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La incrustación del FSLN en la estructura ideológica de la Iglesia Católica oficial significa una renuncia a las posiciones de principios, por Onofre Guevara López

| 25 de Julio de 2006 a las 00:00
Una característica consustancial a la Iglesia Católica oficial –registrada en los anales de la historia de todos los países en donde ha funcionado– es la intolerancia a toda idea favorable a los cambios sociales estructurales. Cuando la Iglesia ha estado en una posición dominante –lo que ha sido casi siempre–, su intolerancia hacia las ideas progresistas ha tomado formas de suma crueldad. Pueden dispensarla, si quieren, de la Santa Inquisición, y la Iglesia siempre quedaría en posesión de un récord histórico de represión a la libertad de pensamiento. La conducta y la política oficial de la Iglesia Católica respecto de los partidos y los movimientos de izquierda o progresistas –como los liberales en otros tiempos– han sido de rechazo. Los considera enemigos de las bases cristianas de la sociedad y, por ende, de la Iglesia Católica, que defiende una especie de cancillería celestial en la tierra, depositaria de la única fuerza divina para salvar al hombre y la civilización. Por ello, ha sido normal ver a la jerarquía católica actuando en armonía con la política de los partidos e instituciones de derechas durante siglos. Si les parece exagerada mi afirmación, les hago la concesión de olvidarme de ella, pero de todas formas su récord de intolerancia no lo perdería ante ninguna otra institución, aparte del Estado. Siendo ésta una verdad incuestionable –aquí y en todo el mundo occidental–, la repentina y estrecha relación entre la jerarquía de la Iglesia Católica oficial con la dirigencia del partido danielista resulta ser una verdadera anormalidad. La armonía de la jerarquía católica con el caudillo del aún autoproclamado partido revolucionario, y considerado un peligro para la "democracia" por la derecha local y estadounidense, tiene todos los signos de un subterráneo arreglo político económico. Esta neoarmonía no es fruto de la casualidad, menos de un milagro; aquí hay renuncias y concesiones, pero si alguien hizo renuncias, no fue el cardenal ni el resto de la jerarquía; las renuncias y la adaptación las hizo el FSLN. Sentada esta evidencia, es razonable preguntarse acerca de cuáles son los términos de esta alianza. Demos por formulada la pregunta, y cualesquiera sean las respuestas, importa muy poco los detalles, porque se trata de un juego de intereses entre Iglesia-Frente, u Ortega-Obando (da lo mismo). Lo que importan es el convencimiento de que son conveniencias mutuas; las concesiones son de la Iglesia (la tolerancia y la defensa de Ortega), y sólo del Frente orteguista son las renuncias (a la Teología de la Liberación y al laicismo) y las concesiones (revestir de religiosidad sus actos políticos). Hay motivaciones soterradas imposibles de conocerse por ahora, secretos bien guardados por los líderes de ambas instituciones, pero es suficiente conocer los más obvios compromisos para darnos cuenta de cómo funcionan las concesiones y las renuncias del FSLN. Sin orden de importancia, son: las constantes audiencias o "visitas" del secretario general del Frente al cardenal Miguel Obando; la asidua presencia de Ortega ante el cardenal Obando en solicitud de consejos o dándole informes sobre cualquier asunto, importante o trivial; la publicitada asistencia del secretario general y su familia a los ritos religiosos en donde ofician los más altos jerarcas (que incluye confesiones, besos de anillos y comuniones); y las infaltables invocaciones de Ortega a las divinidades de la religión católica en documentos o en actos públicos. Aún hay más: en las decoraciones de las tarimas de los actos del FSLN (en el último fueron descomunales) no faltan imágenes o iconos de santos y vírgenes; las constantes peticiones de perdón con actuada contrición (sinceras o no, no tiene importancia); introducción en el discurso las oraciones cristianas; los líderes del orteguismo se cuidan de no mencionar la responsabilidad de los jerarcas católicos en la conspiración financiada por el gobierno estadounidense (causa de sus problemas mutuos en los ochenta); la marginación que, de hecho y en el discurso partidario, hacen de los creyentes y practicantes de la Iglesia de los Pobres; las donaciones económicas de las alcaldías administradas por el FSLN a las iglesias (una violación constitucional), en tanto los alcaldes se involucran en festividades religiosas; y la presencia del cardenal, obispos y sacerdotes en todo acto de inauguración de obras o de eventos promovidos por el Frente. La incrustación del FSLN en la estructura ideológica de la Iglesia Católica oficial significa una renuncia a las posiciones de principios, mucho más importante de lo que parece, y mucho más seria que como la han tomado sus simpatizantes de aquí y del exterior. Es verdad que el FSLN, como otros movimientos revolucionarios, no surgió motivado por un pensamiento anticatólico y menos anticristiano per se; y si sus adversarios lo han tenido como un movimiento ateo ha sido por algo adrede y urgido desde sus intereses políticos. Los actos individuales injustos y los choques del pasado con personajes de la Iglesia Católica fueron actos accidentales, no institucionales, y tampoco fueron inspirados por una cuestión de principios. Igual de individuales son ahora las actitudes de los miembros de la cúpula con respecto de su conversión religiosa, falsa o real, que están practicando. La historia de la formación y el desarrollo del FSLN no se asemejan en nada a la actual actitud de la cúpula, si no que la contradicen en forma absoluta. Sus cuadros originales, de la dirigencia y de la base, estuvieron distantes de la práctica religiosa, más que por una formación atea –ni siquiera laica–, por una razón objetiva: la tradicional actitud de la jerarquía como aliada de las fuerzas de la derecha y del poder, más su reticencia a todo cambio social de la Iglesia los alejó de ésta. Cuando el proceso revolucionario se hizo más amplio y envolvente en nuestra sociedad, se incorporaron al Frente jóvenes de sectores medios y altos por causa, entre otras, de su toma de conciencia sobre los problemas políticos y sociales del país, a través de la nueva visión cristiana de los exponentes de la Teología de la Liberación. Al ampliarse las bases del Frente y nacer las alianzas políticas con sectores de la izquierda tradicional, surgió internamente la unidad en la acción y la tolerancia entre diferentes interpretaciones filosóficas de los fenómenos de la sociedad y del mundo. Esto hizo que estuviera ausente de la actividad revolucionaria y partidaria la cuestión religiosa, y poco o nada le importaba al ateo la religión de los otros y viceversa, dándose el más absoluto respeto entre todos y manteniendo alejada la religión de la vida partidaria, dejándola a los criterios y al ámbito privado de los individuos. El equilibrio y la tolerancia interna los está rompiendo Daniel Ortega y su cúpula, más que por su conversión personal (lo que estoy seguro a ningún sandinista no católico le importa), por la conversión que hacen del Frente un partido confesional. Lo que luce incomprensible es el silencio a lo interno del Frente ante este viraje deformante, como si hubieran caído en una evasión, una enajenación y una mansedumbre colectiva; pareciera que lo ignoran todo, o nadie pensara. Los miembros del FSLN que se expresan por los medios no lucen el mínimo sentido crítico al respecto, y creen en todo lo que dice el caudillo con una fe cuasi religiosa.

Fuente: El Nuevo Diario, 25 de julio.


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