Escúchenos en línea

Chuno Blandón: Carlos Fonseca y el Che a 48 años de «El Chaparral»

El Nuevo Diario. | 10 de Noviembre de 2007 a las 00:00
El 17 de abril de 1959, el comandante Carlos Lugo se convierte en el primer combatiente internacionalista que sale de Cuba para unirse a las guerrillas nicaragüenses tras el triunfo de la revolución. Otros cubanos viajarían después a diversos países de África, Asia y América Latina. Somarriba, Onelio y Ramón tomaron el avión en La Habana. El 24 de abril salen hacia la montaña. Villeda da armas para el entrenamiento.

Por Jesús Miguel "Chuno" Blandón, El Nuevo Diario

Por México iniciaron el viaje Virgilio Godoy, Klaus Khul y Aldo Díaz. Por Guatemala, Fanor Rodríguez Osorio, Mauricio Morales Córdoba, Enrique Marenco, Silvio Ramírez y los guatemaltecos Álvaro Urrutia Ramírez y Ramón Minos Velásquez. El Che y la guerrilla nicaragüense Por Honduras, desde La Habana, vinieron Manuel Baldizón y Enrique Morales Palacios, Aníbal Sánchez Aráuz, Manuel Canelo y Rodolfo Romero. Somarriba regresa a La Habana el 12 de mayo. Se reúne con el Che y el comandante Eliseo, jefe de la Fuerza Aérea Revolucionaria cubana, quien viajará a Honduras con Somarriba. "Hay que volar las veces que sea necesario, por la mañana, por la tarde y por la noche. Hay que familiarizarse con la ubicación de la pista. Recuerda que, según los mapas, si te equivocas, cinco minutos más y estarás volando sobre territorio nicaragüense", alertó el Che a Eliseo. En la finca Las Lomas fueron reconcentrados 55 hombres que constituían el grueso de la guerrilla. Otros 27 combatientes entrenaban en una finca, cerca de Sabana Grande, a 30 kms. de Tegucigalpa, bajo las órdenes del ex teniente Guillermo Duarte.

El comandante Eliseo

El 17 de mayo llega a Honduras el comandante Eliseo. Viaja hacia el lugar donde está la pista de aterrizaje, levanta un mapa para ubicarse desde el aire y alquila una avioneta, con la que hizo varios vuelos sobre la pista. Al principio, volaba muy lejos del lugar, pero cuando se le hicieron señales con una sábana que llevaban Somarriba y Ugarte, finalmente aterrizó. El 20 de mayo, Eliseo regresa a la Habana. Villeda informa a Somarriba que la OEA va a hacer una inspección en la frontera. Ya han llegado los helicópteros con pilotos nicaragüense, hondureños y norteamericanos. Somarriba ordena desmantelar las casas de campaña y abrir hoyos para enterrar los desperdicios. Los hombres cambiarían sus uniformes por ropa campesina. Se hicieron tres grupos: uno bajo el mando de Onelio; otro bajo el mando del comandante Carlos Lugo y otro que jefeaba Manuel Baldizón. Somarriba y Ugarte se dirigieron al parque de Danlí, disfrazados de campesinos. Dos helicópteros aterrizaron en el parque e interrogaron a varias personas. "En la comisión venía Francisco Boza, de la GN, a quien yo reconocí. Allí escuchamos expresiones como: ‘Aquí no hay nada’", relata Somarriba en sus memorias. Villeda estaba visiblemente emocionado. "Ya me hablaron de la fuerza armada y dicen que no encontraron nada, todo ha sido un éxito", expresó Villeda. El jefe rebelde regresa a La Habana el 24 de mayo. Se reúne con el Che y le informa que la OEA no pudo detectar nada. Faure Chomón le comunica que le entregará a otros dos combatientes: el capitán Camilo Dájer y el estudiante Marcelo Fernández. Ambos viajan con Somarriba a Honduras.

