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Aquel fatídico 31 de marzo

Diversas fuentes | 31 de Marzo de 2008 a las 00:00
Eran las 10 y 23 minutos de la mañana del 31 de marzo de 1931, cuando Managua, fue sacudida por un violento seismo de 5,5 en la escala de Richter. El movimiento telúrico empezó lentamente y poco a poco fue aumentando hasta dejar en ruinas la capital nicaraguense. Los mercados, almacenes y tiendas de comercio que estaban atestadas de gente que se preparaba para la Semana Santa, era un día martes; fué mayor el espanto y la confusión. Los que habían quedado con vida corrían como locos en distintas direcciones. Por las materias inflamables de las farmacias, empezó un voráz incendio que devoró más de veinte manzanas del radio central de la capital; incendio que se propagaba libremente sin que nadie pudiera contrarrestarlo, pues no era el momento para dedicarse a esas atenciones. Cada quien buscaba en los escombros a su madre, a su padre, al hermano, al hijo. La capital convulsa siempre por los pequeños temblores que se siguieron después del terremoto, era sólo lamento entre las ruinas, en las calles desoladas y en el ambiente trágico. El violento terremoto de 1931 de 5,5 en la escala de Richter duró solamente ocho segundos. Muchos importantes edificios, como el Palacio Nacional y el Palacio de Comunicaciones quedaron en pie, pero fueron consumidos por las llamas de los múltiples incendios que se produjeron como secuela del sismo, provocados principalmente por las numerosas cocinas y los corto circuitos eléctricos. En el Palacio Nacional se quemaron totalmente los Archivos Nacionales, no obstante que el técnico de la compañía eléctrica, Central American Power Corporation, Ing. Moisés Henríquez, antes de escapar del edificio que se derrumbaba, cortó el suministro eléctrico accionando el interruptor (en 1931 no existían los interruptores automáticos térmicos o brakers). Solamente quedaron en pié solamente la armazón de hierro de la Catedral en construcción, la Casa Pellas, el Club Social, el Palacio del Ayuntamiento y la Casa Presidencial, y uno que otro edificio de particulares. Más de mil personas perecieron en esa hora trágica, y otro tanto quedó golpeado o lisiado para el resto de su vida. En medio de aquel lugar de ruinas y de dolor, surgía impasoble la figura evángelica de Monseñor José Antonio Lezcano y Ortega, que de un lado para otro se multiplicaba socorriendo a los agonizantes o dando consuelo a los que lloraban la muerte de un deudo. Su figura se agigantaba entre los escombros y entre los cadáveres. Era el pastor estoíco y resignado ante la obra de la naturaleza, que veía morir a su pueblo, y que arriesgando todo peligro repartía bendiciones. era Jesús aplacando la tempestad en el mar de Tiberiades y dando muestras de valor a sus apóstoles. Pasado el primer momento de estupor, empezó la obra de salvamento. Muchas personas estaban ilesas bajo los escombros y pudieron rescatarse. Centenares de cadáveres no identificados fueron llevados en camión al cementerio y echados a la fosa común; una zanja especial que se hizo prontamente. Más tarde fue colocado allí un monumento costeado por los obreros. Algunos marines, que eran los oficiales de la Guardia, murieron en el terremoto de 1931, dos de ellos perecieron al derrumbarse la Penitenciaría: el Mayor Hugo Blaske y el Tnte. James F. Dickey. Muchos reclusos y soldados de la G.N., también murieron al dislocarse la Penitenciaría, que estaba ubicada donde actualmente se encuentra el Estadio Nacional, que en 1931 era una zona fuera de Managua.

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