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¿Ocupación perpetua?

Khabul. Por Hugo Ríus / Cubadebate.cu | 2 de Septiembre de 2017 a las 08:37
¿Ocupación perpetua?

En la década de los 80 pude visitar Afganistán como enviado especial de la revista Bohemia, y para aliviar en Kabul, la capital, el tedio de un severo toque de queda desde las nueve de la noche, después de la temprana cena del obligado “palao”, (cordero con arroz y especias), el embajador cubano de entonces mandaba a recogerme al hotel donde yo pernoctaba y pasábamos un par de horas conversando sobre el país que intentaba descubrir.

Algo de lo que más impacto me causó fue saber que en el conglomerado afgano tan diverso en etnias, tribus, clanes, lenguas, religiosidad y tradiciones, al mismo tiempo que siempre levantisco, en una geografía agreste en extremo, todavía se mantenía alzado en armas un grupo que peleaba contra el rey, cuando para la fecha de la visita, había transcurrido más de una década del derrocamiento de la monarquía en 1973.

Lo para mí sorprendente de la anécdota referida obedecía al enorme atraso del país en economía, escolarización, sanidad, y por supuesto en medios de vías y medios de comunicación, lo que bastante poco debe haber cambiado en los días que corren, salvo para lo que interesa a la intervención militar de Estados Unidos y sus aliados de la OTAN.

Desde 1978 un movimiento revolucionario encabezado por el Partido Democrático Popular de Afganistán con el apoyo de la entonces Unión Soviética, se hizo del poder y se empeñó en los años siguientes en introducir aires de modernidad y democracia donde los rezagos feudales, la ignorancia secular y el poder de la religión pesaban mucho más que las mejores intenciones de cambios.

Todavía bajo el sino de la guerra fría, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) alentó, financió y armó la contrarrevolución del Taliban, que a mediado de la década de los 90 triunfó e impuso su reinado de terror y de retorno a los más atávico de las lecturas del Islam contra la libertad e independencia de las mujeres.

Sin embargo la felicidad en Washington duró poco puesto que el régimen del Talibán albergó el cuartel general de la organización terrorista Al Qaeda, a la que se responsabiliza de los ataques de Estados Unidos contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono, el fatídico 11 de septiembre de 2011. Y así la prepotente potencia se convirtió en un clásico “aprendiz de brujo”, al precio de miles de vidas inocentes.

La historia que siguió es demasiado conocida como para volver a detallar la vengativa invasión militar a Afganistán, ordenada por el presidente George W Bush, el diabólico sistema montado de secuestros de a la larga pocos culpables y muchos más inocentes como presuntos sospechosos, en infernales itinerarios de cárceles secretas, humillaciones y confesiones forzadas bajo tortura sin ningún respeto a los derechos humanos.

Lo que en particular me interesa subrayar es cuánto ha invertido Estados Unidos en vidas de soldados y recursos bélicos y económicos desde 2001 para mantener una presencia militar extranjeras sin mostrar reales visos de reducir efectivos y presupuestos y mucho menos de evacuar para siempre. Ni con la salida del poder del Taliban, la entronización de un gobierno surgido de dudosas elecciones, el entrenamiento de soldados y fuerzas de seguridad afganas si con alarmante frecuencia rebeldes infiltrados atacan inmolándose, o abaten con tanta frecuencia puntos neurálgicos presuntamente blindados.

Para tratar de explicarse esta palpable impotencia analistas recurren a variadas fuentes de criterio, e inevitablemente también a la historia, la que refiere de las cuatro derrotas humillantes que experimentó el imperialismo británico en igual número de invasiones entre los siglos XIX y XX.

Hay que concluir que a los afganos, cualesquiera sean sus segmentos de pertenencia, siguen siendo reacios a extranjeros que meten las narices en sus asuntos internos. Mucho más si han conocido como nunca antes el horror de los bombardeos indiscriminados sobre poblaciones civiles en nombre del antiterrorismo “en cualquier oscuro rincón del planeta” en amenaza de Bush.

Barack Obama fue el primer gobernante estadounidense que se propuso una retirada del extenso territorio asiático, pero en 2009, bajo la presión del Pentágono y la industria de la guerra, la más beneficiada de estos conflictos, hizo una escala allí para cohonestar tal presencia y se limitó a hablar de una reducción de tropas.

También Donald Trump durante su campaña electoral defendió abiertamente la retirada de tropas de su país de la guerra en Afganistán, Su estentóreo grito de ¡Vamos a salir!, en Twitter se acaba de trastocar en el anuncio de que Estados Unidos permanecerá allí sin fecha alguna de término.

Según el diario The New York Times, el recién defenestrado asesor Stephen Bannon veía con recelo la influencia que los generales tienen sobre Trump en el tema de Afganistán, en nombre de una industria que en 2011 alcanzó la cifra récord de 2 920 millones de dólares en venta de armas a este país.

Tampoco se debe obviar la crucial importancia del territorio en la geopolítica estadounidense, a las puertas de Rusia y en el centro y sur asiático con la vecindad de la emergente China.

Tales hechos y datos solo permiten augurar un enconado conflicto entre interesados ocupantes y resistentes víctimas. ¿Una guerra injerencista a perpetuidad que solo acarreará más sufrimientos?

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