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Son crímenes y no errores los abusos sexuales de los curas, por Mónica Zalaquett

El Nuevo Diario | 31 de Agosto de 2007 a las 00:00
En la entrevista que concediera recientemente a un diario capitalino, monseñor Brenes calificó los abusos sexuales cometidos por sacerdotes contra niños y niñas como "debilidades", "errores", "casos que ocurren", "cosas de personas" y "problemas aislados". Esta manera de referirse a hechos tan oscuros como destructivos no puede menos que sorprender, por el evidente propósito de atenuar su gravedad. Estemos claros de que los abusos sexuales acaban de golpe y para siempre con la inocencia, confianza y alegría infantil, dejando una secuela devastadora en el cuerpo, la psiquis y el alma de las víctimas y minando frecuentemente su misma voluntad de vivir. El niño que fuera Patrick Mc Sorley murió emocionalmente a los 12 años, luego de ser abusado en el coche del sacerdote que le brindaba "consuelo" tras el fallecimiento de su padre. Patrick se convirtió en su juventud en un adicto a la heroína, luchó en su vida adulta por conseguir justicia para millares de víctimas de sacerdotes en Estados Unidos, y finalmente sucumbió a la adicción a los 29 años de edad. Esta semana se iniciarán los juicios sobre 42 casos de abuso sexual atribuidos a clérigos de la diócesis católica de San Diego California, lo que supone una victoria para más de un centenar de personas que habían denunciado los abusos. Esta diócesis se declaró en bancarrota en febrero, después que prosperaran las demandas con cuantías exigidas que ascienden a unos 200 millones de dólares. La diócesis de San Diego es la quinta que se declara en bancarrota por este motivo en EU. Hace algunos años diferentes diócesis en Estados Unidos pagaron más de mil millones de dólares en secreto para comprar el silencio de centenares de víctimas de delitos sexuales cometidos por sacerdotes, y en una encuesta con católicos el 72 por ciento de los encuestados dijo que la Iglesia manejaba mal el problema de la pedofilia. Estos hechos nos generan la interrogante de qué ocurriría con las finanzas de la Iglesia en América Latina si en los países del continente se generalizaran las denuncias y se aplicara la justicia de la misma forma que en Estados Unidos. El padre Alberto Athié, quien fuera poco a poco despojado de sus funciones y perdiera por completo el apoyo de la Iglesia, libró por varios años una valiente campaña contra los abusos cometidos por arzobispos y clérigos en México, cumpliendo la promesa hecha a otro sacerdote que en la antesala de su muerte le rogó que buscara justicia para quienes como él habían sufrido esta clase de agresiones en su infancia. En el prólogo del libro "Pederastia en la Iglesia Católica", del investigador español Pepe Rodríguez, el padre Athié afirma: "Tenemos que reconocer que las conductas de abuso sexual a menores de parte de clérigos, así como el patrón de conducta encubridor por parte de las autoridades eclesiásticas contradicen el Evangelio, vulneran la dignidad y los derechos fundamentales de la persona y cuestionan la naturaleza misma de la misión de la Iglesia en el mundo y el papel de sus autoridades". Por su parte, el investigador Rodríguez concluye en su acuciosa investigación sobre el tema que "el problema fundamental no reside tanto en que haya sacerdotes que abusan sexualmente de menores, sino que el Código de Derecho Canónico vigente, así como todas las instrucciones del Papa y de la curia del Vaticano, obligan a encubrir esos delitos y a proteger al clero delincuente. En consecuencia, los cardenales, obispos y el propio gobierno vaticano practican con plena conciencia el más vergonzoso de los delitos: el encubrimiento". En este texto, las estadísticas estiman un 27 por ciento de sacerdotes involucrados en actos de pedofilia, cifra que podría resultar conservadora por la cantidad de casos que son ocultados. Por ello, no es al peso de la lengua que el diario El Clarín, de Buenos Aires, considera a la pedofilia en la Iglesia como un mal generalizado, después de saberse que el arzobispo Edgardo Storni de Argentina estuvo involucrado en una masiva violación de seminaristas y que en Brasil hay en la actualidad mil 700 sacerdotes que están siendo investigados. En Nicaragua los abusos sexuales cometidos por sacerdotes contra niños y niñas tampoco son ni han sido hechos aislados, sino posiblemente delitos tan frecuentes como encubiertos, como lo deja entrever la cantidad de confesiones formuladas en voz baja por las víctimas o sus familiares, debido al terror de enfrentarse al poder de la Iglesia y a las consecuencias del rechazo social. Es evidente que la posibilidad de que tales denuncias culminen con un proceso judicial es mínima, a menos que, como en el caso de las víctimas del padre Dessi, tengan la posibilidad de realizarlo en otro país. Para que las víctimas: niños, adolescentes o adultos puedan romper el silencio, se necesita una sociedad dispuesta a brindarles credibilidad, feligreses decididos a combatir el mal en sus propias filas, un sistema judicial comprometido con la justicia, medios de comunicación respetuosos de esta tragedia y al menos algunos obispos y sacerdotes con la valentía suficiente para enfrentar los riesgos y actuar firmemente en defensa de la niñez, tal como suponemos hubiese hecho el propio Cristo. (**) La autora es Directora del Centro de Prevención de la Violencia, integrante del Movimiento contra el Abuso Sexual.

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