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Fidelismo, democracia y elecciones, por Onofre Guevara López

El Nuevo Diario | 16 de Agosto de 2006 a las 00:00
La situación especial surgida en Cuba con la dimisión de Fidel, ha hecho pensar en las razones por las cuales se le estima y se le odia, para llegar al consenso de que se trata del revolucionario y el estadista más connotado del mundo en medio siglo. De entre sus simpatizantes, pocos objetarían, pienso, formar parte de una corriente política identificada como Fidelismo, dado que a Fidel le admiran marxistas y revolucionarios de todos los matices, sin muchas otras afinidades e incluso con fuertes contradicciones entre sí. El Fidelismo no es un sistema de ideas elaboradas teóricamente, pero ya constituye una concepción, una conducta valiente y digna, nacidas del enfrentamiento a problemas políticos --nacionales e internacionales--, con los cuales se orientan los revolucionarios ante fenómenos surgidos de las contradicciones entre los pueblos pobres y las naciones desarrolladas en este mundo globalizado y bajo el reinado de regímenes neoliberales, en América Latina Liberación e imperialismo, pues. También hay personas no revolucionarias que simpatizan con Fidel y la revolución por su formación progresista y buena información sobre el acontecer histórico mundial o por su humanismo que les orienta sus simpatías hacia la justicia social. Por otra parte, hay personas que, ignorando las causas por las cuales Fidel es un revolucionario, le odian: son los creyentes fieles a lo afirmado a través de la poderosa propaganda reaccionaria de los Estados Unidos, o porque comparten esta ideología arraigada desde siempre en su conciencia, y fortalecida por sus condiciones de vida y origen de clase. Es decir, existe gente enemiga de Fidel por causas político-ideológicas, por su vocación no revolucionaria de tradición o porque Fidel representa intereses económicos y sociales por los que hay gente que odia en este mundo, hasta la muerte. Ni más ni menos por lo que odia la parte de la humanidad convencionalmente llamada de derecha. Los indiferentes ante la personalidad de Fidel, son minoría igual que algunos de los desinformados En f in, cada quien por lo suyo. Yo tengo lo mío para estimar a Fidel como persona y como revolucionario, y se relacionan con hechos vividos en Cuba revolucionaria, y aun de la Cuba de antes, pues mi formación de luchador social y militante socialista, son anteriores a 1959. (Sólo los derechistas esconden sus opiniones reaccionarias tras la máscara de la imparcialidad). No oculto ni olvido que cuando estuve en Cuba por primera vez, 1960, ya tenía dieciséis años de militancia socialista, con una idea imprecisa de la revolución, algo lejano y mítico. En Cuba, me tocó ver y sentir una revolución en vivo, como fenómeno político real, con sus protagonistas de carne y hueso, mestizos, morenos y negros; una revolución hecha y hablada en español; bajada del ideal a la realidad con leyes que formalizaban los primeros cambios. En julio y agosto de 1960, se promulgaron dos leyes emblemáticas para la transformación de la estructura del sistema capitalista dependiente cubano: la reforma agraria y la nacionalización de empresas estadounidenses. Me tocó verlas “nacer”. La ley de reforma agraria la leyó Fidel el 26 de julio --séptimo aniversario del asalto al cuartel Moncada--, en las estribaciones de Sierra Maestra, en la entonces en construcción Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos. La ley de nacionalización de empresas gringas, entre ellas la de electricidad y la telefónica, se hizo en un acto nocturno en el estadio “El Cerro”, hoy Estadio Latinoamericano de La Habana. Ambos eventos, tuvieron momentos emotivos. En el estadio hubo una gran conmoción, cuando Fidel, quien llevaba año y medio haciendo discursos de muchas horas de duración, casi a diario, esa noche se puso afónico, casi enmudecido, y mientras Raúl y los médicos hacían esfuerzos por sentarlo, porque insistía en seguir hablando, a los presentes, mujeres y hombres, les brotaron lágrimas sin que trataran de disimularlo. El hecho de que cuarenta y siete años después, la mayoría del pueblo cubano mantenga inalterable su respaldo y cariño por Fidel, es algo para hacer meditar, incluso a quienes mastican y vomitan todo lo que dice la propaganda gringa contra la revolución y Fidel. Entre el océano de argumentos contra la revolución, navega éste: la permanencia de una persona en el poder durante tanto tiempo es un dictador. Una verdad, sin embargo, cuestionable, porque el concepto de dictadura no pierde su carácter de clase. Quien permanece más tiempo del acostumbrado en el poder es un dictador, pero en el esquema de la democracia formal, porque el reparto del poder como medio de enriquecimiento personal, de círculos políticos y de clase para mantener su poder sobre la sociedad, es la finalidad de las elecciones. El hecho de que lo consigan por la vía electoral no santifica ni justifica el objetivo. Y aunque la vía electoral es tenida como el rito purificador de los pecados del sistema, no ocurre siempre de manera tan formal, pues los golpes de Estado (militares o pacíficos por medio del fraude) son recursos de los mismos círculos cuando otras fuerzas amenazan su control del Estado, sin importarles nada ni la sangre que hacen derramar. (¿Les dice algo el Chile de ayer y el México de hoy?). De forma que la democracia formal es adaptable a las necesidades de las clases dominantes. Pero en una sociedad de consenso y unidad nacional --lograda por la vía revolucionaria (lo cual no elimina contradicciones)--, el poder se utiliza para transformar las estructuras de la sociedad a favor de la mayoría, que es el objetivo logrado por la revolución en Cuba, aunque no a plenitud aún, por las razones históricas conocidas. Allá, también hay elecciones, pero en condiciones en las que el poder no se disputa entre grupos rivales conciliables, porque: 1) Los adversarios locales de la revolución no son numerosos ni tienen capacidad ni fuerza para disputarse el poder vía electoral con los sectores revolucionarios; 2) La revolución utiliza los eventos electorales, para institucionalizar los cambios sociales, los cuales no son del interés de los grupos minoritarios, porque: a) Ellos quisieran destruirla, y por eso denigran las elecciones; b) En más de un objetivo lesivo para Cuba, los grupos no revolucionarios coinciden con su enemigo histórico; c) Estos grupos reciben ayuda económica y de otro tipo de los gringos; 3) con esta práctica electoral no se cumple con la democracia formal, pero sí con las aspiraciones históricas del pueblo cubano. El sistema cubano no es perfecto, nadie lo dice. Tampoco lo dice la derecha de la democracia formal, y aunque sus partidarios aceptan su imperfección, no aceptan que sea una causa para destruirla. ¡Pero, sin excepción, los “demócratas” le recetan la muerte a la revolución cubana, porque no es una democracia perfecta! La derecha derrocha hipocresía respecto a la democracia. Finge no entender cómo puede existir otro sistema social distinto al suyo, se vuelve agresiva hasta el crimen de lesa humanidad, como lo es hacer la guerra en nombre de la libertad. Su hipocresía y la fuerza de sus intereses no les permiten reconocer las diferencias de las condiciones históricas de cada país, ni que sean diferentes las prácticas electorales. No lo aceptarán en Cuba, viva o muera Fidel. Pero tendrán que seguir oyendo el grito de... ¡viva Fidel!

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