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Ningún partido puede gobernar solo, por Orlando Núñez Soto

El Nuevo Diario | 30 de Agosto de 2006 a las 00:00
Una de las particularidades de la vida política nicaragüense es que siempre se ha gobernado bajo el hegemonismo o la fuerza de un partido político, sin parar mientes en la gran oposición que se lo impide. El resultado es conocido: golpes de estado, guerras civiles, revoluciones, deterioro social e ingobernabilidad. Hoy en día y en plena campaña electoral la mayoría de los candidatos y organizaciones nos proponen un programa y una forma de gobierno para ser implementada desde su propio diseño, como si todo fuese a continuar igual, como si todavía se pudiera seguir gobernando solo, como si cada organización representara a Nicaragua entera. Ningún partido puede pretender gobernar solito, aunque sacara el 90% de los votos, cosa lejos de alcanzar, ni siquiera para los partidos que aparecen en primer lugar en las encuestas, como es el caso del Frente Sandinista. Gobernar desde una perspectiva partidaria suena cómodo o consecuente, pero no suena factible. Si alguien se propone gobernar desde su propia concepción del mundo, suena muy consecuente, pero no menos arbitrario, autoritario, y terminaría como todos los que lo han intentado, completamente solitario. Llevar lo deseable hasta el límite de lo posible es el arte de la política, pero no a la inversa. Llevar lo imposible hasta el límite de lo deseable ha sido el fracaso de todos los políticos. Tal cosa se puede hacer como pose intelectual, puesto que la palabra y el papel aguantan todos nuestros caprichos, pero no bajo la responsabilidad de administrar la cosa pública. Nos cuesta aprender, a pesar de que a diestra y siniestra tales sin sentidos han recorrido la historia entera. Cada organización tiene sus propios intereses, unos más particulares, otros más generales, lo que ha sido legal y hasta legítimo, independientemente de la carga opresiva que ha significado ponerlos en práctica, cueste lo que cueste. Sin embargo, la realidad se ha encargado de desconocer, a través de los más variados mecanismos, la inercia de tan libertinas voluntades. El Estado siempre ha sido lo que ha sido y se le ha permitido ser: una forzada síntesis de contradicciones sociales, a pesar de la voluntad instrumentalista de sus gobiernos de turno a favor de uno u otro interés particular. A su lado, los gobiernos particulares intentan sin cesar, aquella particularidad, con los resultados de todos conocidos: funcionan hasta que dejan de funcionar, arrasando con su soberbia el cadáver de generaciones enteras. Hasta ahora, toda sociedad es injusta por definición y el propósito colectivo de quienes padecen su discriminatorio régimen es combatir dichas injusticias. La universalidad alcanzada en tal empresa dependerá de cuàn grande sea la agrupación que lo logre en cada momento. Una universalidad que sólo obedece a las causas comunes que el sentido común nos propone en cada coyuntura histórica. Por lo tanto, definir esas cosas comunes que pueden ayudarnos a construir aquella universalidad será la prueba de fuego de nuestras certitudes. En contextos tan conflictivos como el que acabamos de pasar este fin de siglo, la reconciliación será el primer insumo para poder seguir caminando. De lo contrario seguiremos exhibiendo cuanta vanidad y reservas radicales nos inspire el papel o el micrófono para exponer nuestras particularísimas posiciones, hasta que la gente se canse de nuevo y nos lo haga saber por sus propios métodos, como siempre ha pasado. Independientemente de la tenacidad mostrada por los intereses económicos de cada comunidad, clase, barrio o casta elitista, la razón gregaria obliga a ciertas tareas comunes. La economía por ejemplo seguirá siendo la base de nuestro bienestar material y para ella las columnas de la acumulación seguirán siendo la energía, la construcción y la industrialización, en nuestro caso, la agroindustrialización y el turismo. No importan los programas partidarios, la misma economía nos impondrá una estrategia energética, constructiva-comunicativa e industrial. Sólo la testarudez de un presidente como don Enrique Bolaños podrá afirmar en medio de una gran noche oscura que la energía petrolera y la solución de tal problema es un asunto privado. Sólo él y sus ministros pueden pretender seguir privatizando los bienes públicos, incluidos los impuestos, como si tuvieran autorización divina para subastar la cosa pública. ¿Quién sin consenso interior podrá alcanzar una exitosa política exterior? Hasta la amistad y el amor más íntimo son una relación social que desborda nuestra individualidad y requieren el reconocimiento de las particularidades menos simpáticas del otro. Es más provechoso aprender a beber de los antojos del otro que masturbarnos en nuestro mimado y caprichoso egoísmo. Si seguimos gratificándonos con el juego de arrebatar totalitariamente la razón al otro, ¿con quién vamos a gobernar los breves e irremplazables momentos fugaces que nos exigen gestionar la vida colectivamente? Por el momento apoyemos la conciencia y la organización de la gente, por si los liderazgos políticos e intelectuales mantienen su habitual sordera. Mientras llega ese momento, si es que llega, invitémonos a intentar gobernarnos entre todos, acercándonos a esa utopía milenaria, eternamente retrasada por el divorcio de intereses entre minorías y mayorías. Para quienes no gustan del fuego, les conviene acarrear carbón para que nadie pase frío. Para quienes gozamos con las llamas, llamémonos a la cordura para cuando suba la temperatura sentir la gratificación de que no tuvimos otra salida que juntarnos para calentar de nuevo el lecho. Mejor trataríamos de convencer a la mayoría sobre la preferible bondad de gobernarnos juntos antes que desgobernarnos separados. Y lo dicen incluso aquellos que no han dejado de sospechar de la primogénita maldición de vivir en sociedad, detectando en cada modelo de gobernabilidad una gran dosis de domesticación y marginación. Quien pretenda hegemonía tendrá que buscar consenso y ocuparse de las infaltables alianzas políticas en cualquier pretendida orientación social. Las alianzas seguirán siendo necesarias, lo mismo que las alianzas entre las alianzas, hasta que logremos despegar como nación, al menos frente a las otras naciones. Todavía ayer existía la posibilidad de intentar un programa particular, hoy se vuelve cada vez más difícil, el paciente se muere y necesitamos una junta médica. Sin consenso político, hasta las cosas más fáciles se harán difíciles o imposibles. Ahora bien, si no hay nada que nos una, adelante entonces, y que cada cual, de acuerdo a sus posibilidades, prepare su lanza y su plegaria, hoy abonada con descalificaciones verbales y arrogante veneno.

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