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«Boca del infierno» seduce a los turistas extranjeros

Managua. Agencia PL | 21 de Marzo de 2017 a las 12:10
«Boca del infierno» seduce a los turistas extranjeros

Por increíble que parezca, uno de los principales atractivos turísticos de Nicaragua en la actualidad consiste en visitar un volcán activo al que los colonizadores españoles llamaron la ''boca del infierno'': el Masaya.

Desafiando el intenso olor a azufre, cientos de visitantes -nacionales y extranjeros- se acercan a diario a las fauces del cráter para admirar el pozo de lava reverberante que bulle en el fondo.

Dicha fascinación no es nueva, pues varios siglos atrás la montaña, ubicada 20 kilómetros al sur de Managua, ya concitaba el interés de los primeros europeos en llegar a estos lares, al punto de erigirse en el primer volcán descrito en español de América.

Un fraile llamado Francisco de Bobadilla instaló una cruz en su cima para sellar lo que consideró una puerta al inframundo, mientras en 1538 otro fray dominico, Blas del Castillo, se aventuró en su interior amarrado con poleas, pensando que aquella furnia ardiente contenía oro y plata derretidos.

Ambas tentativas solo terminaron por verificar lo que hoy es evidente: que esa masa ígnea que se agita como mar proceloso es indomable.

Tan indomable como lo comprobaron el 16 de marzo de 1772 los habitantes de las poblaciones vecinas de Nindirí y Masaya, cuando una erupción de la montaña de nueve días los hizo huir despavoridos y muchas familias abandonaron sus hogares sin siquiera cerrar las puertas.

Desde entonces, según intuyó el vulcanólogo estadounidense Alexander McBirney, el surgimiento de la lava en su interior obedece a un ciclo de 20 a 30 años, como parece confirmar la reciente formación del lago ígneo en el cráter Santiago a comienzos de 2016.

Durante la reactivación del volcán en 1946, el dictador Anastasio Somoza pensó soterrarlo con una bomba atómica, aunque, por fortuna, alguien logró convencerlo de lo inútil de tan arriesgada empresa, que pudo amenazar con la destrucción no solo de la montaña, sino de Managua y sus alrededores.

De ese modo, el Masaya se yergue firme hasta nuestros días, entre el temor perenne ligado a su cráter, que ocasionalmente vomita filamentos de vidrio conocidos como 'cabello de pelé', y la seducción que ejerce entres quienes van a observarlo, especialmente en horas de la noche.

Entonces, la fumarola que emana de sus entrañas tiñe de rojo el cielo en derredor a la cumbre y su lago de magma refulge como el 'ojo de Mordor', para ofrecer la misma vista hipnótica que hizo a los españoles darle el gráfico apelativo de 'boca del infierno'.


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