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¿Será posible que destruyan los murales de Santa María de los Ángeles?, por Padre Uriel Molina Oliú

El Nuevo Diario | 7 de Septiembre de 2007 a las 00:00
¿Por qué el padre Roberto González Abodio se ha empeñado en destruir y tapar con lonas los murales de la iglesia? Él no es ninguna persona inculta y seguramente ha estudiado arte siguiendo la tradición franciscana que en Italia posee bellísimas obras de arte. No. No lo hace por ignorancia ni por revanchismo. Lo hace porque está a contacto pastoral con sus feligreses y éstos, después de los años 80, son otros habitantes del barrio que vienen prejuiciados y que quisieran borrar toda la memoria histórica que está encerrada en esa Iglesia. Algunos le dicen que no pueden rezar con esos "muñecos". Otros que hay demasiada sangre, que son violentos. Y es verdad. En los murales se ve la violencia de los años de lucha contra la dictadura somocista. Pero ellos no pueden reflejar una situación pacífica. Hubo violencia y la hubo también en nombre de Jesús. ¿Y habrá pensado alguna vez el padre Roberto que la vida, pasión y muerte de Nuestro Señor no fue violenta? Esa violencia se ve reflejada en las catacumbas que sirvieron de cementerio para los cristianos. Pero cuando los cristianos pudieron salir a la luz pública y construir sus templos, fueron favorecidos por los emperadores de turno y se dieron a la tarea de embellecer los templos con mosaicos. En los ábsides no está representada la crucifixión porque en tiempos de los romanos la cruz era vista como maldición. Representaron a Jesús como Pantocrátor vestido con ropajes orientales tejidos de oro. Así los admiramos en Ravenna. Pero esos iconos no reflejan la fisonomía de Jesús. Se necesitaron siglos para llegar a la época de San Francisco de Asís que con su espiritualidad tan humana influyó decididamente en el arte de su tiempo. Giotto y Cimabue presentaron la crucifixión y otros aspectos de la vida del Salvador. Pero esos Cristos tampoco reflejaban la fisonomía de Jesús. A como no lo reflejan las bellísimas tallas españolas que se sacan en procesión en la Semana Santa de Sevilla. En América Latina no conocemos más que la tradición española y a ningún artista se le ocurrió pintar a Jesús con rasgos indígenas. ¡Tan despreciados eran los indios! Sin embargo han sido descubiertas imágenes indígenas de Jesús que quedaron arrinconadas sin que se aprecie su valor artístico. Para las devociones populares se prefirió el Corazón de Jesús de los calendarios que presenta rasgos de yanqui, con ojos azules y colochos muy bien acomodados. Pero la fisonomía de Jesús sigue siendo un enigma. A falta de fotografías, tenemos que reconstruir su rostro a partir de los escritos que se van publicando. Crossan, un autor norteamericano en su libro "Jesús, la historia de un campesino", no se atreve a decir cómo era Jesús. No es fácil definir su fisonomía, también porque en la literatura del primer cristianismo le vienen atribuidos diversos otros títulos, como el de profeta o de hijo de Dios. Son muchos los que afirman que Jesús fue un hebreo fiel a la tradición de su pueblo y al sistema religioso judío. El cristianismo sería un movimiento surgido después de Jesús y que, por muchas razones, escondió la hebraicidad. No debemos, pues, estar tan seguros de que los nazarenos de nuestras iglesias reflejen exactamente la fisonomía de Jesús. Muchos piensan que Jesús fuese un agitador político contra Roma. Pero él no recurre al uso de la fuerza militar ni a la fuerza física. Esperaba en el reino de Dios no por medio de la conquista política del poder, sino por un cambio de estructuras en la sociedad y en los corazones. Probablemente él tenía en mente el ideal del jubileo, una especie de utopía político-social. No tenemos ninguna idea concreta sobre la vida privada o la situación social del Maestro. No sabemos si estaba casado o soltero, si tenía