Las vacilaciones de Villena

Entrevista con el presidente Villeda, el presidente del Congreso Nacional, Modesto Rodas Alvarado, y el diputado Mario Armando Idiáquez. Éste dice que, quizá, cinco mil garands son muy difíciles de esconder. Somarriba afirma que si el ejército descubre la conspiración, es igual que sean cien rifles o cinco mil. Insiste en que lo mejor será reunir a los líderes del partido de Villeda, organizar a la gente y distribuir las armas. Al día siguiente Villeda fue el primero en hablar: "Comandante Somarriba, sé que usted no estará de acuerdo con nuestra decisión, pero circunstancias muy especiales nos obligan a no aceptar las armas ofrecidas. Nuestra preocupación es enorme porque, históricamente, le estamos fallando a nuestro pueblo. Si usted triunfa en Nicaragua tendremos un gobierno amigo, que apoyará a mi gobierno. Le ruego, encarecidamente, transmita al comandante Ernesto Che Guevara nuestra gratitud, a nombre mío y en el de mi oprimido pueblo. Aunque Rafael Somarriba no lo sabía, en ese momento se estaba marcando el trágico final de la guerrilla de El Chaparral.

Aleida March

La Habana. Reunión con el Che. "Me está esperando Aleida March; en ella está encarnada la revolución profundamente. Comparte con el Che todos los secretos de sus luchas revolucionarias. Ella es mi amiga y colaboradora con la lucha nicaragüense",relata. – Los aviones que se van a utilizar ya los he cambiado de la base militar a la pista del balneario de Varadero –dijo el Che–. ¿Y qué pasó con las armas que les íbamos a dar a los hondureños? – Ese asunto se jodió, hermano. Al principio había una gran decisión, pero cuando comencé a apretar los tornillos, se rajaron. Pero dijeron que nos iban a seguir ayudando. – Entonces –dice el Che–, ¿quieres decir que vas a echar reata tú solo? – Solo no, ¿que no estás tú detrás? – Qué lástima. Los hondureños nunca van a tener otra oportunidad como ésta para deshacerse del ejército. Luego, el Che habló de las armas: – Tú no puedes viajar con los aviones que llevan las armas. Tienes que viajar aparte para esperarlas en las montañas. No corras riesgos innecesarios, porque, si te pasa algo, se jodió todo. Selecciona a los hombres de más confianza para que, junto contigo, estén a la expectativa de la llegada de los aviones. Yo no te voy a dar hora ni día. Esta operación es una de las más delicadas. – ¿Va a ser de día o de noche? –pregunta Somarriba. – Tienes que estar pendiente las 24 horas. Inclusive, Eliseo tiene instrucciones de que si durante el vuelo los siguen algunos aviones, que tire al mar todo el cargamento. Este asunto sólo hay dos personas que lo saben: tú y yo.

Raúl Castro al frente

Rafael regresa a Honduras a preparar todas las condiciones para la llegada de las armas. Habla con Edgar Alvarado, contacto en Guatemala, para que compre pistolas. Le entrega diez mil dólares para adquirir diez pistolas. "En mi maletín yo andaba cien mil dólares –afirma Somarriba–. Edgar Alvarado nunca regresó, ni los diez mil dólares tampoco". La Habana. Nueva reunión. –Tengo muchos problemas graves. Por eso no te he mandado las armas –le informa el Che, quien no se está un momento quieto, caminado, dando vueltas en la habitación. De pronto, en tono exaltado, le dice a Somarriba: – Mira, hermano, pase lo que pase, el movimiento revolucionario de Nicaragua no se va a detener. Quizás hasta yo vaya contigo desde el primer momento. "Durante la cena, el Che siguió hablando de sus problemas y yo no pude seguir comiendo", cuenta Somarriba. – Ya se te quitó el hambre. – La verdad, sí; ya me contagiaste con tus problemas. – Fidel me ha ordenado que mañana salga para Yakarta, Indonesia. – Y entonces, ¿qué pasará? – Bueno, esa es la decisión que estoy tratando de tomar. "Después, pasamos a otro tema y el Che me invitó a su matrimonio con Aleida March, a realizarse el día siguiente". – No me voy. Primero Nicaragua y después me iré –dijo al despedirse el Che. "Al siguiente día asistí a la boda de mis dos grandes amigos: el Che y Aleida, relata Somarriba. "El Che, como siempre, con su apariencia humilde, pero con ciertos destellos de felicidad en el rostro. Aleida, también humilde, pero extremadamente feliz. "Cuando la ceremonia terminó, el Che me llamó aparte y me presentó a un oficial llamado Hernaldo López, informándome que él sería el enlace entre el comandante Raúl Castro y yo", continúa Somarriba. – El comandante Raúl Castro está enterado de nuestros planes. Raúl se encargará de Nicaragua. "Luego nos quedamos solos, el Che, Aleida y yo. El Che me dijo: ‘Mira hermano, yo no me voy de Cuba sin antes haberte enviado las armas. Regresa mañana en la mañana’".

