplirse el segundo año de Katrina. La falta de seguro a precio accesible es considerado el principal obstáculo a las inversiones privadas en la costa ahora y en los próximos años. Y dado el ritmo modesto de la construcción de viviendas nuevas, muchos expertos consideran prematuro anticipar con precisión cómo se verá la costa del Golfo cuando se cumpla el décimo aniversario de Katrina en el 2015. "No será la misma costa del Golfo de Misisipí, con toda seguridad", afirmó Tommy Walman, asesor de vivienda del gobernador Haley Barbour. "Las cosas ya están cambiando, algunas para bien y otras no tanto. Depende de cómo se las mire".

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