hijos o no. Sabemos que no le importaban las instituciones. Lo que le importaba era el hombre y su cercanía a Dios. No podemos imaginarnos a Jesús como un solterón empedernido, alardeando de su "virtud" de no haber sentido jamás en su cuerpo las manos de una mujer ni en su alma la herida de la tentación del amor. Si de veras queremos imaginarnos la vida de Jesús, tendremos que fijarnos más bien en el aspecto paradójico y "anarquista" que, según un texto que hay que tomar en serio, constituyó uno de los cargos más graves que se imputaron al hombre de Nazaret en su proceso criminal: que sembraba discordia en las familias y soliviantaba al pueblo desde Galilea hasta Jerusalén. Cuando la comunidad del Riguero decidió pintar una Vía Crucis en la iglesia, era natural que no pensara en las estaciones clásicas de los devocionarios. Éstos presentan leyendas que no son acordes con la realidad histórica: que Jesús haya caído tres veces, que se haya encontrado con su madre en el camino, que la Verónica lo haya enjugado. Había que expresar la pasión de Jesús en los crucificados de la historia, teniendo presente lo que San Pablo dice: "Voy completando en mi carne mortal lo que falta a las penalidades del Mesías por su cuerpo, que es la Iglesia". Y los crucificados eran como 167 muchachos enterrados debajo del altar. Y luego seguían: Luis Alfonso, quien fue asesinado por la Guardia Nacional; Valdivieso murió acuchillado por luchar contra los Contreras, Mons. Romero fue asesinado al celebrar la Eucaristía, el matrimonio Barreda fue asesinado cortando café. Pero en el recorrido del Vía Crucis se presentaba a Fray Bartolomé de las Casas, a Mons. Pereira y Castellón, al Cristo campesino que lleva su cruz, a Camilo Torres y a Gaspar García Laviana, y al padre Azarías H. Pallais, profeta de los pobres. Pero mucha gente se escandaliza porque está el mural de Sandino y Carlos Fonseca, unidos por la tribu de Monimbó en donde los niños corren como las hormigas, entre las grietas de los adoquines, para anunciar a Sandino que Nicaragua era finalmente libre. ¿Qué hay de malo que en una Iglesia figuren imágenes de los héroes y mártires? En Italia aparecen en todas las pinturas, lo que pasa es que no conocemos la historia y si a alguien se le ocurriera destruirlos, caería bajo las sanciones del Ministerio de Cultura. Incluso en la Capilla Sixtina se pintaron figuras mitológicas y desnudos que un hombre llamado "pantalonero" se encargó de cubrir para no herir la susceptibilidad de las personas. Hoy están descubiertos y ni el papa Benedicto XVI ni los cardenales se sienten incómodos al celebrar la misa en ese lugar. El Vía Crucis de la iglesia debía culminar en el ábside en donde se pintó la pasión y resurrección de Jesús. Jesús era un muchacho del pueblo, que por haber luchado hasta la muerte fue ascendiendo a los cielos, mientras el pueblo carga la cruz y las madres con las fotos de sus hijos acompañan el cortejo. La historia no termina en la muerte sino que se proyecta hacia arriba con la ascensión y resurrección de Jesús. La opresión de la mujer no existe más porque cuatro mujeres superpuestas se van levantando poco a poco hasta que la de más arriba alza sus brazos de baletista celebrando el triunfo junto a los niños que vuelven a jugar en corro en las esquinas de los barrios. ¿Qué de malo y de antiteológico tiene el que queramos representar el misterio de Cristo según nuestra cultura y nuestra historia? Los que vivimos esa historia nos sentimos representados en esos murales. Los que llegaron después ven solamente muñecos y rostros agresivos, añorando por tener imágenes dulzonas made in Miami. Un caso como éste no puede destruirse así sin más. Urge una comisión calificada que analice el problema y nos ofrezca un diagnóstico final. (**) El autor fue párroco de la Iglesia del barrio El Riguero, cuando los murales fueron instalados.

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