Los aviones B 29

¿Pueden 55 hombres derrotar a todo un ejército? Esa pregunta se la hacían, repetidamente, los miembros de la guerrilla, en las pláticas que se producían, necesariamente, después de cada entrenamiento. Pero ahora, tenemos el apoyo de dos gobiernos: Villeda y Fidel. Además, está el pueblo. El pueblo, siempre el pueblo. ¿Llegarán los aviones? ¿Y si se van en promesas, como siempre ha sucedido? ¡Ah! ¡Si viniera el Che! Habían sido días de mucha tensión. La tropa era heterogénea, la mayoría no se conocía. Habían pasado días y noches enteras vigilando la pista, esperando los B 29. Manuel Baldizón daba instrucciones: medir una extensión de unos 600 metros a lo largo y 60 metros de ancho. Quitaron troncos y piedras que pudiera dañar el tren de aterrizaje. Colocaron sábanas extendidas para que los pilotos ubicaran la pista. En la noche, se preparaban fogatas para orientar a los pilotos. La tensión aumentaba. ¿Y si no llegan las armas? ¿Y si Cuba no puede cumplir? ¿Y si los aviones son interceptados? Hay impaciencia y cierta desmoralización. Somarriba recorre la pista. Les da bromas a los combatientes; ellos también bromean. – Comandante, yo creo que nos dejaron enganchados. Los aviones nunca van a venir –dicen los más escépticos. Somarriba ríe para inyectar seguridad. Para que puedan soportar la larga espera, los rayos del sol que queman, de forma inclemente, en el día. Ocurrió el día siete de junio, a las cinco y media de la tarde. Se escucha un griterío en la pista: ¡Los aviones! Dos imponentes bombarderos B 29 aparecen en el cielo azul y despejado. En medio de un ruido ensordecedor, aterriza el primer avión, que se repliega hasta el final de la pista, para dar paso al segundo, que aún está en el aire. El primero en saltar a tierra es el comandante Eliseo, que abraza a Somarriba. – Comandante, aquí estamos. No sabe cuánto nos ha costado hacer esta operación, pero todo ha salido perfecto. Aterriza el segundo avión y se comienzan a descargar las armas, material médico, casas de campaña, uniformes y botas militares. Había sido una operación perfectamente sincronizada y cronometrada: duró 35 minutos. Una vez descargados los aviones, Eliseo entrega a Somarriba el dinero prometido por el Che y una carta manuscrita, donde se despide de él y le reitera su inquebrantable decisión de pelear en Las Segovias, tan pronto sea posible. Eliseo le dice: – Comandante, nuestro Che se va mañana para Yakarta. Le manda un fuerte abrazo y le pide que se cuide por el bien de Nicaragua. "Cuando Eliseo me dijo eso, estaba llorando", relata Somarriba. Los aviones se enfilan nuevamente hacia Cuba. Ya con los motores encendidos gritan: ¡Viva la revolución cubana! ¡Patria o Muerte, Venceremos! Los nicaragüenses contestan: ¡Viva la revolución nicaragüense! ¡Patria libre o morir!

