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Inmigrantes y los refugiados, son nuestros hermanos

Roma. Por Elena Llorente/Página 12 | 2 de Octubre de 2015 a las 10:15
Inmigrantes y los refugiados, son nuestros hermanos

En un mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, el papa Francisco supo resumir con gran énfasis y claridad sociológica, los puntos fundamentales de este tema, que ha generado una crisis con pocos precedentes en Europa pero que existe también en otras regiones del mundo. Francisco puso el acento sobre las causas y las consecuencias de los flujos migratorios, el tráfico de seres humanos, los naufragios, la insensibilidad de algunos, la actitud desconfiada de cierta gente, el silencio cómplice. “Los emigrantes son nuestros hermanos y hermanas que buscan una vida mejor lejos de la pobreza, del hambre, de la explotación y de la injusta distribución de los recursos del planeta, que deberían ser divididos ecuánimemente entre todos –escribió Francisco–. ¿No es tal vez el deseo de cada uno de ellos el de mejorar las propias condiciones de vida y el de obtener un honesto y legítimo bienestar para compartir con las personas que ama?”

Aunque la 102 Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado se celebrará recién el 17 de enero, el papa quiso dar a conocer el contenido de su mensaje ayer, consciente de cuanto sus palabras puedan influir en algunas actitudes pero también teniendo en cuenta que el 8 de diciembre inaugurará el Jubileo dedicado a la Misericordia. La Jornada del Migrante y del Refugiado “se inserta en el Año de la Misericordia, punto de referencia para toda la Iglesia en los próximos meses”, explicó al presentar el documento el cardenal Antonio María Veglió, presidente del Pontificio Consejo Pastoral para los Emigrantes e Itinerantes.

“En nuestra época –escribió el papa Francisco–, los flujos migratorios están en continuo aumento en todas las áreas del planeta: refugiados y personas que escapan de su propia patria interpelan a cada uno y a las colectividades, desafiando el modo tradicional de vivir y, a veces, trastornando el horizonte cultural y social con el cual se confrontan”. Y agregó, recordando el trágico tráfico de seres humanos: “Cada vez con mayor frecuencia, las víctimas de la violencia y de la pobreza, abandonando sus tierras de origen, sufren el ultraje de los traficantes de personas humanas en el viaje hacia el sueño de un futuro mejor. Si después sobreviven a los abusos y a las adversidades, deben hacer cuentas con realidades donde se anidan sospechas y temores”, concluyó. De hecho el Papa describió la situación que Europa ha podido verificar cada día con los traficantes que obligan a los inmigrantes a atravesar el Mediterráneo en barcazas semi destruidas que luego se hunden, o atravesar las rutas en camiones herméticamente cerrados y mueren asfixiados. Según la ONU, desde enero de 2015, sólo en el Mediterráneo murieron 2800 personas.

Y en tácita alusión a lo que ha sucedido últimamente en la Unión Europea, donde algunos de sus países han levantado muros como fronteras y han hecho demasiado poco para reconocer y asumir el flujo migratorio, el Papa recordó que los migrantes a menudo se encuentren en los países donde llegan “con falta de normas claras y practicables que regulen la acogida y prevean vías de integración a corto y largo plazo”. Ante esto el pontífice subrayó la importancia del Evangelio de la Misericordia, para que, dijo, los católicos no se acostumbren al “sufrimiento del otro”. De hecho fue en este contexto que Francisco tituló su mensaje “Emigrantes y refugiados nos interpelan. La respuesta del Evangelio de la misericordia”.

El Papa argentino, que desde que fue elegido en 2013 se ha ocupado repetidamente de inmigrantes y refugiados, consciente de que el problema es mundial se refirió al tema también en su reciente viaje a Estados Unidos, tanto en sus discursos ante las autoridades estadounidenses como en el que realizó ante la asamblea general de Naciones Unidas, en Nueva York. “Los flujos migratorios son una realidad estructural y la primera cuestión que se impone es la superación de la fase de emergencia para dar espacio a programas que consideren las causas de las migraciones, los cambios que se producen y las consecuencias” sobre los pueblos, subrayó Francisco en el mensaje. “Todos los días, sin embargo, las historias dramáticas de millones de hombres y mujeres interpelan a la Comunidad internacional, ante la aparición de inaceptables crisis humanitarias en muchas zonas del mundo –añadió–. La indiferencia y el silencio abren el camino a la complicidad cuando vemos como espectadores a los muertos por sofocamiento, las penurias, las violencias y los naufragios.”

Francisco, que hablando en Estados Unidos recordó que él era hijo también de inmigrantes, se refirió asimismo al tema de la integración, uno de los puntos vitales para que el migrante pueda sentirse cómodo en un país y los que lo acogen también. “Quien emigra, de hecho, es obligado a modificar algunos aspectos que definen la propia persona e, incluso en contra de su voluntad, obliga al cambio también a quien lo acoge. ¿Cómo vivir estos cambios de manera que no se conviertan en obstáculos para el auténtico desarrollo, sino que sean oportunidades para un auténtico crecimiento humano, social y espiritual, respetando y promoviendo los valores que hacen al hombre cada vez más hombre en la justa relación con Dios, con los otros y con la creación? (...) ¿Cómo hacer para que la integración sea una experiencia enriquecedora para ambos, que abra caminos positivos a las comunidades y prevenga el riesgo de la discriminación, del racismo, del nacionalismo extremo o de la xenofobia?”

Según el Papa, la respuesta a estas preguntas es que “el cuidar las buenas relaciones personales y la capacidad de superar prejuicios y miedos son ingredientes esenciales para cultivar la cultura del encuentro, donde se está dispuesto no sólo a dar, sino también a recibir de los otros. La hospitalidad, de hecho, vive del dar y del recibir”.

Pero Francisco fue más lejos todavía, pidiendo a la comunidad internacional “ayudar a los países del cual salen los emigrantes y prófugos” a través de “la solidaridad, la cooperación, la ecuánime distribución de los bienes de la tierra”, para que la gente, en definitiva, no tenga necesidad de abandonar su país, su cultura y su familia. También pidió acabar con la violencia y las persecuciones y , aludiendo tácitamente a algunos hechos que se han verificado en la prensa italiana, dijo que “la opinión pública sea informada de forma correcta, incluso para prevenir miedos injustificados y especulaciones a costa de los inmigrantes”. El Papa asimismo atacó las “nuevas formas de esclavitud gestionadas por organizaciones criminales” que venden y compran a hombres, mujeres y niños como trabajadores de la construcción, la agricultura, la pesca entre otros, que transforman a los niños en soldados o que son víctimas del tráfico de órganos, la mendicidad forzada y la explotación sexual. Francisco concluyó encomendando a todos los migrantes y prófugos a la Virgen María y a San José que también sufrieron, recordó, “la amargura de la emigración a Egipto”.


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