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20 años de huracanes y las lecciones no aprendidas en Nicaragua

El Nuevo Diario. | 15 de Septiembre de 2007 a las 00:00
El riesgo de huracanes está latente año con año en Nicaragua, sin embargo, a lo largo de las dos últimas décadas, a pesar de los desastres ocurridos y de las experiencias acumuladas en ese período, no se ha desarrollado una verdadera política de prevención y mitigación para este tipo de desastres naturales.

Por Oguer Reyes Guido (*)

Si nos remontamos veinte años constataremos que ya para 1988 el huracán Joanna provocaba efectos devastadores en el Atlántico de Nicaragua. Joanna provocó la evacuación de 310 mil personas y a su paso dejó 230 mil personas damnificadas, de las cuales la mayoría eran campesinos. El monto total de pérdidas ascendió a los 840 millones de dólares, de los cuales 95 millones se destinaron tan sólo a la atención durante la emergencia. El monto de daños equivalió al 40% del Producto Interno Bruto del año 1988. Todo esto según el informe de daños que el gobierno de entonces solicitó a la Cepal. Ya dicho informe sugiere emprender acciones de prevención, ya que los huracanes no son fenómenos aislados en esta zona. Luego del relativo regreso a la "normalidad" las comunidades de la Costa Atlántica de nuestro país volvieron a quedar en abandono. No se aprovechó la oportunidad para hacer una reconstrucción que pudiera soportar mejor los embates de futuros huracanes. Como es bien sabido, en esta zona del país las construcciones que se hacen no poseen la capacidad estructural para resistir el efecto de los vientos. Comunidades enteras quedaron nuevamente en una grave situación de vulnerabilidad que años más tarde se haría evidente. En 1996 se produjo otro huracán, César, que afectó sobre todo a las comunidades más pobres del Atlántico. César atravesó el territorio nacional desde el Atlántico hasta el Pacífico, dejando una estela de daños que incluyó 110 mil personas afectadas, 2300 familias que perdieron total o parcialmente sus casas y 29 mil personas evacuadas. Dejó daños por 50 millones de dólares y una afectación importante en la infraestructura de transporte. Como siempre, después de la fase de emergencia y el regreso a la "normalidad" las comunidades volvieron a quedar abandonadas a su situación de vulnerabilidad, misma que se ve agravada por la pobreza que los convierte en fáciles víctimas de este tipo de fenómenos naturales. Dos años más tarde el huracán Mitch se ensañaría también con estas poblaciones del Atlántico, afectando de igual manera al resto del país. Como lo indica el informe de daños del huracán Mitch, elaborado por la CEPAL, ya para esta época Nicaragua se encontraba en una etapa económica de crecimiento y progreso, mismo que, como ya es habitual, no llega hasta la Costa Atlántica. El Mitch afecto gravemente la economía nacional, provocando daños totales hasta por 988 millones de dólares. También dejó a su paso 368,315 damnificados y más de 65 mil personas en albergues, 80 mil hectáreas de cultivos arrasadas, de las cuales 63 mil pertenecían a campesinos y pequeños productores, y 50 mil cabezas de ganado perdidas. Después de la fase de urgencia, nuevamente las comunidades afectadas, en especial las del Atlántico de Nicaragua, volvieron a quedar a merced de su situación de vulnerabilidad ante desastres provocados por huracanes. Ahora le ha tocado el turno al huracán "Félix", que ha devastado la Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN) y cuyo balance de daños aún está por definirse, pero, como siempre, los más pobres de la zona resultarán ser los más afectados. ¿Por qué en Nicaragua no ha habido una política seria de prevención de desastres? Primero por falta de interés y por la muy poca sensibilidad de los gobiernos que se han sucedido al mando de la nación. Para reducir la situación de vulnerabilidad de las comunidades más pobres de Nicaragua ante los desastres causados por huracanes sería imprescindible la existencia de una voluntad política de todos los actores de poder de la nación. Esta voluntad política debe traducirse consecuentemente en asignaciones presupuestarias serias para afrontar el problema de la vulnerabilidad en estas zonas. Para el año 2006 en el Presupuesto General de la República tan sólo se destinaron 64 millones de córdobas para reducir la vulnerabilidad ante desastres, lo que representa menos de cinco millones de dólares. Demasiado insuficiente. Al mismo tiempo el PARLACEN obtuvo 32 millones de córdobas y el Programa de Eficiencia y Transparencia en las Contrataciones 37 millones. Como podemos apreciar para el Estado de Nicaragua reducir la vulnerabilidad ante desastres no es por mucho más importante que un parlamento regional inoperante o mejorar la "transparencia" de las contrataciones. Para 2007 la situación no es mucho mejor. La reducción de la vulnerabilidad tiene afectado un total de 71 millones de córdobas. Las acciones a nivel de gobierno no deben esperar que el desastre llegue. En Estados Unidos, por ejemplo, tras la experiencia de Katrina, en temporada de huracanes el gobierno prepara la logística para desastres aumentando los suministros de agua y alimentos por lo menos para atender a un millón de personas, para acompañar su estrategia de prevención. Además de eso prepara a sus funcionarios locales y estatales para intervenir en caso de desastre y que no se repita la situación de Nueva Orleáns. Definitivamente, la prevención de desastres y la reducción de la vulnerabilidad en Nicaragua es urgente tomarla en serio. Los desastres naturales impactan a toda la economía y tienden históricamente a provocar mayores daños en términos económicos. Según el documento de Política de Gestión del Riesgo de Desastres del BID, desde 1950 hasta el año 2000 los daños económicos por desastres naturales en el mundo han crecido ocho veces. Es urgente hacer algo ahora. No hay que esperar el próximo huracán para seguir contando muertos y evaluando daños. (*) Especialista en Economía Gubernamental y Administración Financiera Pública. Coordinador de la Alianza Franco-Mexicana de Saltillo, Coahuila, México.

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