Manuel Baldizón

Los combatientes cubanos se mostraban muy impresionados por las cualidades combativas de Manuel Baldizón, quien había adquirido una gran experiencia con el general Ramón Raudales. Les preocupa la ausencia de la organización y coherencia orgánica, así como también del sentido del clandestinaje, que caracterizaba al Movimiento 26 de Julio. Fanor Rodríguez Osorio afirma, en entrevista que nos concedió en 1979, que él había interceptado, en la radio, noticias de una reunión entre Andrés Espinoza, jefe de las tropas hondureñas en la región, y la guardia somocista, en Teotecacinte. Él pasaba un informe diario, nos dijo, a los jefes, sobre las noticias captadas al ejército nica y al hondureño. El presidente Villeda informa a los responsables políticos, en Tegucigalpa, que el ejército hondureño se moviliza en una operación de búsqueda y aniquilamiento. Tal información, no es recibida por los guerrilleros, ya que la gente de Tegucigalpa los cree ya en territorio nicaragüense. A orillas del río Chichicaste, se dividen las fuerzas en tres columnas: la vanguardia, con el Estado Mayor, al mando de Somarriba. La columna central, al mando del comandante Carlos Lugo, y la retaguardia, comandada por Onelio Hernández.

Carlos Fonseca Amador

El 21 de junio llegan al campamento Ramón Raudales. Vienen siete hombres más. Uno de ellos es estudiante. – ¿Cómo te llamas?, pregunta Somarriba. – Carlos Fonseca Amador. Estuve en Tegucigalpa, decidí salir hacia Danlí. Somarriba estaba preocupado por el aspecto físico del nuevo combatiente. Su cuerpo era muy delgado y llevaba unos lentes enormemente gruesos. – ¿Por qué sólo a mí me interroga? – Porque estoy preocupado por ti. Toda esa gente que ves, ha tenido un entrenamiento de tres meses en la montaña. Te veo muy débil. Me preocupa tu vista, llevas unos lentes muy fuertes, eso significa que eres corto de vista. – Soy estudiante y soy revolucionario. Déjeme probar. Creo que puedo aguantar. Onelio también opinaba que el estudiante iba a ser un problema porque no iba a aguantar las caminatas. De todos modos, se le entregó un rifle garand, una mochila y cien cartuchos. Los nuevos hicieron prácticas de tiro. "Carlos Fonseca llegó a decirme que quería estar en la columna donde fueran más estudiantes. Yo le expliqué que la organización era temporal, que íbamos a cambiar de posiciones y hasta de jefes de columnas", apunta Somarriba. "Le expliqué a los oficiales cubanos que los muchachos nicaragüenses debían de ser los jefes, porque ya íbamos a entrar a territorio de Nicaragua. La primera orden que di fue que Manuel Baldizón Richardson sería el segundo al mando con el grado de capitán. El cargo de Carlos Lugo lo asumió Enrique Morales Palacios". Siguieron hacia el sur. "Me informan que el muchacho estudiante estaba agotado. No aguantaba el fusil", relata Somarriba. – ¿Te acuerdas que te molestaste porque te preguntaba? Yo no te puedo dejar botado en la montaña, pero tampoco puedo retrasar la marcha de la revolución por esperarte. – Yo quiero ir a la lucha. Cámbieme de posición. – La posición no tiene que ver. Todos vamos a pie y en las mismas condiciones. – ¿Y qué piensa hacer conmigo? – Lo mejor sería que regresaras. Más tarde te puedes integrar a la lucha urbana. Ya ves que la montaña es un enemigo feroz. – Cámbieme el arma por una liviana. "Ordené que le entregaran una carabina San Cristóbal, que es más liviana, y que le quitaran las mochilas. Lo pasamos a la primera columna que yo comandaba y donde iban los otros estudiantes", recuerda Somarriba.

