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La mano pesada de la cobardía contra Venezuela

Caracas. Por Dilbert Reyes Rodríguez, Granma. | 17 de Diciembre de 2016 a las 10:57
La mano pesada de la cobardía contra Venezuela

Apegada al principio maquiavélico de conquistar el fin sin importar los medios, la política sucia puede hacerse valer con la misma bajeza y cobardía de quien es capaz de golpear a una mujer.

La agresión que el miércoles pasado recibió de un policía en Buenos Aires la canciller venezolana Delcy Rodríguez, al intentar acceder a la reunión en que países del Mercosur sellaban la conspiración contra Venezuela, demuestra que el conflicto dentro del bloque no es la sanción de un puñado de naciones a una sola, sino el boicot articulado de los grupos de derecha, personalizados en los go­bernantes de turno.

La valiente ministra de Relaciones Exteriores se había personado en Argentina para participar en el concilio ilegítimo que el triple contubernio entre las representaciones de Brasil, Paraguay y el país anfitrión organizaron, a fin de decretar el despojo de la presidencia pro témpore que corresponde a Venezuela.

El acto de cobardía había empezado justo ahí, en la fragua de una reunión a la que no invitarían a Venezuela, y en la que tomarían la postura de quien sentencia en un juicio sumarísimo, arbitrario, sin oportunidades a la defensa: el grupo no reconoce a Venezuela y en su lugar, desde el primero de enero, Argentina asumirá la presidencia.

Escuchar la verdad molesta demasiado, y la sola presencia de la elocuente Rodríguez, acostumbrada a guerrear en tribunas internacionales, desnudaría con argumentos el sabotaje político que la llamada Triple Alianza realiza por medio del mecanismo económico regional. Así, decidieron que sería mejor ni escucharla. Total, el acuerdo ya estaba tomado, aunque el pretexto que esgrimieran no tuviera la mínima consistencia.

Han dicho que Venezuela no ha cumplido con la incorporación a su legislación interna de todas las normativas fijadas reglamentariamente para los miembros del Mercosur; sin embargo, con la adopción de 1 479 disposiciones, su Gobierno sa­tisface el 95 % de la exigencia, muy por encima del 50 % que promedian los conspiradores.

Lo que sí ha demostrado el ejecutivo boli­va­riano es que nunca se quedará en silencio ante el atropello diplomático; aun a riesgo de que en ejercicio de su defensa se exponga al atropello físico, como alevosamente pasó con la canciller Ro­drí­guez a las puertas del edificio José de San Martín, al ser golpeada fuerte en el hombro por el escudo blindado de un policía, a pesar de ir mostrando las manos y espetar con firmeza: ¡Yo soy la canciller de Venezuela!

Fiel a su constancia prointegradora, el país no ajusta su actitud a los rencores, amenazas y ataques de sus declarados enemigos, e insiste en propugnar la unidad de un bloque inclusivo y sobre todo democrático, que trabaje por concertar beneficios económicos de alto impacto en el bienestar de sus pueblos, y no en el interés neoliberal que representan aquellos.

¿Qué es, sino una versión supranacional de un golpe de Estado, el ensayo que ejecuta la alianza tripartita de Mercosur? Primero el aislamiento no­minal: por su supuesto incumplimiento Ve­ne­zuela pierde el derecho pleno como miembro, y en tal condición, menos podría aspirar a la presidencia de apenas seis meses. En efecto: un modo nuevo de destronar, golpe de Estado acorde con los tiempos, sin precedentes, por su carácter internacional.

No es el primer intento de su tipo en la conspiración contra la Revolución Bolivariana. Ya quisieron practicarlo antes en un escenario político más amplio, que implicara el número superior de países que significa la OEA; pero los argumentos groseros, artificiales, unidos a la mala saña que se notaba en el discurso impositivo y frenético del tarifado secretario general Luis Almagro, provocaron que el barco de la susodicha Carta De­mo­crática hiciera aguas.

Así como la palabra de la canciller Delcy Ro­dríguez incomoda en las tribunas preñadas de millonarios políticos que conducen países con las cuerdas del neoliberalismo fracasado; igual Vene­zuela es un nombre molesto en cualquiera de los proyectos geopolíticos pensados por los nuevos dirigentes de la derecha continental mercantilista.

Con la apostura de la guerrera, Delcy entró a pecho descubierto en el terreno de los conspiradores, a reclamar legalidad y decir sus verdades; mientras los confabulados escogieron no invitarla por no mirarle la cara, no escucharla, y conciliaron el golpe a puertas bien cerradas, dentro de un fuerte anillo policial blindado e impuesto de una orden categórica: esa mujer no puede entrar.

Delcy no lamentó el dolor en el hombro. Más le irritó la desvergüenza de sus homólogos confabulados en la escena de Mercosur. «Es un penoso espectáculo», afirmó; poco antes de que en el mis­mo lugar, la amiga argentina Estela Calloni advirtiera sobre la componenda: «El que no quiera ver, que no vea».


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