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Dialéctica de una derrota, por Atilio A. Boron

Diario Página/12, Argentina. | 3 de Diciembre de 2007 a las 00:00
¿Cómo explicar la derrota del Sí, y hasta qué punto fue sólo una derrota? Chávez se enfrentó a una fenomenal coalición política y social que aglutinaba a todas las fuerzas del viejo orden, carcomido hasta sus entrañas pero con sus agentes históricos librando una batalla desesperada para salvarlo. La gran burguesía autóctona; los terratenientes; el capital financiero; la dirigencia sindical corrupta; la vieja partidocracia; la jerarquía de la Iglesia Católica; la embajada norteamericana, obsesionada con derrocarlo y, coronando todo este rejunte, una confabulación mediática nacional e internacional pocas veces vista en la historia que reunía en sus ataques a Chávez a los grandes exponentes de la "prensa libre" de Europa, Estados Unidos y América latina. El líder bolivariano atrajo contra sí todos los esperpentos sociales con los que debe lidiar cualquier gobierno digno en América latina y los combatió casi en soledad y a mano limpia. Lo que unificó a los conservadores no fue la cláusula de la "re-elección permanente", sino algo mucho más grave: la reforma le otorgaba rango constitucional al proyecto socialista en gestación, algo totalmente inaceptable. Pese a tan descomunal disparidad, el resultado electoral fue prácticamente un empate. Para muchos venezolanos la elección no era importante, lo que explica el 44 por ciento de abstención. La gran mayoría de quienes no concurrieron a votar lo hubieran hecho por el Sí, lo cual revela la debilidad del trabajo de construcción hegemónica y de concientización ideológica de los bolivarianos en el seno de las clases populares. La redistribución de bienes y servicios es imprescindible, pero no necesariamente crea conciencia política emancipadora. Por otro lado, algunos gobernadores y alcaldes chavistas no se jugaron a fondo por una reforma constitucional que democratizaría, en detrimento de sus atribuciones, la organización política del Estado al crear nuevas instituciones del poder popular. Hay que tener en cuenta, además, que luego de nueve años de gestión cualquier gobierno sufre un desgaste o deja de suscitar el entusiasmo colectivo de antaño. A esto hay que agregar, además, algunos errores cometidos en la intermitente campaña electoral de un presidente que, por su papel protagónico en el escenario mundial, no dispone de mucho tiempo para otra cosa. De todos modos, pese a la derrota, Chávez sale muy bien librado. Sus credenciales democráticas se fortalecieron notablemente. La oposición llegó a los comicios diciendo que jamás aceptaría un triunfo del Sí. En caso de producirse lo repudiarían por ser producto del fraude y pondrían en marcha el "Plan B" de la Operación Tenaza. Los sedicentes demócratas confesaban que sólo se comportarían como tales en caso de ganar; si no, su respuesta sería la sedición. Chávez, en cambio, les dio una lección de republicanismo democrático al aceptar con hidalguía el veredicto de las urnas. Imaginemos qué hubiera ocurrido si por esa ínfima diferencia hubiera triunfado el Sí. Los voceros de la "democracia" habrían incendiado Venezuela. Pese a su derrota, la estatura moral de Chávez y su fidelidad a los valores de la democracia convierte en pigmeos a sus oportunistas adversarios, que sólo respetan el resultado de las urnas cuando los favorecen. Y, de paso, deja en una posición insostenible a los senadores brasileños que, pretextando la débil vocación democrática de Chávez, quieren frustrar el ingreso de Venezuela al Mercosur.

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