En marcha hacia Nicaragua

22 de junio. Borde norte de El Chaparral. "Onelio, Carlos Lugo y yo hacíamos una inspección de todos los miembros de las columnas. Nos alarmamos al ver al estudiante Carlos Fonseca Amador. Los mosquitos le habían destrozado la cara a picotazos. Estaba increíblemente inflamado. Nuestro médico trató de ayudarlo, pero él tenía la piel muy sensible", rememora. – Te dije que ibas a tener muchos problemas y nos vas a causar muchos retrasos. – Déjeme seguir. Yo quiero combatir. A mí nadie me mandó. Yo vine por mi cuenta. "A mí me agradó su actitud -continúa- ,y le dije: – Iremos hasta el final, suceda lo que suceda. En ese momento llegó un campesino llamado Chebo, conocido de Baldizón en anteriores guerrillas. Dijo que venían 30 hombres más. Decidieron esperarlos, porque así dividirían la carga. Las mulas ya no aguantaban. Captan, en la radio, instrucciones de la Guardia Nacional a una patrulla que se movilizaba entre Ocotal y el Jícaro. El comandante de Ocotal informaba a Managua que no había novedad. "Basado en esto, yo ordené que marcháramos hasta colocarnos en la parte sur de El Chaparral, frontera con Nicaragua. Envié dos columnas a territorio nicaragüense, una al mando de Baldizón y otra al mando de Onelio, para explorar el terreno por donde entraríamos al día siguiente". "Manuel Baldizón informó que había observado un puente por donde, supuestamente, pasaba un camión de la guardia. Onelio informó que no había encontrado nada y que creía que la entrada estaba fácil", dice Somarraba.

