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Sobrevivientes relatan historias increíbles de su odisea en el mar

LaVoz.com. Desde Bilwi, RAAN. | 7 de Septiembre de 2007 a las 00:00
Sobrevivientes relatan historias increíbles de su odisea en el mar
Cecil Clark y Manuel Vendless podían ver las luces de la tierra, podían ver la seguridad, cuando las olas del huracán Félix levantaron su bote, lo estrellaron contra la profundidad del océano y lo arrojaron nuevamente a la superficie en medio de la oscuridad. Vendless se sujetó a una cuerda y Clark nadó hasta lo que quedaba de su bote de pesca. Pero poco después Vendless dijo "no voy a aguantar", y murió. Su amigo, Clark, amarró el cadáver a la embarcación, y pensó que él sería el próximo. Algunas horas antes, decenas de pescadores que buscaban langostas en el mar, cerca de un archipiélago remoto ubicado frente a la costa de Nicaragua, desconocían que a miles de kilómetros (millas) de distancia, uno de los huracanes más poderosos de la historia se encaminaba hacia ellos. Mientras el resto del mundo, conectado a la internet o mirando los canales noticiosos, vigilaba la trayectoria letal de Félix por el Mar Caribe, los indígenas miskitos que viven un pueblos de la selva o en pequeñas islas de la frontera de Nicaragua y Honduras no tenían ni la más remota idea de que en poco tiempo más el ojo de la peligrosa tormenta pasaría encima de ellos. La primera noticia del huracán llegó por la radio y por marineros nicaragüenses que pasaron por allí en sus botes, instando a los pescadores a volver a los puertos y a los indígenas a que evacuaran las islas donde vivían. Pero los miskitos prestaron poca atención a las advertencias oficiales. Creían que conocían el mar y cuándo debían salir de él. Eran las últimas dos semanas de la temporada de langostas, la principal fuente de ingresos. En Cayo Maras, Aurora Prada, de 39 años, vendía refrigerios y bebidas a los pescadores y recogía langostas para vender cuando se dio cuenta de que el cielo había oscurecido repentinamente y las olas castigaban la costa de una manera que nunca antes había visto. Junto con otras nueve personas salió corriendo hacia una casa de las inmediaciones, en busca de refugio. El viento arrancó las paredes de madera de la vivienda, voló el techo y lo arrojó por el aire como si fuera una hoja de papel. El agua subía a su alrededor, y el grupo encontró una pequeña lancha y se dirigió a un área de pantanos relativamente protegida, pero el viento era tan fuerte que les llevó dos horas recorrer unos 50 metros. "Primero pensé en mis hijos y cómo iban a quedar huérfanos", declaró la madre soltera de cinco niños, que estaban a salvo en el continente. Pero tal vez la historia de Clark sea una de las más increíbles de la tormenta. Se balanceó en el océano durante más de tres días, hasta que los familiares de su amigo muerto, Vendless, lo encontraron en el agua cerca de la costa de Honduras. Su cuerpo estaba cubierto de heridas abiertas por la exposición al sol y al mar, y se había quemado con el combustible de la lancha y una cuerda que había utilizado para atarse a la embarcación que se hundía. Era incapaz de explicar lo que había sucedido, o reconocer a sus amigos. Más tarde, se sentó en su sofá en Bilwi, aún conmocionado y casi sin voz. Cuando la madre de Vendless, Rosa Miller, llegó a verlo, le contó en medio de lágrimas que se agarró del cadáver de su hijo hasta el jueves, cuando el hedor se hizo tan fuerte que lo dejó hundir. Miller estalló en llantos junto a él, besándolo en la frente y asegurándole que encontrarían al cadáver de Vendless. "Voy a salir mañana con buzos, para buscarlo. Aunque lo que encontremos sean huesos, yo lo quiero traer conmigo", expresó la mujer.

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