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«¿Qué vamos a hacer Dios Santo?»

LaVoz.com. Desde Bilwi, RAAN. | 7 de Septiembre de 2007 a las 00:00
«¿Qué vamos a hacer Dios Santo?»
Las necesidades que enfrentan unos 100.000 damnificados tras la furia de los vientos de Félix, son muchísimas e ingentes, y podrían aumentar de forma incalculable debido a la magnitud del desastre y del desamparo en que quedaron las comunidades del interior de la región. La misquita Ofelia Hodgson, nacida hace 64 años en la comunidad de Krukira, dijo a The Associated Press en su lengua materna y mirando la desgracia a su alrededor: "Todo ha sido barrido, toda esta vida quedó en gran fracaso. ¿Qué vamos a hacer Dios Santo?". Hodgson y su vecinos dicen que requieren "desde un pequeño fósforo, agua, porras, zinc o plástico, hasta motosierras para volver a levantar la comunidad y nuestra iglesia, porque todo se fue con los vientos". Las autoridades han dado cifras de muertos que van de 40 a 100, y podría no conocerse nunca la cifra exacta. Los pobladores miskitos, una etnia descendiente de la mezcla entre indios, colonos europeos y esclavos africanos, en algunos casos extrajeron los cadáveres del mar y los enterraron sin notificar a las autoridades. En Bilwi, Salomón Chow, miembro de la etnia creole de 49 años, recordó a AP que en octubre de 1998, cuando pasó el huracán Mitch, "vino bastante ayuda a Managua, pero cuando venía para acá en camiones, los bultos los iban botando (abandonando) en la carretera y otros los recogían para luego venderlos en la capital. Pero ojalá que hoy venga lo que sea voluntad de Dios". Levantando su camisa y sobándose el estómago dijo: "Mira, tres días y no he comido nada, sólo coco caído". Los pobladores locales se quejan además de que las autoridades dejaron morir a gran cantidad náufragos que lucharon denodadamente por sus vidas y fueron recuperados, ya muertos, hasta tres días después. Muchos le pidieron a la gobernatura regional medios para ir a buscarlos, pero se les decía que no los tenían o que no había gasolina. Y así era: la gasolina además de escasa, siempre ha sido muy cara, y se terminó pocas horas después que el huracán azotó la región. Las valoración preliminar de los daños ha sido muy complicada, y más aún las labores de organización y distribución de provisiones y medicinas, así como organizar los medios para transportarlas, debido a que la Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN) carece de vías de comunicación por tierra, aire y mar. La única carretera entre Managua y Puerto Cabezas, de unos 500 kilómetros (310 millas), quedó intransitable debido al daño sufrido por un puente sobre el río Wawa. Una alternativa sería una travesía por carretera hasta el puerto pluvial de Rama, de ahí al de Bluefields en el Mar Caribe y luego a Puerto Cabezas por mar, en un recorrido de casi 600 kilómetros (373 millas). En tanto, decenas de comunidades del litoral caribeño y en la profundidad del territorio viven históricamente aisladas y sólo se puede llegar en "cayucos", embarcaciones construidas con troncos de árboles. En medio de todo eso, el reverendo misquito Bernardo Romero dijo que las 270 familias de su comunidad, Krukira, "quedaron en el desamparo" y necesitan alimentos y agua "porque las letrinas se desbordaron y los pozos están contaminados por la mortandad de animales". Ofelia Fagoth dijo tener tres días de no poder conciliar el sueño. "No hay techo, hace frío y las noches se hacen muy largas". "Todo quedó tendido, antes había mucha sombra y parecía el paraíso, pero ahora no tenemos nada", dijo Fagoth, de 59 años, quien quería saber sobre sus familiares en la vecina comunidad de Taupí. Unas 40 mujeres hacían fila para ser incluidas en una lista para recibir comida. "Hasta ahora sólo hemos comido mangos que cayeron con los árboles", dijo Catalina Padilla. También discutían porque sólo una parte de ellas quería colaborar en las labores de limpieza y organización, mientras las otras decían "para qué, si así vamos a vivir en los años que vienen". Arnaldo Webster pidió motosierras para cortar y retirar los arboles caídos y expresó que se sentía "maniatado por los nervios desde la madrugada de Félix", mientras le temblaban las manos. Webster, de 79 años, dijo recordar una fuerte tormenta de 1941 en Cabo Gracias a Dios. "Los niños salían volando por los vientos, pero esto fue peor".

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