Una verdadera carnicería

24 de junio, 4 a.m.: Guillermo Vélez informó que los hombres que estaban con él habían desertado. Eran los dos guatemaltecos. Se formó una patrulla al mando de Harold Martínez para perseguirlos y fusilarlos, pero no pudo alcanzarlos. A las 12:45 p.m. la tropa es atacada por la retaguardia. Es el ejército hondureño. "No podíamos distinguir al enemigo, pero contestamos el fuego en forma eficiente –-relata Somarriba–. Media hora después de haber iniciado el combate, comenzamos a recibir fuego por la vanguardia. Claramente se oían ametralladoras 30 y 50. También éramos atacados con morteros y granadas de rifle. "Yo salí a hacer un recorrido de nuestras filas, en compañía del joven Víctor Lara, guatemalteco, mi ayudante. "Muere nuestro compañero José Arosteguí, quien defendía su posición, con la ametralladora 30, valientemente. "En el puesto del Estado Mayor, se encontraba conmigo el comandante Onelio Hernández, quien fue herido mortalmente por una ráfaga de ametralladora que lo tocó dos veces seguidas. "Los guerrilleros gritaban: ‘¡Viva la revolución!’. La soldadesca hondureña respondía: ‘¡Ríndanse, hijos de putas!’ "Se hizo un alto y el comandante de la fuerza hondureña quiso parlamentar conmigo. Indicamos un árbol para reunirnos. Ambos veníamos con nuestros ayudantes. No habíamos empezado a hablar cuando una ráfaga de ametralladora nos bañó, cortando el vástago del árbol. El comandante Andrés Espinoza me dijo que tenía órdenes de la embajada americana y de la Comisión Militar Mixta que no debía haber prisioneros. A esto le contesté yo: ‘No tenemos nada que hablar, sigamos combatiendo’. Ambos regresamos a nuestros puestos de combate y el fuego se reanudó. "La Guardia atacaba la vanguardia y los hondureños nuestra retaguardia. Los miembros de las columnas sostenían el fuego valientemente. Estaba conmigo el comandante Onelio Hernández, gravemente herido; también Marcelo Fernández y Aníbal Sánchez Aráuz. Una segunda ráfaga de ametralladora hiere al comandante Onelio. Marcelo Fernández me dice que nuestra ametralladora 30 está silenciada. Él quiere quitar el cadáver de Arosteguí y hacerla funcionar nuevamente. Marcelo corre del puesto del Estado Mayor hacia la ametralladora, pero cae muerto. Aníbal Sánchez vuelve a su puesto de combate y cae heroicamente. "Yo trato de vendar las heridas de Onelio. Lo puse entre mis piernas y lo vendé lo mejor que pude. Después, lo arrastré hasta un enorme árbol de ceiba, que estaba como a diez pasos. Una granada de rifle me alcanzó, me arrancó la faja de la cantimplora y la pistola 45. El impacto me lanzó a unos cuatro metros de distancia y caí en un lodazal. Cuando me recuperé, regresé donde Onelio. Ya no podía hacer nada por él. Las heridas eran enormes y mortales. "Como a diez pasos de donde yo estaba, se encontraba combatiendo el estudiante Carlos Fonseca Amador. Los soldados seguían gritando: ‘¡Ríndanse, hijos de putas!’. "De repente, el muchacho se puso de pie y gritó: ‘¡Viva la revolución nicaragüense!’ ‘¡Viva Sandino!’, y cayó al suelo, herido. En el suelo, me gritó: ‘¡Comandante, ya me mataron!’ "Como el herido siguió gritando, yo fui con mi ayudante al lugar donde estaba caído. Le acomodamos la cabeza sobre un montón de hojas y le prohibimos que hablara porque la hemorragia del pecho era abundante. "Mandé a traer al médico, doctor Barboza, pero a éste lo mataron cuando venía hacia nosotros. La sangre fluía abundantemente por el pecho del estudiante. Los ojos los tenía cubierto de lodo. Me dijo que quería hablarme. Quiso incorporarse, pero no lo dejé. Él no hizo caso y me dijo: ‘Comandante, prométame dos cosas, que no me va a dejar tirado aquí en la montaña. Segundo: que la revolución no se detendrá. "Así es. Si caemos, otros levantarán nuestros fusiles, le contesté. "Ya casi desmayándose, murmuró: ‘Combatamos... ¡Viva Sandino! "Yo regresé al Puesto de Mando, y luego fui a ver a otros heridos. La ametralladora que había herido a Onelio seguía barriendo el centro de nuestro campamento. "Después que hice el recorrido para contar heridos y muertos, regresé donde Onelio. Estaba agonizando. Acomodé el cañón de mi fusil telescópico e hice el disparo. Vi saltar sobre el peñasco al artillero, junto con la ametralladora, que caía en el abismo. "El combate continuó unas dos horas y media. El fuego era cada vez más intenso. Cuando fui nuevamente a reconocer las líneas, vi que tenía varios muertos y muchos heridos. "El comandante de la tropa hondureña nuevamente gritó: ‘¡Paren el fuego! He recibido nuevas instrucciones. Podemos negociar la rendición’. "Ellos pararon el fuego y nosotros también. Luego, reunimos al comando central compuesto por el comandante Carlos Lugo, el capitán Camilo Dájer y el capitán Manuel Baldizón, para discutir la rendición. Escuché sus opiniones, volvieron a sus posiciones de combate y yo fui a un sitio abierto a hablar con el comandante hondureño. Éste me dijo que estábamos rodeados por dos semicírculos, los del norte eran hondureños y los del sur guardias somocistas. Prometió que respetaría la vida de todos. Decidí la rendición. "Sin embargo, una vez rendida la columna guerrillera, fueron asesinados tres compañeros más a sangre fría y a mansalva". Describiendo el combate, Aldo Díaz Lacayo nos dice: "El ejército estaba a unos 15 metros arriba de la guerrilla. Yo estaba a unos diez metros. Manuel Baldizón a un metro, donde comenzaba la subida. "Cuando ya la tropa estaba rendida, Manuel Baldizón resbala y lo ametrallan. Fue un asesinato. "Los cubanos daban la vida por Somarriba. La organización del movimiento que hizo Rafael fue perfecta. Planificar el aterrizaje de los aviones en Honduras, con las armas, fue una proeza. ¿Por qué Somarriba se quedó en ese lugar? Él confiaba en que los militares le eran fieles a Villeda. Era un sitio favorable para la alimentación. Había un río. Eligió un campamento con una logística adecuada".

