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Los escenarios del 5 de noviembre, por Carlos F. Chamorro

El Nuevo Diario | 2 de Noviembre de 2006 a las 00:00
Estamos a las puertas del desenlace de la inédita elección a cuatro bandas aún dominado por la incertidumbre. Las tres anteriores (1990, 1996 y 2001) fueron muy similares, al producirse la polarización sandinismo-antisandinismo, dando como resultado derrotas de Daniel Ortega con un margen mayor del 10%. Según los datos de M y R, ahora existen por lo menos tres diferencias sustanciales: a) El voto de la derecha "liberal" (40%) está dividido entre ALN (49%) y PLC (43%). b) El voto sandinista (42%) también ha sufrido una ruptura, aunque menor, causada por el fenómeno Herty Lewites-MRS. Ortega retiene el 80% del voto, el MRS capta 15% y 5% se mantiene como voto oculto. c) El voto independiente (18%), que en la última elección fue decisivo para inclinarla a favor de Bolaños, votando en masa en contra de Ortega, también está dividido. El MRS capta la mayoría (47.5%), ALN (33%), y el 17% se mantiene oculto. Ante este panorama de fragmentación del voto, la regla pactada por Alemán y Ortega, según la cual se puede ganar en primera vuelta con el 35% de los votos si se obtiene una diferencia de cinco puntos porcentuales sobre el segundo lugar, funciona como un traje a la medida para Daniel Ortega. El candidato con mayor piso electoral, aunque tenga menor techo, se convierte en potencial ganador en primera vuelta, si se mantiene hasta el final la división del voto. Parodiando la canción de John Lennon: "Give Peace a Chance", el líder del FSLN ha recorrido el país ofreciendo "paz, trabajo, y reconciliación", abrazando a ex contras y somocistas, en el mejor estilo de un predicador religioso. Su esposa y jefa de campaña proclamó que el otrora partido revolucionario es ahora un partido confesional, y selló la alianza con la Iglesia Católica votando en la Asamblea Nacional para penalizar el aborto terapéutico. La única novedad del programa del FSLN es la oferta de colaboración económica y alineamiento político con el gobierno venezolano de Hugo Chávez. Sin embargo, nada de esto le ha permitido al FSLN incrementar su base electoral. Paradójicamente, Ortega entra a la recta final de la campaña con su más baja proyección en relación a elecciones anteriores: 33% del voto, o sea casi una quinta parte menor que su votación histórica del 42%, pero mantiene una posibilidad de triunfo por la dispersión y el atrincheramiento del voto de sus adversarios. A pocos días de la votación, es imperativo leer con cautela las encuestas que colocan a Daniel Ortega en primer lugar, incluso ganando en primera vuelta, pues aún se registra un porcentaje considerable de voto oculto y un inusual fenómeno de volatilidad del voto. En 2001 las encuestas reflejaban un empate técnico entre Ortega y Bolaños con casi 16% de voto oculto. Al final, la totalidad de ese voto se sumó a Bolaños, definiendo la elección. La diferencia ahora es que no existe una alternativa única ante Ortega, y tampoco se puede pronosticar con certeza cuánta gente votará (recuérdese que en 2001 votaron muchísimos más electores de lo que proyectaban las encuestas) y cómo se distribuirá el voto oculto entre las tres posibles opciones.

Con esa advertencia, se vislumbran tres posibles escenarios:

Ortega gana limpiamente en primera vuelta. El impacto inicial sería un compás de espera de incertidumbre económica. El déficit de confianza que genera el pasado de Ortega preocupa seriamente a inversionistas, ahorrantes y donantes externos. ¿Por cuánto tiempo? Dependería de su comportamiento, que hasta ahora ha sido errático y pendular. Con independencia de su retórica revolucionaria, Ortega sería un presidente electo con un voto minoritario, sin posibilidades de hacer cambios políticos sustanciales, pues tampoco contaría con mayoría parlamentaria. En el contexto latinoamericano, una victoria de Ortega significaría un nuevo aliado incondicional para Chávez, con más influencia simbólica que real en la región centroamericana. Sería un socio económicamente dependiente de Chávez, en una región fuertemente dominada por la influencia de Estados Unidos y el Tratado de Libre Comercio (Cafta). El balance de una precaria estabilidad dependería entonces de una conflictiva relación Ortega-Estados Unidos, que de antemano está alimentada por una hostilidad mutua. El escenario de crisis. El desenlace es un resultado electoral demasiado estrecho para definir sin controversia un ganador en primera vuelta. Los electores dudan que el Consejo Supremo Electoral, fuertemente dominado por el FSLN y el PLC, pueda administrar con imparcialidad un resultado estrecho. Y aunque no se vislumbra un fraude masivo, existe el riesgo de un fraude selectivo para modificar la voluntad popular. Esto plantea un reto formidable a los fiscales de los partidos, a los observadores electorales nacionales, Ética y Transparencia e Ipade, y a los observadores internacionales para lidiar con una situación semejante o aún más grave que la ocurrida en México. Ortega no gana en primera y pierde la elección. Como en otras ocasiones, el voto oculto se vuelca en masa en contra de Ortega el día de la votación. Debe ir a una segunda ronda con el candidato que logre capitalizar a su favor el "voto útil" y al final, Ortega resultaría derrotado de forma contundente. Se proyectaría, por tanto, un presidente con un fuerte mandato popular y con la posibilidad de articular una alianza democrática en el Parlamento. Ante un desenlace marcado por la incertidumbre, la única certeza es que de estas elecciones surgirá un nuevo sistema político de cuatro partidos, terminando con el bipartidismo forzoso impuesto por Alemán y Ortega. La nueva correlación parlamentaria en la Asamblea Nacional apunta a debilitar el pacto Alemán-Ortega que mantuvo como rehén al gobierno de Bolaños. El nuevo gobierno, cualquiera que sea su signo político, tendrá la oportunidad de negociar bajo nuevas reglas democráticas con un Parlamento representado por cuatro bancadas fuertes. Esto significa un panorama futuro sumamente complejo, pero a largo plazo mucho más prometedor que el presente.

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