Héroes por la libertad

Los héroes caídos: ­­­ Antonio Barbosa, Aníbal Sánchez Aráuz, José Manuel Arosteguí, Manuel Canelo, Manuel Baldizón, Enrique Morales Palacios y Adán Suárez Rivas, nicaragüenses. Onelio Hernández y Marcelo Fernández, internacionalistas cubanos. Todos fueron enterrados en una fosa común. Los soldados despojaron a los heridos y a los muertos de todo lo que tenían. A Carlos Fonseca, creyéndolo muerto, comenzaron a bolsearlo, pero éste hizo un movimiento e impidió que le robaran. Los sobrevivientes fueron amarrados con los dedos gordos hacia atrás. En fila marcharon entre la montaña hacia Danlí. Después de tres días de vejaciones y sufrimientos, los prisioneros llegaron por la madrugada a Tegucigalpa, donde centenares de hondureños, especialmente estudiantes, los recibieron con gritos contra el ejército. Los heridos fueron llevados al hospital San Felipe.

Agonía de Carlos

Según el combatiente Octaviano Mantilla, quien entraría luego con el comandante Julio Alonso y que era compañero de estudios de Carlos Fonseca, éste agonizó toda una noche. "Yo estuve cuidándolo y se le oía un gran ruido en el pecho, como que se estuviera ahogando. "A media noche llegó un sacerdote a confesarlo, pero Carlos no aceptó. Yo le toqué el pecho y le sentí una pelotita resaltada. Llamé al médico, éste le hizo una pequeña incisión y salió la bala junto con un borbollón de sangre. Carlos lanzó un gran grito y después ya respiró tranquilo", relata Octaviano (Tano) Mantilla. (Entrevista con el autor). Los prisioneros fueron conducidos al Primer Batallón de Infantería. "Fuimos torturados, vejados, ultrajados. Nos vimos obligados a hacer una huelga de hambre", relata el comandante Rafael Somarriba.

Aparecen los norteamericanos

"Estuvimos incomunicados unos cuatro días –sigue diciendo el jefe guerrillero– hasta que llegó el presidente Villeda a visitarnos. Al verme, se sorprendió porque las agencias internacionales informaron que yo había muerto. Villeda ordenó que me llevaran a una oficina para hablar conmigo. "Cuando pasaba por un corredor, vi a oficiales nicaragüenses, hondureños y gringos reunidos. Villeda, con lágrimas en los ojos, me dijo: – Somarriba, yo no lo traicioné. Los Somoza compraron al jefe del ejército, coronel Osvaldo López Arellano. Son tan canallas que, en esa oficina, están negociando el canje suyo con el coronel Armando Velásquez Cerrato, a quien Somoza tiene preso en Nicaragua. Eso no lo voy a permitir. Tendrían que matarme primero. – Señor presidente, póngase en contacto con Fidel o Raúl. Ellos le dirán lo que tiene que hacer. "Dos días después, el presidente fue a visitarme y me dijo que ya había hablado con Fidel". El tres de julio de 1959 el comandante Rafael Somarriba, al mando de los sobrevivientes de El Chaparral, salía hacia Cuba en un avión expreso.

Siempre confiamos en él

El comandante Carlos Lugo, entrevistado por nosotros recientemente, declara –con evidente lealtad y admiración hacia Somarriba; admiración que es compartida por el capitán Camilo Dájer– que el Che siguió confiando en Somarriba y le asignó una nueva misión en Nicaragua, en 1960, en la que lo acompañaría. "Conseguí la visa para Honduras el 14 de octubre de 1960, pero la visa de México me la demoraron mucho y ya no pude acompañarlo. Él se fue solo. El objetivo era entrar desde El Salvador, por el Golfo de Fonseca, en una panga, para conversar con revolucionarios nicaragüenses y formar una organización que apoyara internamente un nuevo intento. "Somarriba fue, en todo momento, un verdadero revolucionario y sus detractores son inconsistentes", finalizan diciendo el comandante Lugo y el capitán Dájer. Todo hace indicar que esta nueva misión la preparaban, individualmente, Somarriba y el Che, quien, hasta el último momento, soñó con pelear en Las Segovias de Sandino. Ese mismo año, el nicaragüense Chéster Lacayo es fotografiado saliendo del Pentágono y luego detenido en Cuba, acusado de traición. Eso, posiblemente, afectó los nuevos planes conspirativos de los dos revolucionarios.

Descarga la aplicación

en google play en google play